Los paraísos perdidos

Era más que un simple robot. Lo usé solo una vez, pero no tenía idea de todo su potencial. El anuncio, debajo de las vías del tren, decía: “Con Rupert, conocé por fin a tu ser más querido”, y supe que era para mí. ¿Qué ser desconocido podría ser más querido por una, que el que una misma ha matado?

El local, en un suburbio extraño, no tenía esa clásica estética de alta tecnología.  El personal tampoco estaba compuesto por jóvenes atractivos y dinámicos. Una mujer entrada en carnes, ojos saltones ojerosos y un cigarrillo en la boca, tipeaba en una Remington del siglo veinte, de esas que uno conoce solo por libros. Pero los electrodos que me hizo poner en la cabeza, cuando fue mi turno, eran modernos.

A quemarropa, después del nombre, me preguntó la fecha del aborto.

―¿Cómo sabe que aborté?

―Porque ya estás conectada. Y mirá a tu alrededor, querida.

En la sala de espera no había más que mujeres. De todas las edades. Las había adolescentes, pero también ancianas de setenta años. Cuando me volví, la empleada vio mis lágrimas y puso los ojos en blanco, impaciente.

―Dieciocho de octubre de 2064 ―dije―. ¿Rupert solo recrea a chicos abortados?

―No ―dijo ella, con sonrisita irónica―, también padres muertos, bebés fallecidos en la cuna, amores en viajes que casi se emprendieron, víctimas de asesinato. Rupert explora líneas probabilísticas… Pero el servicio es demasiado caro. Y prohibido. Las mujeres que abortaron no se aguantan, y la culpa abre los bolsillos más estrechos. Bueno, basta. ¿Qué nombre le hubieras puesto a tu bebé?

―Si hubiera sido varón…

―Iba a ser nena. ¿Cómo le hubieras puesto?

―¿Cómo sabe…? Agustina.

―Suficiente. Volvé a sentarte y esperá.

Esperé. Vi mujeres entrar, y salir llorando, o temblando, o las dos cosas. Al cabo de tres horas, me hicieron pasar a otra sala, bastante caótica. Había sido parte de una repostería, a juzgar por los moldes, los tarros y los muñequitos de novios y novias tirados por todas partes. Pensé en Gerardo. En el medio estaba Rupert, un androide común y corriente. Un poco me decepcioné. Al verme sonrió, y me indicó que me sentara frente a él. Me tomó de las manos y me invitó a relajarme.

―Cerrá los ojos. Quiero presentarte a Agustina. Ya ha crecido y es hermosa, te felicito.

Su felicitación me sonó a una ironía macabra y cruel, pero qué sabía un robot. Ya me quejaría después en recepción. Agustina podría tener dieciséis años.

―Mamá, ¿me queda bien así?

Me vi a mí misma con una escoba en la mano, barriendo los vidrios de un vaso roto en una cocina que no era la mía. Me di vuelta y la vi. Tenía un vestido floreado hasta por encima de las rodillas, e iba descalza.

―¡No entres, hay vidrios!

―Está bien, ma, qué histérica, no tengo tiempo, ya vienen los chicos a buscarme. ¿Cómo me queda?

Pude contemplarla, ahora con más calma. Mi hija era, hubiera sido, una belleza. Pelo lacio, ojos color miel, un cuerpo hermoso, delgada, atlética, bien desarrollada. Los ojos se me llenaron de lágrimas otra vez.

―¿Y? Dale, ma. ¿Qué me mirás así? ¿Tomaste algo?

―Te queda bien… muy bien… pero ponete algo en los pies.

―Obvio, ma. Qué pesada que sos…

Se dio vuelta y se fue. A los pocos minutos bajó otra vez las escaleras de esa casa desconocida, ahora con unas botitas que daban más relieve a unas piernas preciosas, tostadas por el sol. Cuando me asomé a la sala, vi un hombre leyendo algo en una pantalla. Cuando Agustina pasó, lo saludó con un beso.

―Chau, pa.

―No vuelvas tarde, amor.

―Es una peli y después pizza, nada serio. No te preocupes. Igual te llamo, a ver si me podés pasar a buscar. Si no, me arreglo. ¡Chau, ma!

Levanté la mano llorando.

―Chau, hija…

Ahí estaba todo, no solo mi hija abortada, también un mundo entero. Una casa, un marido que pude haber encontrado y que seguramente habría adoptado a mi hija, una vida cotidiana perdida de antemano. Las probabilidades no habían estado a mi favor. Yo iba a la escuela y me enganché con Gerardo, pero mi embarazo fue demasiado para él, y no lo soportó. Los dos éramos chicos, pero yo me quedé sola con la decisión.

Rupert me hizo abrir los ojos.

―¿Así es como hubiera ocurrido?

―Es una de las posibilidades.

―Necesito volver. El folleto decía una hora.

―Puede ser una vida. Por un pago adicional te puedo transportar allá para siempre. En esa línea sos arquitecta. Simón, tu marido, es juez de la corte, tu hija sobresale en los estudios, en violín y en tenis, y tuvieron dos hijos más. Pero no vas a poder volver.

Yo era soltera y trabajaba de supervisora en un supermercado, a sueldo mínimo.

―¿Puedo tomarme unos días para pensar, despedirme de mis padres, arreglar mis asuntos?

―No. ¿Pero para qué? Tus padres existen en esa otra línea también, y allí podrás ayudarlos mejor.

No cabía duda, Rupert necesitaba algunos ajustes en su sentido del tacto. Mis padres en esta “línea”, como la llamaba él, sufrirían horrores, me buscarían, harían carteles con mi foto y los pegarían en comercios y postes de luz, harían campañas en los medios y en las redes sociales.

―Te puedo dar diez minutos para que les mandes un mensajito de despedida y hagas el pago correspondiente. Lo siento, pero hay mucha gente esperando.

Así dejé mi mundo y volví a la escena del nuevo hogar, donde mi culpa no existía. Agustina en una salida, mi marido leyendo, una casa armónica, de alta clase media. La tecnología me estaba dando una nueva oportunidad. La responsabilidad por las decisiones irreversibles quedaba abolida. No era casual que Rupert fuera un robot clandestino.

Terminé de juntar los vidrios y me dispuse a ir a la sala a conocer a Simón. Pero él se me adelantó. Cuando dejé la escoba, levanté la vista y lo tenía frente a mí.

―¿Cuántas veces te dije que tuvieras cuidado con la vajilla?

La primera bofetada no me dolió tanto.

 

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Kasia y mis vecinos, los Gayola

Los golpes eran tan fuertes que pensé que derrumbarían la puerta. Por la mirilla vi que era Kasia, la Neanderthal de los Gayola, mis vecinos del segundo piso. Con el mate en la mano, a punto de empezarlo con la familia, comencé a despedirme de esa mañana de domingo.

―¿Qué ocurre, Kasia? ―le pregunté sin abrirle. Ya me había metido en líos con Norberto una vez, incluida una noche en la comisaría.

―Abro, señor Claudio, abro ―pedía entre llantos. La famosa incapacidad de los Neanderthal para conjugar verbos se compensaba con una ternura y un carácter sumiso que me quebraba el alma. Casi le abro de inmediato.

―¿Qué pasó, Kasia? Mejor volvé a casa.

―Señor Norberto no seda no azúcar. Señor Norberto espina hierro ―gritaba llorando―. Ya venís, matarás Kasia. ¡Matarás Kasia! ¡Abro, porfi, abro!

Escuché los pasos por la escalera del edificio.

―Abrile, pa ―me instó Camila, mi hija adolescente, mi hija idealista.

―¡Kasia vení para acá que te reviento, hija de puta! ―gritaba mi vecino, bajando como una tromba.

Todo volvía a ocurrir, como con Alanna y con Maeve. Tuve que abrir la puerta y dejar a Kasia entrar. Lloraba, jadeaba, con la cara hinchada y roja. Los ojos celestes, en días comunes, cuando me la cruzaba en el súper, podían ser incluso bellos. Ahora me miraban más saltones que de costumbre, asustados.

Cerré la puerta rápido y la trabé por dentro. Camila abrazó a Kasia y se la llevó al baño a lavarle la cara y enderezarle la ropa vieja que los Gayola le daban. No olía muy bien.

―Abrí, Claudio, no seas insensato ―dijo Norberto desde el pasillo―. Lo que estás haciendo se llama secuestro. O robo, no sé. Pero si traigo a la policía o a un juez, no ganás, acordate.

―No puedo, Norberto. Ambos sabemos que la cagás a palos y quién sabe qué más, como a las otras. Puedo aducir violencia de género, o maltrato a animales, las dos cosas. Te darían la pena más leve, supongo. Pero no salís bien de esta si te denuncio. Después hablamos, ahora dejame pensar. Mejor andá a casa y sosegate.

―No me cagues, Claudio. ¿Qué le digo a Lucía cuando vuelva? ―Por lo menos estaba más calmado, incluso pensaba.

―Decile que me prestaste a Kasia para ayudarnos hoy, porque tenemos gente a cenar y con Enid no me alcanza. Andá, tomate un tilo.

Se hizo silencio detrás de la puerta.

―Está bien. Pero no le digas nada a Lucía. No me cagues ―repitió―. Ya sabés cómo es.

―Andá, andá.

Salí al patio. Camila había sentado a Kasia y a Enid con nosotros para el mate, con la higuera dando sombra. La higuera sagrada de mis domingos a la mañana sagrados. Norberto y la puta que lo parió. Camila le acariciaba el pelo a la chica Neanderthal que, aunque más calmada, todavía llevaba puesta su cara sufrida. Carina, mi esposa, leía el diario, mientras Santi, de doce años, jugaba con su celular. Mi hija me miró con ojos interrogantes.

―Todo bien, Cami, ya veremos cómo lo arreglamos. Estoy orgulloso de vos.

―Ya sé, pa. Y yo de vos. Pero dudaste en abrir, no lo niegues.

No lo negué. Le cebé un mate. Carina miraba de reojo, pero seguía leyendo el diario. Su domingo a la mañana era más sagrado que el mío. Al final cedió, para no parecer zombie:

―Los dos estamos orgullosos de vos, Cami.

―Pa, explicame porque no lo entiendo ―arremetió Camila―. ¿Para qué los clonaron, a ver? ¿Para que los depravados como Norberto puedan hacerles lo que quieran? Parece que con las androides no les bastó. Qué lindo, la violencia de género bajó, lo dicen las estadísticas. Claro, ahora los hijos de puta se las agarran con los Neanderthal, desde que los liberaron al “mercado” ―levantó la voz, haciendo comillas con los dedos, furiosa―. Qué casualidad, ¿no? Cada año aparecen más Neanderthales muertos tirados en la vía pública, en general “hembras”. Mujeres, ¡mujeres, son!

―Legalmente no son personas ―dijo de repente Santi, sin levantar la vista de su teléfono.

―Y eso a vos te tranquiliza, ¿no, genio? Estupendo, tengo un hermanito violador en potencia, también. Cartón lleno. ¿De eso también están orgullosos, ustedes dos?

―No te la agarres conmigo ahora, nena. No son personas y me dejás de joder.

―Bueno, bueno, paren.

Tocaron el timbre. Era Lucía, con su bolso del gimnasio. Estaba más flaca que nunca. O eso me pareció. Las ojeras eran reales.

―Qué tal, Claudio. Me dijo Norber que Kasia está acá. No te la voy a poder dejar porque tengo a mi mamá enferma en casa y nosotros tenemos que salir.

―Sí, pero…

―Ya sé, ya sé ―dijo nerviosa, intentando parar todo desarrollo de la conversación que no fuera cómodo―. Es que tenemos esas entradas para el museo interactivo al que queremos llevar a los chicos, y vencen hoy. Si volvemos temprano te la mando de nuevo.

―Entiendo. Dame nada más quince minutos y te la despacho. Andá tranquila.

―Gracias ―dijo con tristeza, y siguió hacia el segundo piso.

Volví al patio. Enid tenía su mano apoyada en la de Kasia. Camila les cantaba una canción suave a ambas y les acariciaba los brazos enormes. Las tres me miraron.

―No querés volver ―dijo Kasia―. No querés. No querés.

 

El pintor y la dama

Sandrine, viuda de un teniente de infantería caído en el Somme, se levanta y bebe junto a la chimenea, acariciando un talismán. Escucha ruidos afuera y sale al pasillo, donde un joven atractivo sube pesadas cajas por la escalera, al apartamento sobre el suyo. Es Julien, se presenta, y ha venido a París porque es pintor, y desde el apartamento que ha rentado se ve mejor el Sena.

Sandrine se topa con él cuando va al mercado, él la ayuda con sus bolsas, le habla, le canta, la invita a pasear, dice que quiere pintarla en su atelier. Sandrine no entiende qué ve él en su cuerpo plano y su rostro sin gracia, pero accede, porque se siente viva de pronto. La va enamorando el modo que tiene él de pararse frente al lienzo y mirarla como penetrándola, y por esa forma sensual de exprimir la naranja que le ofrece en las pausas. Cae rendida cuando la protege de un roedor, atrapándolo con apenas un frasco, y sonriéndole como un corsario travieso que ha hallado por fin el cofre. Siente que el luto había tenido desde siempre esta fecha de vencimiento. Por fin, se quita la alianza, y lo invita a cenar en su apartamento. Le sirve una copa, pone una chanson en el gramófono. Él busca y cambia el disco. Pone tango y la invita a bailar. Beben más vino, cenan, hacen el amor.

Por la mañana, Sandrine se despierta sola, Julien ya no está. Tampoco está el talismán. En su lugar, una carta.

«Querida Sandrine: te he mentido, e incluso engañado. Tu talismán no era tuyo, sino de mi familia. Nos ha protegido por generaciones, y he venido a rescatarlo. Mi padre se lo llevó a la batalla, cuando lo reclutaron para el Somme. Su comandante de pelotón era Léopold, tu marido, cuya muerte me alegra. Por su culpa, mi padre ha caído en acción de modo estúpido. Léopold, lo sabes bien, era un hombre violento, que insultaba y golpeaba a sus soldados en lugar de liderarlos. Vio el talismán en manos de mi padre, lo golpeó y se lo arrebató. Al día siguiente, mi padre recibió una bala alemana cuando, por descuido, levantó la cabeza un centímetro de más. Tu marido murió también, después de dejarte el talismán como regalo en su última visita, pues ya ves, quien posee el talismán y lo pierde, muere.

«Un día en que yo estaba lejos, pintando, llegó a nuestra casa Jacques, camarada de mi padre, al que vio morir. Estaba en camino a casa, pues había desertado. Estaba maltrecho. Mi madre le dio cobijo y sopa; él le dio detalles. Mi hermano menor, Louis, se ha ido al Somme a buscar el cuerpo de mi padre y vengarlo, sabrá él de quién. Mi pobre madre no pudo detenerlo.

«Ahora es mi turno de ir al Somme. Yo, un pobre pintor. Tengo que buscar a Louis y darle el talismán para salvarlo, pues tiene doce años, y no sabe luchar. Tu desdicha de hoy, y quizás tu muerte, es mi pobre venganza, pues eres inocente. Adiós, Sandrine, no nos volveremos a ver.»

Julien viaja a las aldeas en el frente colgado en carretas o a pie. Pregunta, investiga, seduce a hombres y a mujeres, habla mucho, como le hablaba a Sandrine. En Arras encuentra un grupo de desarrapados obligados al combate. Ayuda a uno de ellos a huir. Julien está ahora armado y vestido como militar. Se incorpora y deserta de innumerables trincheras buscando a su hermano, un chico menudo. ¿Lo habéis visto? Haced memoria. Pero hay demasiados niños en el Somme.

Julien camina o se arrastra entre barro y cuerpos de soldados, vivos y muertos. Mira sus caras, quizá vea a Louis, o a su padre. Se marea, tiene hambre y fiebre, en la noche alucina, se da de golpes con camaradas, pero al amanecer reanuda la marcha. Siente de pronto que todo ha sido inútil, y que su madre quedará sola para siempre por la estupidez de sus hijos. El talismán es una quimera, dice en voz alta, y Dios nos ha abandonado.

Temblando bajo la lluvia, agazapado en la trinchera, ve la figura de un niño que le es familiar. Débil, llega hasta él. Se acuclilla, los hermanos se miran, se reconocen y lloran abrazados.

―No pude encontrarlo, Julien, no pude encontrarlo.

―Pero yo te he hallado a ti, pequeño grillo ―le sonríe su hermano mayor, y le acaricia el pelo embarrado.

Luego, extrae el talismán y se lo da, apenas una piedra pequeña color lila, que reluce extraña en la trinchera apagada. Louis la pone con cuidado en un bolsillo secreto, y se deja llevar en andas por su hermano, como lo hacía en el campo, al final del trabajo duro.

Julien, feliz, arde de fiebre.

 

Yo, el Salieri de Felipe

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. Yo encontré el mío hace tiempo. Se llama Felipe. Yo soy igual que él. Pero él es mi Mozart. Yo soy su Salieri. Ya dijo alguien que si Frank Sinatra no hubiera existido, Tony Bennet habría sido el ícono de América. Le pasó lo mismo a Paul con John, a Ronaldo con Messi y, quién sabe, también a Juan el Bautista con Jesús. Estoy en buena compañía.

Nos conocimos en la secundaria. La profesora de química nos puso en el primer trabajo práctico a hacer un experimento juntos.

—Felipe, acá te pongo todos los elementos, tenés probetas, los solutos y los solventes. La llama se prende así, ¿ves?

—Profesora, yo también hago el experimento —dije ofendido.

—Sí, sí, seguro. Bueno, Felipe, cualquier duda me llamás, ¿de acuerdo?

Un poco bestia, la profesora. Pero pensándolo bien, no fue su culpa y no lo pudo evitar. El chico tenía un carisma tal que hacía que todos a su alrededor quedaran opacados hasta la invisibilidad.

Sin embargo, Felipe quiso ser mi amigo, y yo lo dejé. Me halagaba e intimidaba a la vez. En las fiestas, estaba claro quién bailaría con la más linda.

Crecimos e ingresamos juntos a la universidad. A los dos nos gustaba la biología y éramos muy buenos. Él era brillante. Yo lo era más, pero él obtenía mejores calificaciones, invitaciones a equipos de investigación, menciones en la prensa académica. Felipe se casó con Débora, la reina de la facultad, una belleza despampanante que terminó como conductora del principal noticiero de televisión del país. Yo me casé con Agustina, una investigadora de belleza moderada, pero con un mundo interior inmenso. Entre microscopios y besos, me enseñó que el universo era apasionante y mágico. Era rigurosa, y dulce como la miel. Pero cuando me desprendía de su mirada tierna, ahí estaba el éxito terrenal de Felipe horadándome, envenenándome.

Ambos obtuvimos cátedras en la facultad, y encabezamos importantes investigaciones. Las de él más que las mías. A mi cátedra venían estudiantes que no habían conseguido cupo en la suya. Siempre así. Mi vida mejoró cuando se fue con Débora a Boston, a dictar una cátedra en el MIT. Heredé su clase en la facultad. Eran sus migajas, pero no me podía quejar, porque también estaba creciendo. Agustina y yo trabajamos duro, tuvimos hijos estupendos y nietos hermosos. Lo más parecido a la felicidad. Tanto, que casi logré olvidarme de Felipe.

De eso pasaron veinticinco años. Hace un mes la noticia me golpeó como un rayo: mi amigo, el Profesor Felipe Contreras, era laureado con el Premio Nobel de Medicina por sus aportes en materia de micropatología. Con el periódico en las manos me miré al espejo, y me vi muy cansado.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando Felipe me anunció que venía a verme desde Estados Unidos.

—Quiero visitar la tumba de mis padres antes de seguir viaje a Estocolmo. Y te quiero ver a vos.

Cuando le abrí la puerta vi un hombre más quebrado que yo. Por fin.

—Con Débora no duré mucho —me contó, sentado sobre el sofá, arrugado. Intenté hacerlo sentir cómodo, pero mis centros de placer estaban al máximo—. En el fondo siempre fui un bicho de laboratorio. En los cócteles de científicos se aburría de escuchar charlas sobre bacilos. Al final me dejó por una estrella de la televisión. Mi vida fue una mierda, me di a la bebida, mis hijos no me hablan. Hasta fumo marihuana en el laboratorio… ¿entendés? Soy el tipo más desgraciado del mundo, Julio, te juro, y el único amigo que me queda, al final del camino, sos vos.

—Pero Felipe, ¿me estás cargando? Arriba el ánimo. Te acaban de dar el Nobel, sos el biólogo más exitoso del mundo. Me extraña tanto lo que me decís. Yo siempre te tuve una sana envidia —le mentí. Mi envidia nunca fue sana.

—¿Me lo decís en serio? Mirá qué loco es todo. Yo siempre te envidié a vos.

No supe qué contestar. Esa sola frase fue un cimbronazo que todavía me dura.

Me pidió que lo acompañara a Suecia y yo, reconciliado con él y con la vida, no pude negarme. No me hacía ilusiones, él seguía siendo mi Mozart y yo su Salieri: él era el del Nobel y yo el que lo aplaudía desde la platea. Pero mi vida era perfecta y siempre lo había sido. Con Felipe en algún café de Estocolmo, el chocolate caliente también lo fue.

El mentiroso

Entre tanta dificultad después de siete años de estudios universitarios, nada podía venirme mejor que la invitación de Jimmy, el ayudante de laboratorio del secundario, a su boda. Me contactó personalmente por whatsapp, y me dijo que todos los compañeros vendrían, lo cual convertía el evento en un encuentro de exalumnos.

Recuerdo nuestro laboratorio, en el Instituto Nacional, el colegio más patricio del país. Piso de madera, pupitres al tono, viejos y pesados, implementos de la época de la colonia. Cuando la profesora explicaba alguna hidrólisis, comenzaba la diversión. Jimmy nos educaba, de un modo apasionante. Nos divertía con historias de científicos, con sus locuras y sus romances. A todo eso le agregaba chistes y chimentos frescos de la sala de profesores.

Jimmy era también un alma noble. Ya en el primer año de laboratorio nos dio un sermón que me cambió la vida. Habíamos iniciado un festival de bromas pesadas contra Maximiliano por ser disléxico. Lo llamábamos Nimaxiliano, lo obligábamos a recitarnos poemas y anotábamos en el pizarrón las palabras cambiadas. Nos moríamos de risa. Jimmy se lo llevó al patio, lo calmó, habló con él, y le sonsacó que, además, lo golpeábamos en los recreos.

―Yo sé lo que es cuando las letras te bailan, y no sabés cuál va primero ni cómo se engancha una sílaba con otra ―dijo cuando volvió a entrar, la sala llena de un silencio mortal, mirándonos a los ojos a cada uno―. Cada día se convierte en una lucha, porque la pregunta es si lograré entender el material del examen. Y si lo entiendo, si lograré escribir. Si voy a volver entero ese día a casa. Qué le voy a decir a mi vieja y qué hago con su angustia. Yo también sufrí lo que Maximiliano en los recreos. Los golpes, las humillaciones… Miren, no sé quién les dijo que tenían derecho a maltratar aquí a alguien. Tampoco sé cómo lo arreglamos, más que castigar o expulsar a alguien si lo agarro infraganti, porque sería mi deber. Pero no es la solución, porque yo sé dos cosas: que todos ustedes son buenos pibes, y que no entienden que están haciendo algo perverso. Eso, me sabrán disculpar, los convierte en gente menos inteligente de lo que ustedes creen que son, así que bájense del caballo. Por eso sepan: yo sé que ustedes son buenas personas y confío en ustedes; pero, al mismo tiempo, si alguien se vuelve a meter con Maximiliano, se está metiendo conmigo. Ustedes son buenos pibes. No me caguen.

De modo asombroso, eso arregló los problemas del chico disléxico. Jimmy se convirtió en nuestro líder por hablarnos con la verdad, sin amenazas a tono con la época ligadas a la ley y el orden, sino algo que nos sonó sincero. Nos estaba enseñando algo valioso, y también nos estaba respetando. Desde entonces, cada clase con él fue una fiesta, al punto que lo llevamos como docente a nuestro viaje de egresados.

Ahora, nuestro querido Jimmy se casaba. En la boda había egresados de varias promociones. Todos alabamos a Jimmy por su nobleza y su habilidad para ser uno más entre nosotros y, a la vez, seguir siendo nuestro docente. No pude dejar de relatar la anécdota de su dislexia.

―No era disléxico, era obeso recuperado ―dijo Giacomuzzi, de una promoción mayor a la nuestra―. Lo que vos contás lo hizo con nosotros también, porque lo cargábamos al Gordo Ojeda. En realidad, pobre, lo cagábamos a piñas.

―No puede ser ―dije―. No le da el formato óseo para ser obeso recuperado. Pero qué sé yo, nunca se sabe.

―Dijo que había bajado cuarenta y tres kilos.

―Todos ustedes tienen la memoria atrofiada ―intervino Gayosa, dos años menor que nosotros―. Jimmy es judío. Nosotros lo tomábamos de punto al Ruso Warshavsky aquí presente, así que él nos habló de cómo lo perseguían los antisemitas en el recreo. Hasta nos mostró una svástica que le habían tatuado en un brazo en el baño del colegio.

―Sinceramente, muchachos, Jimmy me salvó la vida ―dijo el tal Warshavsky.

En ese momento sonaron algunos acordes en la iglesia, que anunciaban que la ceremonia estaba por empezar. Nos miramos, sin saber cómo traducir la intuición que empezaba a tomar forma en todos nosotros, y que veíamos asomar. Alguien empezó a preguntarle a Warshavsky cómo era posible que Jimmy se casara en una iglesia siendo judío, pero había que hacer silencio, así que la pregunta quedaba para después. Hermanados por una sensación de grave secreto, sin hablar, fuimos a sentarnos en la misma fila.

Sonó la marcha nupcial, Jimmy entró con su madre del bracete. Me olvidé de lo que acababa de ocurrir. Lo veía emocionado, radiante, feliz, y me alegré tanto de verlo que me dieron ganas de abrazarlo. Cuando pasó junto a nosotros, lo llamamos, y él nos saludó con aquel gesto entusiasta de siempre. Le dimos la mano y le palmeamos la espalda. Jimmy quizás había sido un mentiroso, pero era el mentiroso más noble que se hubiera visto sobre la faz de la tierra, y nosotros lo perdonábamos en ese mismo instante.

Después entró Camila, la novia, una chica muy guapa, también feliz. Nosotros nos codeamos mientras pasaba al lado nuestro. Entonces el cura dijo las consabidas frases y habló de la santidad del matrimonio. Cuando preguntó si había alguien que se oponía, o que callara para siempre, dejó un segundo de silencio reglamentario.

―¡Yo me opongo!

Las cien personas que llenábamos el recinto nos dimos vuelta hacia la entrada. Por el pasillo central caminaba a paso vivo otro exalumno, de una promoción inferior a la mía. Su cara me sonaba apenas conocida. Alguien murmuró: «el trolo Tabbiani».

El cura, al parecer, había olvidado cuál era la fórmula si alguien de verdad se oponía. Debían hacer siglos que no le ocurría.

―Acérquese, por favor, y…

―No me acerco nada, padre. Me quedo acá en el medio para que todos escuchen bien lo que está haciendo este homosexual reprimido. Jimmy, mi querido Jimmy. No lo hagas.

Los exalumnos comenzamos a acercarnos. Le decíamos que pare, que no era cierto y que después le explicábamos. Pero nos quedamos de una pieza: Tabbiani había sacado una pistola.

―Me dijiste tantas cosas. Me hiciste sentir tanto. ¿Por qué arruinar nuestro amor en pos de un mandato social primitivo y decadente? ¿No te carcome la vergüenza? ¿Estás dispuesto a vivir a escondidas? ¿Por qué mejor no te plantás ante todos, aquí y ahora, y salís del armario?

―Pará, Diego, pará ―le dijo Jimmy desde el púlpito―. No es como vos lo planteás.

―Ah, ¿no? Me salvaste en la escuela, me defendiste y les dijiste a todos que vos también eras gay, ¿te olvidaste? ¿Y ahora te casás? Asumilo, no lo ocultes. No me estás traicionando a mí. Te estás traicionando vos mismo. Camila, lo lamento. Tu novio es gay y yo lo amo, es la triste o la feliz realidad, y se casa con vos por el qué dirán, nada más. Ahora decime a quién le disparo. A él, a vos o a mí mismo, pero esta boda termina acá.

La novia, por un misterioso instinto, se puso delante de Jimmy, escudándolo a medias.

―Dejá. Lo decido yo ―dijo Tabbiani, y apretó el gatillo.

La boda, efectivamente, quedó anulada.

El último beso

Hay moribundos que saben despedirse. Ahí está Clara, pobre mujer, carcomida por el cáncer. Ya sabe que quizás no pase la noche, y justo vino una multitud a visitarla. Como si lo hubiera planificado. No sé por qué. Es terapia intensiva, en general no hay visitas, y menos multitudinarias, pero el marido pidió y lo dejaron traer a toda la hinchada. Y la gente vino, debe ser porque es viernes, andá a saber. Por lo menos entran de a uno, que si no, nos despiden a todos.

Entra una chica embarazada. Debe ser la hija. Se la banca bien, no llora ni nada. Habla bajito, para no molestar a los de al lado. “No sabés cómo se mueve, ma. Vení, tocá”. Toma la mano de su madre, conectada a cables y sueros, y se la coloca en el vientre. A Clara le duele, casi intervengo, pero se la banca y toca la panza de la chica. Apenas puede hablar. “¿Es varón?” “No, ma, nena. Ya te había dicho. Vas a ver qué linda que va a ser. Seguro que se parece a vos. No me jodas y ponete bien, ¿dale? Todavía la tenés que llevar a la plaza y hamacarla. Menos mal que terminaste el saquito de lana. Quedó precioso”. Clara hace que sí con la cabeza, y abre la boca para decirle algo; su hija la abraza para escucharla mejor, ella levanta las manos y le toca los costados de la panza. Es todo el abrazo del que es capaz. Ahora sí, la joven llora, después se va. Clara se queda ahí, mirando impávida al techo. Lo vi muchas veces. Los deudos vienen, estimulan, sienten, se despiden, pero el moribundo ya transmite en otra frecuencia. Morirse da mucho trabajo, y es un trabajo solitario.

Entra un muchacho. También le agarra la mano, en cualquier momento se le sale el suero, yo alerta. El pibe no para de hablar. Le cuenta de la carrera, de los exámenes, de la novia que lo dejó pero por lo menos tiene otra mina en vista. Le cambia de tema, ahora es el fútbol y los goles de Messi que no sabés qué bien que la toca, y se ganó el quinto balón de oro y ni se mosqueó. Y, es Messi. En la liga de los empleados municipales van terceros en la tabla, si no fuera por ese referí bombero. Me acerco, le rozo el hombro. “No queda mucho tiempo”, le digo, “si quieren que pasen otras personas es mejor que…” El pibe se da vuelta y me fulmina con la mirada. Después se calma, se da vuelta hacia la madre y le da un beso. “Dale, fenómena, nos vemos mañana”. Clara le pone la mano en el pecho, frenando el abrazo. Lo mira fijo, aunque le cuesta horrores. Toma otra bocanada de aire y le dice con fuerzas que son las últimas, “Te quiero mucho”. Él no le da importancia, sigue su rutina motivadora. “Sí, ma, yo también te quiero, cuidate y no hagas rezongar acá a los doctores, mañana si querés te traigo un alfajor, y si te portás bien nos bailamos un tanguito acá en la sala, ¿dale?” Entonces le da un beso rápido. Clara lo abraza, más fuerte de lo que en realidad puede, y lo besa también. Es un beso largo, como en cámara lenta. A la boca le cuesta llegar a la mejilla, se mueve como un caracol vencido y cuando llega a la meta parece que se ha olvidado cómo se hace, cómo se transforman los labios en un círculo chiquito, cómo se cierran mostrando esas ranuritas arrugadas. Entonces el beso sale contrahecho, como media sonrisa que toca una pared mientras la otra mitad se queda huérfana y abierta, dejando entrar un aire desinfectado de hospital. Entonces, cuando se sueltan ella dice en un murmullo, como para compensar ese beso incompetente: “Estudiá”. Y se relaja.  El chico se da vuelta desde la puerta y se le ríe: “No cambiás nunca, ma”, y sale al pasillo.

Eso me desarma. El pibe todavía no sabe que su madre le ha dado el último beso, que el “te quiero” fue su despedida, y que el “estudiá” su legado.

Después de otros parientes y amigos, entra el marido con ojos brillosos. No trata de levantarle el ánimo. Solo le susurra. Me acerco disimuladamente para escuchar. “…el hombre más feliz de la tierra. Yo quería irme antes. Pero me las voy a arreglar acá, y vos me esperás allá. No te preocupes por nada. Descansá. No me muevo. Yo me quedo acá con vos”. Le besa la mejilla,  le acaricia el pelo y, creo, le canta una canción.

Tengo que salir a hacerme un café. No conviene que los médicos me vean moqueando. Cuando vuelvo, el marido todavía está allí. Después, cuando ella se duerma, lo convenceremos de irse a su casa, que acá no hay nada que hacer. A la mañana temprano, recibirá un llamado. Cuando el corazón de ella deje de latir, en mitad de la noche, yo apretaré un botón rojo. No servirá de nada, pero es la rutina.

El lápiz mágico

Las cosas se habían puesto serias con Danielón y su grupo. Matías había decidido que formáramos nuestro comando de defensa. Ese día nos dijo que tenía algo importante para mostrarnos, y que nos serviría para ganar la siguiente batalla, a la hora del patio en el preescolar. Así que nadie se atrevió a llegar tarde. Pero cada uno tenía sus asuntos. A mí Gabriela me perseguía desde hacía días para casarme con Nancy.

—Dale, Gusti, que Vero y Mariana justo se robaron una taza de arroz de la cocina para tirarles al final.

—Pero Gabi, tengo reunión con Matías, Juli y Gastón, ¿no podemos esperar hasta después de la leche con galletitas?

—No, nene, no, porque la leche con galletitas va a ser la fiesta de casamiento. No entendés nada, vos. Te lo expliqué como mil veces ayer.

—Bueno, está bien, pero rápido, porque tengo otras cosas que hacer. —La verdad es que me gustaba más estar con Gabi cuando pintábamos y aprendíamos a leer con las carpetas nuevas. Esperaba que Gabi siguiera con nosotros cuando empezáramos primer grado. Decía que tal vez se mudarían a otra ciudad y eso me ponía un poco triste.

El casamiento fue una tortura, Gabi y Nancy cantaban la marcha nupcial en el patio, Nancy me agarraba fuerte el brazo y Gabi me pellizcaba para que cantara yo también. Mientras, en un rincón del patio junto a las hamacas, Matías les mostraba algo a los demás. En la otra punta, al lado de las llantas pintadas de colores sobre el arenero, Danielón y sus amigos juntaban unas patas de silla rotas y espadeaban entre ellos, como para probar si se rompían. No servía para nada, porque nos las querían romper a nosotros en la cabeza, y nosotros no teníamos con qué espadear.

—¿Jurás amar para siempre a Gusti, no hacer hijitos porque es algo asqueroso, como mucho comprar un gatito, y enseñarle a Gusti a cocinar y a lavar los platos, así no hacés todo vos?

—Sí, obvio.

Yo veía que Danielón me miraba, revoleando su pata de silla y riéndose canchero, como si dijera: “Jugá con las nenas, nomás, mariquita, que acá te estoy esperando para romperte todos los huesos”. Del otro lado, Matías y los otros formaban una ronda cerrada, agachados en la arena con la pared del patio haciéndoles sombra. Gastón me hacía señas de que alargara la ceremonia. Eso servía para distraer a los grandotes mientras ellos se preparaban.

—¿Jurás cuidar a Nancy y jugar con ella a lo que se le dé la gana, no molestarla con el fútbol ni tirarte pedos a propósito, hasta que la muerte los separe?

—Puede ser. Quizás sí, quizás no.

—¿Cómo “puede ser”? —se escandalizó Nancy—, ¿estás loco? Vinieron todos mis parientes de Francia para esta boda. Además ya tenemos reservados los pasajes para la luna de miel en Miami. ¿Qué te picó, pibito?

—No seas hereje, nene —terció Gabi, siempre tan solidaria—. ¿No sabés que si decís que no después de haberte comprometido te vas al infierno?

—Lo que pasa es que el fútbol me gusta mucho, y a mí los pedos no me salen a propósito.

—Por eso, tonto, si no te salen a propósito está bien. Pero lo tenés que probar. Bueno, ¿jurás o no?

Miré a Gastón.

—Bueno, está bien.

—Decí: “Sí, juro”.

—Ufa. Sí, juro.

—La novia puede besar al novio.

Mientras Nancy me perseguía por todo el patio para darme un beso, y Vero y Mariana intentaban embocarnos con algo de arroz, vi algo increíble: los grandotes avanzaban con sus palos, y mis amigos les salían al encuentro con un escudo blindado gigantesco que había aparecido de la nada. Tenía forma tipo Robin Hood, con dos espadas cruzadas, un dragón dorado en el medio y bandas rojas y azules como la bandera del Barça.

Me frené en el medio del patio a ver el espectáculo. Nancy vino y me besó en la mejilla para cumplir, pero estaba interesada igual que yo en ver lo que pasaba. Danielón y los otros le pegaban al escudo, pero los palos rebotaban en él como si fuera un trampolín de goma. Con la otra mano intentaban frenarlo, porque mis amigos los empujaban hacia las escaleras del patio. Pero no hacían fuerza. Caminaban empujando con una mano, gritando alegres y riendo. Era más bien como si el escudo tirara de ellos.

La batalla terminó en que los grandotes se cayeron por las escaleras del patio, algunos dominando la caída y bajando rápido, otros tropezándose. Uno incluso lloró, lo cual era un enorme logro para nuestro grupo. A mí me felicitaron por mi ingeniosa operación de distracción con palmadas en la espalda, y me llamaban “el astuto mariquita”. Yo había estado muy abochornado, pero ahora se me inflaba el pecho de orgullo. Durante la leche con galletitas, todos, hasta Danielón y sus amigos, convertidos de pronto en unas mansas ovejitas, querían saber de dónde había salido el escudo mágico con los colores del Barça.

Matías entonces sacó de su bolsillo un lápiz y una hoja arrugada con el dibujo del escudo y una cruz que lo tachaba.

—Dibujás algo, apretás este botoncito rojo de acá, y se vuelve real. Después lo tachás y desaparece. Se lo compré a Don Alberto, el del quiosco. Me dijo que lo manejara con sabiduría. “El que tiene el lápiz mágico tiene el poder”. Me lo dijo re en serio.

Hubo silencio. Nadie se atrevió a discutir con eso.

Nadie, salvo Gabi.

—¡Qué genial! ¿Podés dibujar un disc-jockey que pase música de Taylor Swift? ¡Es que todavía no hicimos la fiesta de bodas!

—¡Sí! —apoyó Nancy—. Dibujate también una torta de cuatro pisos con la parejita encima y mucha crema, ¿dale? Vení, Gusti, bailemos el vals de los novios.

Mi suplicio duró poco. Myriam, la maestra jardinera, volvió a la salita.

—Chicos, terminó el recreo. Devuelvan las tazas y vayan cada uno a su rincón de trabajo. Recuerden que en un ratito viene la profe de música que a ustedes les encanta, ¿sí?

Algunos chicos dieron saltitos de contentos. Matías borró con un golpe de lápiz el disc-jockey y la torta, y la fiesta terminó.

Myriam no vio nada. Fue una suerte.