El último beso

Hay moribundos que saben despedirse. Ahí está Clara, pobre mujer, carcomida por el cáncer. Ya sabe que quizás no pase la noche, y justo vino una multitud a visitarla. Como si lo hubiera planificado. No sé por qué. Es terapia intensiva, en general no hay visitas, y menos multitudinarias, pero el marido pidió y lo dejaron traer a toda la hinchada. Y la gente vino, debe ser porque es viernes, andá a saber. Por lo menos entran de a uno, que si no, nos despiden a todos.

Entra una chica embarazada. Debe ser la hija. Se la banca bien, no llora ni nada. Habla bajito, para no molestar a los de al lado. “No sabés cómo se mueve, ma. Vení, tocá”. Toma la mano de su madre, conectada a cables y sueros, y se la coloca en el vientre. A Clara le duele, casi intervengo, pero se la banca y toca la panza de la chica. Apenas puede hablar. “¿Es varón?” “No, ma, nena. Ya te había dicho. Vas a ver qué linda que va a ser. Seguro que se parece a vos. No me jodas y ponete bien, ¿dale? Todavía la tenés que llevar a la plaza y hamacarla. Menos mal que terminaste el saquito de lana. Quedó precioso”. Clara hace que sí con la cabeza, y abre la boca para decirle algo; su hija la abraza para escucharla mejor, ella levanta las manos y le toca los costados de la panza. Es todo el abrazo del que es capaz. Ahora sí, la joven llora, después se va. Clara se queda ahí, mirando impávida al techo. Lo vi muchas veces. Los deudos vienen, estimulan, sienten, se despiden, pero el moribundo ya transmite en otra frecuencia. Morirse da mucho trabajo, y es un trabajo solitario.

Entra un muchacho. También le agarra la mano, en cualquier momento se le sale el suero, yo alerta. El pibe no para de hablar. Le cuenta de la carrera, de los exámenes, de la novia que lo dejó pero por lo menos tiene otra mina en vista. Le cambia de tema, ahora es el fútbol y los goles de Messi que no sabés qué bien que la toca, y se ganó el quinto balón de oro y ni se mosqueó. Y, es Messi. En la liga de los empleados municipales van terceros en la tabla, si no fuera por ese referí bombero. Me acerco, le rozo el hombro. “No queda mucho tiempo”, le digo, “si quieren que pasen otras personas es mejor que…” El pibe se da vuelta y me fulmina con la mirada. Después se calma, se da vuelta hacia la madre y le da un beso. “Dale, fenómena, nos vemos mañana”. Clara le pone la mano en el pecho, frenando el abrazo. Lo mira fijo, aunque le cuesta horrores. Toma otra bocanada de aire y le dice con fuerzas que son las últimas, “Te quiero mucho”. Él no le da importancia, sigue su rutina motivadora. “Sí, ma, yo también te quiero, cuidate y no hagas rezongar acá a los doctores, mañana si querés te traigo un alfajor, y si te portás bien nos bailamos un tanguito acá en la sala, ¿dale?” Entonces le da un beso rápido. Clara lo abraza, más fuerte de lo que en realidad puede, y lo besa también. Es un beso largo, como en cámara lenta. A la boca le cuesta llegar a la mejilla, se mueve como un caracol vencido y cuando llega a la meta parece que se ha olvidado cómo se hace, cómo se transforman los labios en un círculo chiquito, cómo se cierran mostrando esas ranuritas arrugadas. Entonces el beso sale contrahecho, como media sonrisa que toca una pared mientras la otra mitad se queda huérfana y abierta, dejando entrar un aire desinfectado de hospital. Entonces, cuando se sueltan ella dice en un murmullo, como para compensar ese beso incompetente: “Estudiá”. Y se relaja.  El chico se da vuelta desde la puerta y se le ríe: “No cambiás nunca, ma”, y sale al pasillo.

Eso me desarma. El pibe todavía no sabe que su madre le ha dado el último beso, que el “te quiero” fue su despedida, y que el “estudiá” su legado.

Después de otros parientes y amigos, entra el marido con ojos brillosos. No trata de levantarle el ánimo. Solo le susurra. Me acerco disimuladamente para escuchar. “…el hombre más feliz de la tierra. Yo quería irme antes. Pero me las voy a arreglar acá, y vos me esperás allá. No te preocupes por nada. Descansá. No me muevo. Yo me quedo acá con vos”. Le besa la mejilla,  le acaricia el pelo y, creo, le canta una canción.

Tengo que salir a hacerme un café. No conviene que los médicos me vean moqueando. Cuando vuelvo, el marido todavía está allí. Después, cuando ella se duerma, lo convenceremos de irse a su casa, que acá no hay nada que hacer. A la mañana temprano, recibirá un llamado. Cuando el corazón de ella deje de latir, en mitad de la noche, yo apretaré un botón rojo. No servirá de nada, pero es la rutina.

El lápiz mágico

Las cosas se habían puesto serias con Danielón y su grupo. Matías había decidido que formáramos nuestro comando de defensa. Ese día nos dijo que tenía algo importante para mostrarnos, y que nos serviría para ganar la siguiente batalla, a la hora del patio en el preescolar. Así que nadie se atrevió a llegar tarde. Pero cada uno tenía sus asuntos. A mí Gabriela me perseguía desde hacía días para casarme con Nancy.

—Dale, Gusti, que Vero y Mariana justo se robaron una taza de arroz de la cocina para tirarles al final.

—Pero Gabi, tengo reunión con Matías, Juli y Gastón, ¿no podemos esperar hasta después de la leche con galletitas?

—No, nene, no, porque la leche con galletitas va a ser la fiesta de casamiento. No entendés nada, vos. Te lo expliqué como mil veces ayer.

—Bueno, está bien, pero rápido, porque tengo otras cosas que hacer. —La verdad es que me gustaba más estar con Gabi cuando pintábamos y aprendíamos a leer con las carpetas nuevas. Esperaba que Gabi siguiera con nosotros cuando empezáramos primer grado. Decía que tal vez se mudarían a otra ciudad y eso me ponía un poco triste.

El casamiento fue una tortura, Gabi y Nancy cantaban la marcha nupcial en el patio, Nancy me agarraba fuerte el brazo y Gabi me pellizcaba para que cantara yo también. Mientras, en un rincón del patio junto a las hamacas, Matías les mostraba algo a los demás. En la otra punta, al lado de las llantas pintadas de colores sobre el arenero, Danielón y sus amigos juntaban unas patas de silla rotas y espadeaban entre ellos, como para probar si se rompían. No servía para nada, porque nos las querían romper a nosotros en la cabeza, y nosotros no teníamos con qué espadear.

—¿Jurás amar para siempre a Gusti, no hacer hijitos porque es algo asqueroso, como mucho comprar un gatito, y enseñarle a Gusti a cocinar y a lavar los platos, así no hacés todo vos?

—Sí, obvio.

Yo veía que Danielón me miraba, revoleando su pata de silla y riéndose canchero, como si dijera: “Jugá con las nenas, nomás, mariquita, que acá te estoy esperando para romperte todos los huesos”. Del otro lado, Matías y los otros formaban una ronda cerrada, agachados en la arena con la pared del patio haciéndoles sombra. Gastón me hacía señas de que alargara la ceremonia. Eso servía para distraer a los grandotes mientras ellos se preparaban.

—¿Jurás cuidar a Nancy y jugar con ella a lo que se le dé la gana, no molestarla con el fútbol ni tirarte pedos a propósito, hasta que la muerte los separe?

—Puede ser. Quizás sí, quizás no.

—¿Cómo “puede ser”? —se escandalizó Nancy—, ¿estás loco? Vinieron todos mis parientes de Francia para esta boda. Además ya tenemos reservados los pasajes para la luna de miel en Miami. ¿Qué te picó, pibito?

—No seas hereje, nene —terció Gabi, siempre tan solidaria—. ¿No sabés que si decís que no después de haberte comprometido te vas al infierno?

—Lo que pasa es que el fútbol me gusta mucho, y a mí los pedos no me salen a propósito.

—Por eso, tonto, si no te salen a propósito está bien. Pero lo tenés que probar. Bueno, ¿jurás o no?

Miré a Gastón.

—Bueno, está bien.

—Decí: “Sí, juro”.

—Ufa. Sí, juro.

—La novia puede besar al novio.

Mientras Nancy me perseguía por todo el patio para darme un beso, y Vero y Mariana intentaban embocarnos con algo de arroz, vi algo increíble: los grandotes avanzaban con sus palos, y mis amigos les salían al encuentro con un escudo blindado gigantesco que había aparecido de la nada. Tenía forma tipo Robin Hood, con dos espadas cruzadas, un dragón dorado en el medio y bandas rojas y azules como la bandera del Barça.

Me frené en el medio del patio a ver el espectáculo. Nancy vino y me besó en la mejilla para cumplir, pero estaba interesada igual que yo en ver lo que pasaba. Danielón y los otros le pegaban al escudo, pero los palos rebotaban en él como si fuera un trampolín de goma. Con la otra mano intentaban frenarlo, porque mis amigos los empujaban hacia las escaleras del patio. Pero no hacían fuerza. Caminaban empujando con una mano, gritando alegres y riendo. Era más bien como si el escudo tirara de ellos.

La batalla terminó en que los grandotes se cayeron por las escaleras del patio, algunos dominando la caída y bajando rápido, otros tropezándose. Uno incluso lloró, lo cual era un enorme logro para nuestro grupo. A mí me felicitaron por mi ingeniosa operación de distracción con palmadas en la espalda, y me llamaban “el astuto mariquita”. Yo había estado muy abochornado, pero ahora se me inflaba el pecho de orgullo. Durante la leche con galletitas, todos, hasta Danielón y sus amigos, convertidos de pronto en unas mansas ovejitas, querían saber de dónde había salido el escudo mágico con los colores del Barça.

Matías entonces sacó de su bolsillo un lápiz y una hoja arrugada con el dibujo del escudo y una cruz que lo tachaba.

—Dibujás algo, apretás este botoncito rojo de acá, y se vuelve real. Después lo tachás y desaparece. Se lo compré a Don Alberto, el del quiosco. Me dijo que lo manejara con sabiduría. “El que tiene el lápiz mágico tiene el poder”. Me lo dijo re en serio.

Hubo silencio. Nadie se atrevió a discutir con eso.

Nadie, salvo Gabi.

—¡Qué genial! ¿Podés dibujar un disc-jockey que pase música de Taylor Swift? ¡Es que todavía no hicimos la fiesta de bodas!

—¡Sí! —apoyó Nancy—. Dibujate también una torta de cuatro pisos con la parejita encima y mucha crema, ¿dale? Vení, Gusti, bailemos el vals de los novios.

Mi suplicio duró poco. Myriam, la maestra jardinera, volvió a la salita.

—Chicos, terminó el recreo. Devuelvan las tazas y vayan cada uno a su rincón de trabajo. Recuerden que en un ratito viene la profe de música que a ustedes les encanta, ¿sí?

Algunos chicos dieron saltitos de contentos. Matías borró con un golpe de lápiz el disc-jockey y la torta, y la fiesta terminó.

Myriam no vio nada. Fue una suerte.

Solicitud a Dachau*

Dachau, 3 de abril de 1937

At.: Su Excelencia, Sr. Theodor Eicke

Comandante del campo de concentración Dachau

De mi mayor consideración:

Mi nombre es Angelika Westphalia, domiciliada en la calle Pater-Roth-Strasse número treinta y seis de la localidad de Dachau. Vivo sola, a menos que quieran que cuente a mi perra Lola, pero es una santa y no hace problemas. Yo tampoco los hago. Soy una buena ciudadana del Reich, pago mis impuestos, adoro al Führer e incluso, cuando me lo permiten mis fuerzas y mis dolores, acudo a los actos y desfiles. No a todos, admito. Hay noches en que la gota no me deja dormir, y al día siguiente quedo postrada. A mis setenta y ocho años, debo dar gracias de tener fuerzas para pasar cada día.

Además, creo que la política la hacen otros más dotados que yo. Pero cuando desfilan mis nietecitos Franz y Günther, en cambio, no hay nada en el mundo que me vaya a impedir asistir. En general me visto sola, a menos que la artritis me duela hasta la parálisis. Pero la señora Frida, de la casa de enfrente, se ofrece siempre a ayudarme.

No es eso por lo que le escribo, señor comandante Eicke. Soy una mujer independiente y me puedo valer sola. Prefiero que sigan dedicando el presupuesto nacional a la construcción de nuestra querida Alemania, que bastante castigada ha sido desde el fatídico Tratado de Versalles. Le deseo larga vida a nuestro Führer, y que siempre pueda dedicar el dinero público a la construcción de carreteras, de fábricas, de puentes, al tendido de caños, a seguir emprendiendo obras que den trabajo a todos los ciudadanos del Reich, a nuestro glorioso pueblo.

Por todo ello, señor comandante de Dachau, me dirijo a usted hoy con un pedido especial. No solo para mí, sino para todos los vecinos, en especial los niños, esas almas puras e incontaminadas que recién empiezan a desarrollar el aguerrido carácter que les es propio como miembros de nuestra noble raza aria.

Verá usted. Desde mi casa se ve el campo de detención que tan dignamente dirige Su Excelencia.  En realidad se ven todo tipo de escenas, y espero que no me considere usted como una chismosa de barrio. Desde el día de la inauguración del campo hemos visto pasar miles de prisioneros, que son traídos casi a diario en camiones militares. A veces, como usted seguramente sabe, los bajan a un par de kilómetros más lejos y los hacen correr toda esa distancia hasta el campo.

Muchos vecinos se acercan especialmente y se paran al costado de la acera por donde esos enemigos del  Reich son llevados. No porque les importe ni entiendan de qué se trata, sino nada más para ser testigos de la escena, que rompe por completo el silencio de nuestra pequeña aldea. A nadie se le ocurre ayudar a nadie, no lo sienten asunto suyo. Pero una vez, una muchacha presa, que ya venía extenuada, tropezó y cayó al suelo. Dos vecinos, hermanos ellos, respondiendo a un instinto básico y natural, acudieron a ayudarla. Uno de los guardias les apuntó con su revólver y les hizo alejarse. Acto seguido disparó a la muchacha en la cabeza, y su cadáver quedó ahí tirado por una buena cantidad de horas. Les dijo a los dos hermanos, y yo lo escuché desde mi ventana: “¿Ven? Ahí tienen a su doncella, principitos. Pueden ayudarla ahora, si quieren”. Ellos ya no se atrevieron a acercarse. De por sí, la mujer se lo tendría merecido, no sé ni quiero saberlo, ya le dije que yo de política mucho no entiendo, pero esto causó gran impresión en los laboriosos habitantes de Dachau.

La gente aquí, sabrá usted, es mayoritariamente campesina y obrera, y casi nunca ocurre nada digno de mención. Por eso, la apertura del campo parece haber despertado a nuestra pequeña comunidad. De repente hay de lo que hablar en la iglesia los domingos, más allá del estado del tiempo, el tamaño de la cosecha de este año o la última boda. No es que se hable de su campo ni de los prisioneros, no se preocupe. Eso a muy poca gente le interesa. A veces alguien se refiere a ello llamándolo “la situación”.

Pero no se lo puedo negar: debido a “la situación”, nuestra vieja ciudad cobró vida. Se abrieron nuevos comercios, en especial los dedicados a comida, bebida, y talleres donde se fabrica indumentaria para los presos o municiones. Mucha gente, por eso, está de buen humor, pues el desempleo ha bajado prácticamente a cero.

Le doy un ejemplo, con el solo fin de que comprenda las verdaderas intenciones de la humilde solicitud que le detallo a continuación. Enfrente de mi casa, como le decía, vive mi vecina y amiga Frida Schwenke. Su marido Ludwig es un buen hombre y un patriota, que luchó en la Gran Guerra, en las cruentas batallas que tuvieron lugar en suelo francés, y quedó lisiado. Debido a la humillación de Versalles, no mereció ninguna pensión, pero el canciller Hitler corrigió esa situación y hoy Ludwig es un orgulloso pensionado de guerra del Tercer Reich. No solo eso: junto con Frida y con su hijo han abierto un puesto expendedor de comidas alemanas, destinado a servir a los guardias, a los proveedores y funcionarios del Reich que están de paso. Por supuesto, los habitantes de Dachau también somos sus clientes, y tenemos que reservar comida con varios días de anticipación.

Pues bien. La semana pasada llegué de lo de mi médico y me encontré con un camión de mudanzas frente a su puerta. Le pregunté a Frida si nos abandonaban, y se rio con ganas. “No, qué va, Angelika”, me dijo. “Estamos cambiando todos los muebles. Sofás y mesas para la sala y camas nuevas para los dormitorios, el nuestro y el de nuestra Greta, para cuando viene los fines de semana desde Munich”. Greta, la otra hija de Frida y Ludwig, es el orgullo de nuestra vecindad pues, además de ser una muchacha muy refinada e inteligente, estudia medicina en la Universidad de Münich. Sus padres, de repente, pudieron pagarle sus estudios y ahora también los muebles nuevos.

Ya lo ve, estimado comandante Eicke, el campo bajo su dirección ha traído prosperidad a nuestro querido pueblo. Entre paréntesis, antes de llegar al punto de esta respetuosa misiva, he sabido que es usted soltero, y con todo decoro se me ocurre preguntarle si no querrá conocer a la joven Greta Schwenke. Cuento con el permiso de Frida para cometer esta travesura de vieja. Espero que no me considere una anciana atrevida, pero le aseguro, y que quede entre nosotros, que es una chica de lo más agraciada. Si le parece una idea viable, no deje de hacérmelo saber.

A esta altura de mi carta, usted se preguntará qué es lo que me ha motivado a escribirle, y desde ya agradezco su gentileza, así como su enorme paciencia. Le explico. A mi avanzada edad soy una persona de hábitos. Mis mañanas consisten en asearme y dirigirme a la cocina, donde me preparo tostadas con mantequilla y dulce de frambuesa. Me gusta comerlas acompañadas de un té, leyendo el periódico junto a la ventana. Como siempre, salteo la sección política y voy directamente a las noticias sociales y de cultura. Al levantar la vista, mientras sorbo mi té, veo los ligustros que engalanan nuestra calle pueblerina y, más allá, el campo de concentración.

Ya me he acostumbrado a la presencia del campo. Pero precisamente a esa hora, a la hora de mi desayuno, los gritos de los prisioneros al ser torturados llegan claros y fuertes desde las barracas más cercanas.

Me imagino que los encargados del campo están haciendo un trabajo importante al intentar sonsacar por las buenas o por las malas valiosa información a comunistas y demás gente subversiva. Pero mi médico me ha dicho que debo evitar toda situación que me haga sufrir tensiones, pues sufro también de presión alta.

Mi solicitud es, si fuera tan amable, que tenga la deferencia de instruir a sus subordinados en el campo para que efectúen las torturas pertinentes en las barracas más alejadas. Como le decía antes, no solo los adultos escuchamos los alaridos, sino también los niños, pues se trata de las horas tempranas, cuando los alumnos pasan por aquí en su camino hacia la escuela. Cuando sea el padre amoroso que estoy segura será, se dará cuenta de que no es un espectáculo precisamente apropiado para criaturas de tan tierna edad.

Agradezco desde ya su esfuerzo en hacer lo que esté en sus manos para resolver esta incómoda situación.

Atentamente,

Angelika Westphalia

PD: Mantengo en pie mi invitación a conocer a la joven Greta. Si está disponible este próximo domingo a las cinco de la tarde, hágamelo saber con tiempo, de modo de poder preparar mi famoso strudel. Y desde ya, le ruego se quede tranquilo, pues este asunto quedará entre nosotros.

*CUENTO PREMIADO: Este cuento ha obtenido el primer puesto en el VII Cibercertamen de literatura breve de la Asociación ANIM en Lleida, Cataluña, sobre el tema: “No sabe/No contesta. La Indiferencia”, en fallo emitido el 23.10.2015.

El bosque de los ranulfos

Fui lanzado allí como nuevo miembro del comando de elite. En un momento más, lo sabía, las formas en el entorno comenzarían a cambiar, y yo debía actuar con rapidez para dar con lo que se suponía debía encontrar. Cada vez, las reglas del juego serían otras. Era un bosque tipo sur argentino, pero al pasar la primera fila de árboles, como si los hubiera activado yo mismo pasando por un ojo eléctrico, las copas de los árboles se unieron y convirtieron el lugar en reino de oscuridad. Activé la linterna de mi celular, aunque la batería estaba apenas a medio cargar, y así pude ir avanzando por el suelo cubierto de ramitas. Eso provocaba demasiado ruido al paso de mis botas, y me preguntaba cómo evitarlo. El bosque mismo me dio la respuesta: el suelo, enseguida, se convirtió en una masa apestosa de moho y barro. El olor era bastante insoportable, pero ya no había ruido de ramitas crujientes. Bueno, ahora era agua, y yo quería pasar desapercibido a toda costa. Hice silencio y traté de escuchar otros chapoteos en el barro. Unos estaban muy cerca, así que los iluminé con mi celular. Era Nahuel, que me hizo señas de que allí, más adelante, había un ranulfo, y que por lo tanto yo era un tarado al tener semejante luz prendida. Antes de apagarla, iluminé hacia adelante. A diez metros estaba el monstruito. No era más alto que nosotros, pero tenía seis patas como un insecto, ojos de hormiga y antenas. O sea, una hormiga gigante. Era además carnívora, según nos habían dicho. Así que no había tiempo que perder.

—El ranulfo nos ve a nosotros en la oscuridad —le susurré a Nahuel—, así que de nada sirve apagar la linterna. Prendé la tuya también, intentamos encandilarlo, lo rodeamos y lo atacamos a la vez.

Pero el ranulfo no esperaba que termináramos de planificar nuestra sofisticada táctica. Al levantar otra vez la linterna, tenía al ranulfo encima de mí. Lanzó una de sus zarpas contra mi mano, haciendo caer el celular al suelo empantanado.

Después de tanto entrenamiento en Kung Fu, se trataba de un error imperdonable, pero de algún modo el ranulfo había logrado avanzar sin que yo lo sintiera. No volvería a ocurrir. Inmediatamente desaparecí de su vista, buscando rápidamente puntos de referencia para guiarme hacia un punto seguro, que me diera ángulo para apuntar mi pistola. Nahuel también reaccionó rápido y ya estaba detrás de él. Juntos comenzamos a dar grititos para confundirlo, y quedó ahí parado, sin saber para qué lado atacar primero. Una fracción de segundo después le disparábamos a las tres partes del cuerpo. Se desplomó para mi lado, por desgracia, bañándome con el agua barrosa y nauseabunda del pantano. Eso divirtió mucho a Nahuel.

—No te me acerques, zorrino apestoso. Avancemos a cinco metros de distancia —dijo.

Intenté palpar el piso alrededor del ranulfo muerto para recuperar mi celular, pero ya no había lo que hacer. Estaba a oscuras y estaba incomunicado. Pero escuchamos otros chistidos de uno y otro lado, así que éramos toda una fila de comandos que avanzábamos juntos, ayudados por ruidos significativos, como las ballenas.

No nos sirvió de mucho. De pronto los árboles volvieron a transformarse y esta vez se podían mover. Arrancaron sus raíces, haciéndonos saltar de un lado al otro, esquivando golpes y olas de pantano en la oscuridad. Fue un verdadero infierno. De pronto vi la cabeza del médico cirujano en la punta de una rama avanzando hacia mí.

—¡Cuidado, Fernando! —me gritó el médico— ¡Vení por acá, seguime!

De otros árboles salieron, como si las parieran, enfermeras con máscaras de gas anestesiante. En lugar de dirigirse a mí persiguieron la cabeza del cirujano, que ahora se alejaba por un tubo transparente esquivando árboles y ranulfos con gran habilidad.

—¡Vuelva, doctor Gutiérrez, vuelva! ¡Todavía no le sacó las amígdalas!

Al final, varios ranulfos atajaron la cabeza del doctor Gutiérrez, que se dio vuelta y me miró con desesperación pidiéndome con ojos desorbitados que lo rescatara. Miré en derredor buscando a Nahuel y a los otros, pero ya no había nadie allí. También me di cuenta de que ahora podía ver. La luz casi me encandilaba. Las enfermeras, con muecas diabólicas, maléficamente felices, tomaron la cabeza del asustado cirujano y la colocaron en una bolsa. Yo intenté una y otra vez dispararles pero mi pistola se había trabado.

Eso fue el fin. Un ranulfo inmenso me atrapó con sus dos patas medias, mientras con una extremidad superior me agarraba la cabeza y con la otra hurgaba en mi garganta buscando mis amígdalas para arrancarlas con violencia. Me preparé para morir.

Abrir los ojos me dolió, pero menos que tragar saliva. De un lado vi a mi papá con su traje de oficina y la corbata sin desatar, a pesar de que transpiraba a mares. Me dio un beso en la frente y el regalo que le había pedido: una ballesta con flechas de sopapo. Mi mamá, del otro lado, me mostraba la Anteojito, y también la Billiken, a pesar de que era la revista enemiga.

—¿Cómo estás, tesoro? —me saludó mamá—. Enseguida te van a traer helado. Ya te operaron. ¿Viste que no era nada? Como todavía dormías les pedí que te trajeran de vainilla y dulce de leche, como te gusta. ¿Podés hablar?

—…

Un minuto después pasó el doctor Gutiérrez y preguntó desde la puerta cómo iba “el chico valiente”. Me sentí culpable de no haberlo podido rescatar, pero me alegré de que su cabeza estuviera sobre sus hombros. Le levanté una mano triste como saludo. Él sonrió con ganas y siguió de largo.

Comer ese helado fue casi tan difícil como luchar contra los ranulfos. Pero era preferible.

Tratamiento de conducto

Paula recibió otra carta de la universidad, pero de nuevo el sobre estaba vacío. “No hay duda, el país está haciendo todo lo posible por echarme”, pensó. “Invierten fortunas para vaciar hasta las macetas de los patios, pero para saber si me recibí o no, me tengo que tomar un colectivo”.

Se subió al colectivo que iba para el centro, pagó con canicas, porque ya no quedaban monedas, y se preparó para una hora de nada, de pie, porque habían quitado las butacas. Sacó su libro, lo sostuvo con una mano, y se aferró a un caño con la otra. “Por lo menos todavía queda aire en las gomas, y nafta para el motor, pero tampoco eso es seguro”, se dijo.

En el camino intentó llamar por el celular a Ignacio, su novio, para avisarle de lo ocurrido, aunque sabía que era inútil. Los celulares funcionaban de modo azaroso. Sus relaciones habían dado el salto a la época pretelefónica, donde la gente se visitaba por sorpresa. Volvieron los tiempos en que alguien tocaba a la puerta y uno se preguntaba: “¿Quién será?” Así que ahora, Paula ni siquiera podía avisarles a sus amigas que vinieran con ella, por si había que tirarle huevo y harina para el festejo, si se había recibido de odontóloga. De todos modos, se consoló, en los almacenes de sus barrios ya no había ni huevos ni harina.

La principal actividad del gobierno era la de vaciar, vaciarlo todo. El Ministerio de Pensamiento Positivo lo proclamaba en grandes pósters que cubrían fachadas de enormes edificios vaciados por dentro: “Creamos espacios. Junto con vos”. De hecho, el dinero había desaparecido, y el Banco Nacional había sido convertido en un museo de arte comunitario. La gente trabajaba haciendo coaching, psicología, masajes, blogs, sitios web, consultoría de empresas, música, grupos de autoayuda y películas, y cobraban recibiendo exactamente lo mismo.

Sin poder concentrarse en el libro, Paula recordó la visita que había hecho tiempo atrás con Ignacio y su sobrinito Hugo al Teatro Raimúndez, un complejo cultural gigante que habían montado en el viejo edificio de la Dirección de Puertos. Total, el puerto estaba vacío y ya no quedaban barcos que dirigir. Los espacios eran gigantes, el teatro en sí era magnífico, y alguna que otra sala interior estaba buena, como el Museo del Hada Patricia. Pero cuando se llegaba a la sala El Legado de un Líder, en memoria del fallecido Gustavo Raimúndez, la sensación que le había dado a Paula era la del vacío total: una sala enorme, unos espejos en el medio y frases de Gustavo en las paredes, algunas de ellas en escritura especular, para ser leídas por los espejos. Era el coherente legado vacío del gran líder: apenas unas frases, la mitad de ellas invertidas. Como vaciar diciendo: “Creamos espacios”.

Ese día lloró, y pensó que lo mejor sería irse. ¿Qué clase de clínica odontológica podría ofrecer a sus pacientes? ¿Qué tratamiento les haría? “Ah, sí: tratamientos de conducto”, pensó, y sonrió con amargura.

Llegó por fin a su parada. Se bajó y caminó unas pocas cuadras hasta la Facultad de Odontología. Tuvo que hacerlo por la acera, porque en las veredas ya no había baldosas. Esquivando coches parados, porque eran puro chasis, pasó una vez más por locales vacíos, quioscos sin mercadería, edificios sin departamentos. Pasaron algunos chicos de vuelta de escuelas sin pupitres, con sus mochilas a cuestas vacías de libros, pasaron maridos sin barriga que arrastraban changuitos del mercado sin frutas ni verduras, camiones que descargaban cajas de mercadería conteniendo la nada. La gente también estaba creando espacios.

Paula llegó por fin a la facultad, donde se cruzó con empleados que sacaban a toda velocidad cajas llenas de libros de salud bucal. Era el turno de “Odonto”. Corrió hasta la Dirección Administrativa, pasando por pasillos donde albañiles con estómagos vacíos volteaban paredes a mazazos, y se topó con una empleada eufórica.

—¡Qué día, querida, qué día! —le dijo la empleada como bienvenida—. Hoy iniciamos una nueva era en nuestra querida facultad, ¿no te parece maravilloso?

—No lo sé —respondió Paula—. Si me recibí, sí. ¿Cómo hago para enterarme?

—Ay, qué negativa, che. ¿Qué pasó? Seguro que recibiste uno de nuestros sobres vacíos. ¿No es súper creativo? Así te invitamos a que vengas personalmente, estimulamos el encuentro humano, creamos el espacio para diálogos como este…

—Sí, pero… ¿Y mis calificaciones?

—Primero hay que pensar en el país, corazón. ¿Siempre sos así de individualista? ¿Tus calificaciones? No sé, hoy vi a algunos dirigentes del Centro de Estudiantes que se llevaban todo. Estos chicos son un encanto, siempre comprometidos en el quehacer de la facultad, rompiendo los patrones institucionales para una sociedad mejor. Preguntales a ellos, mi amor.

Paula no se alteró. Después de todo, ella también era un producto histórico de su tiempo y su contexto. Subió corriendo al Centro de Estudiantes, donde la recibieron tomando vino y escuchando música popular. Tenían tiempo, porque no había nada que hacer.

—No, compañera. Los expedientes ya están en los camiones —le dijo un chico carismático, exultante de felicidad—. ¿Un vinito?

—No, gracias. ¿Adónde se los llevan? —preguntó Paula, ahora sí medio desesperada.

—¿Cómo adónde? Qué pregunta ocurrente. ¡Chicos, pregunta acá la compañera adónde se llevan los expedientes!

Todos estallaron en una sonora carcajada. Uno solo, un poco más serio, la tomó de la mano.

—Vení, quizás lleguemos a tiempo.

Corrieron hasta el camión estacionado a la salida. Estaba lleno de expedientes. La primera cosa llena que Paula veía en meses. Con el chico del Centro de Estudiantes buscó y hurgó, mientras otros empleados cargaban más cajas. En un momento encontraron la carpeta de Paula.

—¡Acá está! —gritó el chico—. ¿Ves? Con espíritu positivo y solidaridad social, conseguimos todo. Pensá que antes estábamos peor.

Paula le dio las gracias al militante y se bajó del camión toda transpirada. Se sentó en el piso de tierra de la Plaza Universitaria, buscó en la carpeta y encontró su certificado analítico, el mismo que debió estar en el sobre que había llegado esa mañana a su casa.

Miró a su alrededor. La plaza estaba vacía de bancos, césped y gente, pero estaba llena de palomas.

La niñez de Jok

El soldado árabe volvió a apuntar contra Jok, pero esta vez no tuvo miedo. Sencillamente volvió rápido al refugio debajo del armario y esperó a poder salir otra vez y jugar con él a la pelota. Seguramente le tendría preparado alguna papa, algún melón.

Su papá, un orgulloso soldado Dinka, había cavado durante días, en un armario colocado en el rincón más alejado de la casita, para que todos pudieran refugiarse llegada la hora. Pero un día se fue con las milicias libertadoras, y hacía meses que no lo veían ni tenían noticias. Cuando llegaron los árabes, mamá alcanzó a ordenarle a Jok que entrara al refugio. Mamá cerró el armario, a pesar de que Ayén, su hermana mayor, no había vuelto aún de pastorear. Jok escuchó cómo Ayén llegaba corriendo y lloraba con mamá, justo cuando entraban los soldados árabes. Escuchó gritos, golpes, rasgaduras de ropa, jadeos. Luego, los gritos de hombres y mujeres, sus mujeres queridas, se fueron alejando.

Jok recordaba de memoria las instrucciones de papá cuando terminó de cavar.

—Pase lo que pase —había dicho papá terminante—, desde el momento en que entramos aquí,  no hablamos, no hacemos ruido, apenas respiramos. Y esperamos dos días enteros. Sólo después salimos a ver qué sucede.

—¿Y si tengo pis, papi?

—Acá hay un balde. Hacemos acá y nos aguantamos el olor.

Ahora, solo, Jok calculó como pudo dos días, en especial por los ruidos de los animales en la noche y en la mañana, que conocía bien. Entonces salió, pero no pudo reconocer su casa, porque los árabes habían roto todo. Recorrió los escombros y encontró su pelota debajo de un colchón, un cochecito de juguete, una foto de papá con uniforme.

Salió a la calle y caminó despacio. Entre maderas y ladrillos amontonados, vio los cuerpos de la gente envueltos en sus ropas floreadas cubiertas de barro y sangre. No tenía hambre, pero lo tendría pronto si no hallaba algo para comer. Después debería volver al refugio y sacar el balde para vaciarlo.

Encontró una cesta de frutas debajo de una manta en una casa llena de cadáveres y moscas. La agarró y emprendió el regreso. Cuando estaba por llegar a su casa, escuchó el ruido de un arma cuando alguien la carga. Un soldado árabe lo apuntaba directamente desde una montaña de escombros. Como un reflejo soltó la cesta, corrió a su casa y se metió en el armario. Abrió la tapa en el piso y bajó al refugio. Esperó otro día.

No había alcanzado a sacar el balde, y había perdido las frutas, así que la nueva estadía pronto se hizo insoportable. A la madrugada siguiente, junto con el canto de los cuervos, volvió a salir.

Para su sorpresa, había dos frutas y un pedazo de pan en medio de la calle. Se acercó, atrapó el tesoro y miró en todas direcciones. Allí, haciendo guardia sentado, el soldado árabe oteaba el horizonte. Al verlo, le apuntó con el rifle, y Jok volvió a correr. Un día más, pero ahora tenía pan y fruta.

El rito se repitió por varios días, Jok ya tenía claro que el soldado le estaba dejando comida y que no tenía intenciones reales de matarlo. Una mañana decidió hacer una prueba, y llevó la pelota. Al verlo con ella, el soldado árabe no se apuró a apuntarle. En cambio le sonrió y se acercó diciéndole cosas incomprensibles, invitándolo a jugar. Jok pateó la pelota en su dirección, y empezaron a los pases. Un rato después, el muchacho árabe levantó su rifle y le apuntó. Jok se asustó, pensó que había sido una trampa para matarlo y corrió al refugio. Desde allí escuchó las voces de otros soldados árabes que pasaban por su calle, hacían sus cosas y luego se alejaban. El miliciano lo estaba advirtiendo, lo estaba salvando. Se llamaba Salim.

Pasaron así muchos soles y lunas, con juegos con Salim y diálogos por señas. Cuando había peligro, bastaba que el muchacho moviera su rifle para que Jok comprendiera: al refugio.

Una mañana, al salir con el balde, escuchó voces y ruidos de vehículos, y no esperó la señal de su amigo. Entró de nuevo al refugio y esperó. Escuchó tiros y gritos. Otra vez, pensó. Pero las voces hablaban su idioma. Por un megáfono escuchó a un hombre que decía que era de la Cruz Roja y preguntaba si había gente Dinka aquí. Jok salió y se sintió mirado por muchos soldados y enfermeros, que vinieron a abrazarlo. Todo había terminado.

Con la vista buscó a Salim. A poco lo vio tirado muerto entre unas tablas. Se subió a la ambulancia y viajó mirando atrás, a su amigo y salvador, hasta que ya no lo vio más.

Una de las carpas en el campo de refugiados había sido habilitada como escuela y allí conoció a otros niños huérfanos como él, provenientes de muchas aldeas y tribus. Algunos de ellos habían sido obligados a luchar con los árabes y a hacer cosas horribles. En los recreos contaban algunas y fanfarroneaban un poco, pero otras las callaban y se quedaban como tristes mirando el suelo y pateando piedritas. Jok los miraba con tristeza. Había tenido mucha suerte en tener un papá que cavara un refugio bajo el armario.

—Queridos niños —anunció un día el maestro, con solemnidad—, después de la guerra viene la paz, y nuestro pueblo es valiente y dichoso, pues ha logrado su independencia. Mañana habrá un gran desfile y nosotros también marcharemos. Estén orgullosos.

Al día siguiente, Jok se encontró a sí mismo en medio de una gran multitud, parado en varias filas con sus compañeros, todos con enormes tambores colgados del cuello. No había alegría en sus miradas. Como un acto reflejo, como cuando era más chico en la aldea, miró a la multitud buscando a su mamá y a su papá, que siempre venían a verlo actuar. No los vio, y se acordó de todo lo que había pasado. Como un volcán que hubiera esperado siglos hacer erupción, Jok se permitió llorar.

Su maestro dio una señal. Una voz en los altoparlantes decretó:

—Sudán del Sur ha nacido. ¡Viva Sudán del Sur!

Los tambores comenzaron a sonar.

Demasiado metidos

Después de quince días de vivir en carpa, apestar como cerdos y con las barbas crecidas, nos hospedamos en una pensión de tantas que hay en Bariloche para reponer energías. Eduardo decía que era básicamente para gastar la plata, porque ya nos daba vergüenza gastar tan poco. Yo creo que era algo más banal: éramos demasiado urbanos y estábamos agotados. La aventura seguía igual, porque íbamos a cumplir veinte años, leíamos a Herman Hesse y estábamos abiertos a que cada acontecimiento o cada persona que se cruzara en nuestro camino se convirtiera en una sorpresa cósmica. Así era con el perro que nos vino siguiendo desde las afueras y que nos estaba esperando en la vereda de la pensión cada vez que salíamos. Un día no lo vimos más. Eso se convirtió en relato. Así fue también con Elvira, la camarera de sesenta años, rodete victoriano y carácter militar, que nunca sonreía pero era buena gente. Un día llegamos a comer a mediodía y tenía el pelo suelto. Le dijimos entre risas: “¡Elvira, estás hecha una descocada!”, y ella también se rio. Fue una fiesta memorable.

Así fue con todo, pero también con los hechos más grandes, aquellos que no supimos manejar. La dueña de casa se llamaba Lucrecia, y tenía una hija de veintidós años, Gisella. A Gisella la podíamos soñar solamente, no solo porque era más grande, sino porque estaba casada con Mariano, que dirigía la pensión de su suegra. Pero Gisella tenía un cuerpo alucinante y los ojos verdes más hermosos y tristes que cualquiera de nosotros hubiera visto jamás. No tuvimos más alternativa que enamorarnos, y convertirla en el tema de conversación obligado en cada chocolate con churros que nos tomábamos en Hola Nicolás.

Mariano era un tipo muy divertido, que nos llevó en su pickup a un par de paseos y hasta nos homenajeó con un asado gigante. No encajaba en lo que nos terminó contando. En un pub, una de esas noches, se vino a sentar con nosotros. De repente se puso melancólico.

—Yo sé lo que es despachar gente —nos lanzó a quemarropa—. Di golpes, apliqué picanas, manejé fálcones verdes. Según la época. En otra me tocaba doparlos para que se los llevaran en aviones. De ahí los tiraban al río, nomás. Por suerte nunca me pidieron volar. Una mierda, pero había que hacerlo. No vayan a creer que me la llevé de arriba, porque esas cosas no te las olvidás. Si me escuchan gritar a la noche ya saben por qué es. Yo era muy pendejo, era lo que había que hacer y lo hacíamos.

Nos quedamos mudos. Estábamos en un lugar de sueño, entre paredes de madera, frente a una chimenea ardiente, todo a media luz. Tomábamos un vino caliente con frutas al que llamaban panoca: “pa no cagarse de frío”. En las mesas de al lado, un grupo de minas fuertísimas, de no sé qué equipo de hockey sobre césped que venían de trepar al Catedral, deberían habernos tentado, pero estábamos paralizados. Escuchábamos a Mariano sin una sola chance de seguirle la conversación, de hacerle comentarios para que siguiera. Tampoco hubiéramos sabido qué preguntar sin que se sintiera interrogado.

Después de todo éramos pibes. Éramos los hermanitos menores de los desaparecidos, así nos llamábamos a nosotros mismos. Habíamos festejado la primavera democrática sin entender del todo de dónde veníamos. Habíamos cumplido recién los dieciocho cuando votamos a Alfonsín, recién saliditos de escuelas secundarias privadas, que se mantuvieron como burbujas donde no pasaba nada, donde nadie se metía, porque así nos lo habían ordenado nuestros profes y nuestros padres. ¿Qué podíamos entender? Cuando una prima mayor, más conectada con la realidad, me contó que en la Argentina había campos de concentración, el shock me duró varios días. De repente, estábamos sentados frente a un torturador de la dictadura. Lo dejamos hablar. No es que tuviéramos elección.

—Mis preferidos eran los judíos y las minas. A los moishes les poníamos fotos del Führer en las paredes, a propósito. Nunca, que yo sepa, largaron lo de Andinia, pero por eso se nos terminaban muriendo. Igual se lo merecían, por judíos y comunistas. Con las minas nos peleábamos entre nosotros para meterles la picana en la concha. Chillaban como si acabaran. Yo no, pero algunos acababan ahí también, te juro. Unos degenerados.

Después cambió de tema. O no.

—A las minas hay que tenerlas cortitas. Mírenme a mí con Gisella. Un minón. Con un par de cachetazos te hace hasta caquita en el pecho. Un golpe de vez en cuando ayuda mucho a tenerlas bien. No importa por qué. A mí me es muy importante cómo cuelga la ropa mojada. Si cuelga una remera por el medio y le pone un broche, el broche queda marcado. Entonces cobra. Así las minas entienden los límites, y al final te lo agradecen. A mí no me vas a ver nunca con una camisa mal planchada.

Mariano daba cátedra, nosotros escuchábamos. Así siguió una hora más, hasta que se durmió sobre el banco del pub. Nosotros lo dejamos ahí, nos fuimos al Centro Civico y nos sentamos frente al lago a hablar, aunque hacía un frío tremendo. Teníamos que elaborar, nos dijimos qué nos pasaba y pensamos qué teníamos que hacer con semejante información. Recién a la madrugada volvimos a la pensión.

Un par de días después salimos a otro paseo, sabiendo que ya no éramos los mismos. Cuando bajábamos los escalones desde la puerta hasta la vereda, Mariano salió detrás de nosotros y nos pasó como una tromba empujándonos, y haciendo que Julio terminara tirado sobre los rosales. Pero no pudimos siquiera empezar a quitarle las espinas de la cara, porque de la casa salió un grito tremendo. Volvimos a entrar, siguiendo el sonido de los gritos, ahora mezclados con llanto, y llegamos a las habitaciones de los dueños de casa. Vimos a Gisella sentada en el suelo junto a su cama en medio de un charco de sangre.

—¿Qué pasó? —dijo Claudio, mientras le sacaba el pelo de la cara. Entonces vimos las manchas rojas en un ojo y en las mejillas, que pronto se convertirían en resonantes moretones. Gisella lloraba y tosía agarrándose el estómago.

—¿De dónde te sale la sangre? —pregunté yo. Todos me miraron con cara de insulto, porque para todos menos para mí estaba claro que lo que le sangraba era la ingle.

—¿Dónde está tu mamá? —preguntó Eduardo —. ¿A quién le avisamos?

—No, déjenme, déjenme —gimió ella.

—Vení, te ayudamos a pararte —dijo Julio, tomando las riendas. La tomamos de ambos brazos y la llevamos al baño, mientras Claudio iba a buscar a Lucrecia. No la encontró, pero llegó al minuto con Elvira, que entró en el baño para ayudarla a lavarse y cambiarse.

—Hijo de mil putas —dijo Elvira, vuelta humana de repente.

Ya no pudimos más. Dejamos a las mujeres y fuimos a la comisaría. Contamos lo de los golpes, pero no lo de las torturas. El policía a cargo de las denuncias balbuceó durante quince minutos que la damnificada debía apersonarse para dejar sentada la denuncia. O algo así. Volvimos a la pensión, pero no había nadie. A la tarde vimos a Lucrecia, que volvía de la clínica donde habían internado a su hija. Fuimos, y le explicamos a Gisella que tenía que ir a la comisaría y denunciar ella misma a Mariano. Nos miró como los extraños que éramos.

—No se metan —dijo. Después miró a la ventana de su habitación, y no dijo más.

Al día siguiente dejamos Bariloche y seguimos a El Bolsón. Gisella sobrevivió a la golpiza como había sobrevivido a otras, pero su embarazo quedó trunco. Al momento de los golpes, la pobre ni siquiera sabía todavía que estaba embarazada. Nuestro periplo como mochileros también sufrió un aborto. En El Bolsón la pasamos muy mal, ya no pudimos divertirnos y discutíamos todo el tiempo por estupideces. No nos quedaba ánimo ni siquiera para emprender levantes en las carpas vecinas, como lo dictaban la costumbre y las hormonas.

Una noche tomamos varias decisiones. La primera fue volver a Buenos Aires. La segunda, no denunciar a Mariano a la policía, en la que no confiábamos, pero sí a la Conadep, la comisión que registraba las denuncias sobre los desaparecidos. Solo entonces, en el camino al Teatro San Martín, donde funcionaba la comisión, lamentamos no haberle sonsacado a Mariano más datos, nombres, lugares. De todos modos, su nombre ya figuraba en los registros de la Conadep. Entendimos que no podíamos hacer mucho más, pero nos sentíamos bien, porque estábamos siendo parte de la historia. Además, compartimos un ascensor del San Martín con Ernesto Sábato. Podíamos darnos por satisfechos.

Claudio, el más enamorado, habló una vez con Gisella por teléfono, y así nos enteramos de su aborto, y también de que seguía con Mariano. Después le escribió un par de cartas, pero ella nunca le contestó. A Mariano, según nos enteramos por los diarios, lo procesaron por violaciones a los derechos humanos y más tarde lo indultaron, quizás por obediencia debida, tal vez por punto final, pero nosotros le perdimos el rastro y nunca más volvimos a hablar del asunto. Estábamos demasiado ocupados estudiando y teniendo novias serias. Seguramente, quién dice, queríamos olvidar. Nos habíamos metido demasiado.