Qué bonita mañana de camping

Otra mañana en el camping. Puedo soportar esas mañanas. En realidad odio el camping, pero más lo odio de noche. Prefiero irme a dormir todo sucio dentro de la carpa, y no importa que los chicos digan que apesto. De noche no encuentro nada, ni los calzoncillos limpios ni el champú y, además, las duchas están inhabitables. Entonces, yo apesto. Mi mujer ya no dice nada, pero lo piensa.

Odio veranear en el camping, porque significa que ese año el negocio anduvo mal. Me levanto antes que toda la masa se despierte. A la mañana los baños están limpios y las familias bullangueras metieron ruido hasta tarde y por lo tanto ahora duermen. Hasta que apagaron la música y los generadores pasó buen tiempo. Dormir en el piso de la carpa con ruido de generadores y música de bailanta a todo volumen no es la experiencia más espiritual que haya tenido. Pero, aunque tenga los nervios de punta y me duela la espalda, a la mañana se puede vivir.

Me ducho con agua fría y voy a lavarme los dientes. Mala suerte: uno de los dos lavatorios está ocupado por un gordo. Está inclinado y se cepilla los dientes ruidosamente, escupiendo sin pruritos. Miro para arriba, como buscando consuelo en un Ente Superior: ¿por qué se vendieron tan mal las flores ese año? ¿La gente se enamoró menos? ¿Los matrimonios se separaron más? ¿Los gerentes conquistaron menos secretarias?

¿Me lavo los dientes al lado del gordo, o espero? Si me lavo los dientes al mismo tiempo que él, tendré que aguantarme sus escupidas repugnantes, precedidas por esos estruendosos ruidos nasales, babeando como una medusa. Pero si no lo hago, sabrá que algo en él me incomoda. Pensará que estoy en su contra, y quién sabe cómo puede reaccionar. Sin enderezarse, mira de reojo: ya sabe que estoy acá, no hay vuelta atrás. Qué momento. Está en malla de baño, con el torso desnudo, y toda su barriga cervecera se explaya y ondula como una gelatina infame. Quién sabe qué comió a la noche para hacer tanto ruido y ocupar tanto lugar.

Soy una persona educada. Vendo flores en el centro. Tengo bouquets exclusivos y descuentos especiales. Este año incluso contraté a una chica joven, muy linda, estudiante universitaria. Le pedí que diera vueltas entre los pasillos y que actuara como una flor más, para atraer a los clientes masculinos. En los años noventa hice millones con ese truco magistral. Embobados por la damisela, sienten la obligación de comprar flores para justificar su presencia, a veces de horas, en el local. Pero este año la maniobra no funcionó por la crisis, y ahora me tengo que aguantar el piso de la carpa, la música bailantera a la noche y al gordo que se lava los dientes y se pregunta qué hago ahí parado como un idiota. Levanta una mano sin interrumpir un buche, y señala caballerosamente el lavatorio a su lado, como diciendo: “Pase, señor, sírvase”, con un dejo de “qué carajo espera, hombre”.

No me queda más remedio. Me acerco y, parado de costado debido a la panza del tipo, que ocupa el aire de medio lavatorio mío, abro el estuche con el cepillo de dientes y el dentífrico. Trato de ganar tiempo. Abro el grifo despacio, mojo el cepillo y le pongo la pasta. Elevo una plegaria para que el obeso termine pronto. Asqueado, opto por cerrar los ojos y cepillarme los dientes como me enseñó la dentista, pero no puedo evitar las arcadas que me produce el gordo con sus sonidos guturales, y me empiezo a sacudir.

No importa: ya termina, no sin antes sonarse la nariz de modo monstruoso. Me quedo helado en el lugar, congelando un movimiento de cepillo. Es un segundo, porque reacciono rápido, no sea cosa de ponerlo en evidencia y de hacerlo pasar un momento embarazoso. Gracias a todos los dioses de la misericordia humana, el buen hombre se va.

Quedo frente a mi lavatorio y mi espejito roto, con un lugar disponible a mi izquierda. En eso llega un oficinista. Ya se sabe: flaco, salvo en la barriguita de casado cuarentón, pelado y con anteojos. Pinta de introvertido y entendedor de cuestiones informáticas, el muy desgraciado debe ganar una fortuna trabajando para alguna empresa de teléfonos celulares, y viene de camping porque de verdad cree en educar a sus hijos en la naturaleza. Hijo de perra malnacido. Pero no por eso, sino porque se para atrás mío y un poco a mi derecha, como haciendo cola. Mirá vos, me digo, yo le repugno a él como el gordo me repelía a mí. ¡Si será atrevido! La sola comparación me hace hervir la sangre. Odio desde el fondo de mis tripas al señor de las gafas.

Le hago señas para que ocupe el lavatorio de la izquierda de una buena vez. Haciendo mis buches levanto mi mano y le señalo el lugar, esforzándome por parecer gentil. Incluso me corro un poco para que vea que no soy como el gordo: le ofrezco un lugar y medio. Pero el tipo nada, levanta él también una mano y mueve la cabeza, como diciendo: “No, gracias, mejor espero”. ¡No tiene vergüenza! Yo me aguanté los escupitajos vomitivos del gordo y ahora este aparato con lentes  se permite el lujo de esperar… porque yo le doy asco a él. ¡Yo!

Llega un marido más. Este parece un poco menos frustrado, y se para haciendo cola atrás del miope. Hace gestos nerviosos, él tampoco entiende por qué este señor no se digna a concretar su turno en los lavatorios. El tiempo de todos nosotros es caro, no  importa que estemos de vacaciones. Nos esperan horas y más horas de trabajo, ajustando los tirantes de la carpa y trepando montañitas con nuestros hijos. Un verdadero espanto.

—¿No anda el lavatorio? —pregunta el nuevo, medio  irritado.

—Sí, anda. ¿Quiere pasar?

—De ninguna manera, es su turno.

—Faltaba más, pase si quiere, caballero.

—No, le toca a usted, pero hágalo rápido, mire, porque queremos salir al paseo organizado por los guías del camping a la montaña Tole-Tole. Si es tan amable, por favor.

—No, yo espero.

No puedo más e intervengo. Me terminaba de pasar la espuma de afeitar por la cara. Ya no tiene excusas para no lavarse al lado mío, así que su rechazo es casi prejuicio racial. No lo puedo aceptar.

—Espera porque le doy asco al señorito de cuello blanco. Decí, a ver, ¿te da asco que otro se lave los dientes al lado tuyo, o te da vergüenza que te vean a vos hacerlo? ¿Extrañás tu intimidad? Pobrecito. ¿Por qué no te vas a un hotel de cinco estrellas, mariquita? Para veranear en un camping hace falta ser hombre, y me parece que a vos te patina la hombría.

—¿Es eso? —dice el recién llegado—. ¿Por qué no demuestra un poco de buena educación? Haga lo correcto y lávese los dientes de una vez. Pero hágalo rápido, porque…

—Perdón, no sé de qué hablan. Yo me lavo los dientes si quiero. ¿Qué les pasa?

—¿Cómo qué nos pasa? —digo yo—. ¿Cómo que qué nos pasa? ¡Usted es un insolente! ¡Un sinvergüenza!

—¡Y yo estoy de acuerdo! ¿Cómo se atreve a hablar así, pedazo de imbécil? —sorprende mi flamante aliado.

Lo tenemos rodeado, y empezamos a insultarlo, como se merece, acorralado contra las puertas de los retretes. El tipo se asusta.

—Está bien, está bien. Me lavo los dientes.

—No, no, ahora vas a tener que dar explicaciones. ¿Te da asquito mi amigo? —le dice mi compañero con la cara muy cerca de la suya, como si tuviera experiencia de matón. Me deja pasmado: empieza a pasarle una cuchilla de barbero, de esas de barbero antiguo, por la mejilla. No se me ocurre mejor idea que imitarlo con mis hojitas de afeitar descartables. Lo siento un camarada de armas.

—Sí, ¿te doy asquito? Contestale a mi amigo.

—Suéltenme. Están locos. Yo no les hice nada…

—Bueno, depende cómo interpretes el no hacer nada. A veces no hacer nada es tan ofensivo, pichón —mi amigo es un verdadero experto; lo miro hacer y soy todo admiración.

—¡Déjenme! —dice nuestra presa, y da una patada nerviosa, que me va a dar justo en la canilla. Veo las estrellas.

—¡Ay! ¡Me pegaste! ¡Sos un hijo de puta! ¡Tomá!

Lo golpeo en el estómago y con el otro lo hacemos caer al piso a golpes. Mi nuevo amigo se agacha y le pasa la cuchilla por la yugular. Yo hago lo propio, aunque mi maquinita descartable corta menos. Vemos que el hombre se desvanece, mientras le chorrea sangre a borbotones.

Salimos del baño  con los dientes limpios y oliendo a loción de afeitar. Nos miramos por última vez, como dos que han compartido lo más profundo e íntimo de la vida, sabiendo que no nos volveremos a ver pero, también, que ninguno de los dos podrá ya olvidar al otro. Nos damos la vuelta, y nos vamos cada uno para su carpa, a estar con su familia, y a comenzar otro bonito día de camping.

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5 comentarios en “Qué bonita mañana de camping

  1. Saludos Marcelo…
    Felicidades por reabrir tu blog, ahora sí ya me he suscrito.
    Y te prometo que nunca iré de camping, para tener una experiencia de esas, mejor me quedo en casa… 😉
    ¡Nos leemos!

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  2. Hola Marcelo. ya tenía fichado tu blog. El último sobre el camping, genial. Empieza lento, suave, casi demasiado, pero de pronto coge ritmo, poco a poco, “in crescendo” hasta llegar aun desenlace atroz por una nimiedad. Fantástico.
    En otro orden de cosas te confieso que yo he sido campista casi toda la vida y mis campins eran diferentes. Pero tengo una historia personal muy dramática que me sucedió hace años. Más adelante te la cuento. tal vez te sirva para un relato.

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