Luca

Hoy, en La Isla, ha ocurrido un milagro. La Isla es el pabellón de máxima seguridad en la cárcel de Cloacán. Lo llaman así por la canción de Madonna, La Isla Bonita. Los presos tenemos ese talento macabro para los nombres. En nuestra capilla, sin ir más lejos, le rezamos a Santa Muerte.

La rutina de La Isla consiste en golpes, gritos, ataques de ira. Todos los días alguien sangra, el coraje de un preso es desafiado, la dignidad de otro es pisoteada.

Soy hombre de suerte por estar con Luca, que me convirtió en su “esposa” el día que llegué. Salvo él, a mí nadie me toca. Ni siquiera cuando, cada tres meses más o menos, se lo llevan al Pozo por dos semanas. Todo acá es jerarquías. Yo soy más joven, y estoy acá por bajar a tres ancianitas para quitarles su pensión a la salida del banco. Casi una travesura infantil.

Luca no. Él era un sicario de los Jotas, uno de los cárteles más grandes de Juárez. Me contó que cuando era chico salió un día de casa y enfiló directo para la escuela. Unos muchachones se le cruzaron y le preguntaron con quién estaba. No sabía la respuesta correcta y lo mataron a golpes. “Eres de Sinaluna”, decretaron. Estaba bien. No se puede ser niño en Juárez y no estar con nadie. Ahora lo respetarían. Tuvo nuevos amigos que le enseñaron a combatir, a vender mercancía, a sobrevivir.

Una vez, su mamá no volvió de la fábrica donde trabajaba. La familia se enteró luego de que había cruzado una calle equivocada en el momento equivocado, y en una batalla entre bandas la alcanzó una bala perdida. Fueron los de su propio cártel, en otra batalla contra los Jota. Luca tenía trece años. En secreto buscó a los Jota y les dijo que tenía una cuenta pendiente con sus propios jefes. Les pasó información sobre Sinaluna y quedó reclutado. La venganza de su madre, ayudado por su nueva familia, fue brutal y, apenas diez años después, comandaba el principal brazo ejecutor de los Jota, el cártel más temible de todo Chihuahua.

Luca se cargó a decenas, y de maneras bastante horribles. Los cadáveres quedaban ahí, colgados en puentes, carbonizados en barriles, crucificados en cercas de alambre, empalados por el trasero como pollos en postes en mitad de la calle. Para que se vea. Para que todos sepan que nadie se mete con los Jotas.

Comparado con él yo soy una monjita descalza, no estoy a su altura, pero él se encariñó conmigo, y me enseña cómo es el mundo de verdad. A la noche no me trata mal, porque cuando tiene pesadillas sobre su infancia de fuego, sabe que yo estoy ahí para abrazarlo. A cambio de mis cuidados y de mi cuerpo, me convirtió en intocable en La Isla.

Sus ataques de ira son insoportables, pero como soy su último refugio, hace tiempo dejó de golpearme. Las víctimas son otros, pero sólo de vez en cuando mata a alguien. Si no fuera por la ira, podría salir por buena conducta en quince años más y volver a Juárez como un héroe. Pero Luca no va a salir nunca. Lo sabe, y a veces, sin que nadie vea, llora como un niñito en mis brazos.

Llora por eso y por su hijita, Ana Paula. Tiene ya nueve años, pero no la ve desde hace cuatro, cuando el sida se llevó de una vez a su ex. A la nena la pusieron en un orfanato, y ya no quiso ver a su papá porque su madre, esa hija de las mil chingadas, la había envenenado contra él.

Hoy, después de la salida al patio, se hizo el silencio en La Isla. Alguien me mencionó. Me levanté rápido de la cama, llegué al patio y vi que el Ruco y el Mazorcas, los dos guardias más aterradores del planeta, traían a Luca atado y tambaleándose. Pasó entre los presos como quien va a ser ejecutado, nadie le había dicho por qué lo sacaban del Pozo diez días antes de tiempo. Se lo llevaron a las duchas, y después a la celda.

“Arréglalo, tiene visitas”, me tiró el Ruco. Luca me miró, sus ojos negros dijeron un nombre. “Órale”, dije, pero no quise darle ilusiones. Me llevó un par de horas, era difícil cambiarle la facha, porque lo habían servido bien. En La Isla, la cadena alimenticia es implacable, y el viejo matón es bocado predilecto de los de arriba. Hice lo que pude, él me dedicó una sonrisa triste.

Me dejaron acompañarlo, pero no me permitieron entrar. Como si se tratara de un dignatario extranjero, habían vaciado el comedor para él, y lo hicieron entrar custodiado por dos gorilas. Yo me quedé en la puerta, mirando de lejos. Pasaron unos minutos y yo veía a Luca temblar. Conocía ese temblor, que preanunciaba un drama. Llegaba cuando tenía que castigar a alguien, cuando se tenía que defender, cuando lo venían a buscar. Ahora el temblor podía ser bueno.

Se abrió la puerta del frente. De lejos vi una figurita menuda, los ojos negros bien abiertos, enmarcados por el cabello azabache lacio, bien largo, tan bonito, con un moño rosa en la cabeza y una cruz grande, justo en medio del vestido de domingo. Alguien, quizás la abogada de Luca, había logrado convencerla de visitar a su papá preso. Luca miró hacia atrás, buscó mis ojos y sonrió, esta vez con ganas. Yo también temblé.

Ana Paula avanzó con una mujer, supongo su celadora, que la sentó enfrente de Luca. Él la miró, ella bajó los ojos. Luca preguntó algo, no pude escuchar. Ella levantó la mirada. Sonrió, balbuceó una respuesta y volvió a mirar hacia abajo. Luca siguió preguntando por un buen rato, o le contaba cosas. Poco a poco, la vergüenza de la niña se fue disipando como la niebla, y los ojos de ambos se encontraron más seguido. Luca disfrutaba.

Entonces ocurrió. Ana Paula sacó de su carterita una hoja de papel doblada y unos lápices de colores. Dio vuelta a la mesa y se sentó a las rodillas de Luca. Extendió el papel y empezó a dibujar. También hablaba, explicándole contenta a su papá lo que hacía. Y él, que nunca reía ni lloraba frente a otros, hizo las dos cosas a la vez.

Yo no sé, porque las lágrimas no me dejaban ver mucho, pero me pareció que por la ventana entraban más gorriones que en los días comunes, y que Santa Muerte, para variar, lo miraba a Luca con ternura. Los gestos dulces de Ana Paula llenaron de luz el comedor de La Isla. Me recordaban a su papá, al niño que nunca conocí, al que sufrió y tuvo miedo, al que aprendió a amar y a matar en Juárez.

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5 comentarios en “Luca

  1. Que triste… 😦
    Yo no logré publicar este en el taller, lo dejé privado, pero tengo un condensado de los trabajo que he realizado como tareas con los retos anteriores a conocer la página. Si gustas puedes leerlo online o descargarlo, el link está en la pagina de mi cuenta. Está en Liibook, accedes a través de cuenta de Facebook o te suscribes, es gratis.
    🙂
    ¡Nos leemos!

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  2. Hola Marcelo
    Enhorabuena por el blog, estoy un poco despegado de literautas y ahora he visto que inaugurabas el blog. También he leído que estás entre tres relatos para enviar al taller y por eso escribo en esta entrada. Me encantó este relato. Me parece descarnado y tierno a la vez y la humanidad que sacas de un monstruo como Luca todo un logro. Aunque he de reconocer que “Ella y el ejecutor ” me lo ha puesto difícil. Ni siquiera sé si este cuento está entre tus candidatos, pero como quería pasarme por tu blog a saludarte aprovecho y te doy mi opinión. Je je.
    De nuevo enhorabuena y un saludo.

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  3. Hola Marcelo, ya he disfrutado de “la niñez de Jok”, es un cuento precioso, no sé si me gusta más porque usas un episodio histórico para reflejar la naturaleza humana o porque a través de Jok nos muestras el nacimiento de un pueblo. Imagino que a estas alturas ya habrás elegido el relato que enviaras a literautas, y en parte me alegro porque no puedo ayudarte, ambos me parecen dignos de ser publicados, no puedo decidir.
    ¡Pero bendito problema! tener que elegir entre magníficas historias, je, je.
    Un abrazo y a seguir contando cuentos.

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