Romualdo y los pájaros

Una mañana plácida. Sí, señor. Ésa era la palabra para definir una hora temprana con pájaros. Romualdo devoraba la escena con los ojos bien abiertos. Pájaros, árboles, techos de edificios y Aída, su esposa, que cantaba con un humor excelente, mientras iba de acá para allá limpiando y ordenando. Después se sentó a su lado frente al ventanal que da al balcón, con un par de vasos de té y la radio, con toda la actualidad en el programa de Fernando Ruiz.

—Hoy Ruiz está furioso con lo del chico olvidado dentro del auto. ¡Y con razón! ¿No, Romualdo? ¿Qué clase de padres se olvidan de sacar al bebé del coche? Con este calor, a las dos horas volvieron, y el pobre angelito estaba muerto por deshidratación, obvio. ¿Te imaginás nosotros? No, eso sí que jamás nos hubiera ocurrido con Sandrita ni con Juli… Tomá el tecito, mi amor, que se te enfría.

Romualdo no respondió, siguió con la vista en el paisaje, así que siguió ella.

—Qué tonta soy, perdoname. Te ayudo un poquito, no te ves muy bien hoy. Tomá un sorbito. Pero tenés que poner un poco de ganas, mi vida. ¿Te acordás cuando me contabas tus proyectos, cómo te entusiasmabas? Yo te escuchaba con una paciencia… Porque había que tenerte paciencia, admitilo. Ya vengo, comete un escón, que te los hice especialmente, con lo que te gustan.

Aída se fue a la cocina a revisar debajo de la pileta. Platos sucios nunca había, pero esta mañana se cuidó mucho de que todo estuviera limpio. Incluso bajó de madrugada a sacar la basura, porque quería saber de dónde venía el olor a cloaca. Había llamado al plomero el día anterior, pero la había dejado plantada. “En estos días no se puede confiar en nadie”, pensaba. El baño también estaba impecable, sobre todo desde que Romualdo había empezado con los pañales. Por las dudas volvió a su lado y se fijó si había que cambiárselo, pero todavía no.

—Lo que me mata es tu apatía, Romu. Si te doy de comer está bien, si no te doy, también. Si te hablo, me escuchás, y si no te hablo, no te importa. Te pongo la radio para que te distraigas, pero nada. A veces me dan ganas de insultarte, a ver si reaccionás, a ver si te interesás por algo. Hace poco Fernando Ruiz entrevistó a una especialista en Alzheimer. Dijo que a la larga había que dejar a la persona en la suya, que no hay lo que hacer. Pero dijo algo que no me gustó: que el cónyuge no puede ser omnipotente y tiene que traer ayuda. Pero vos tenés Alzheimer, no invalidez. Y yo todavía te puedo cambiar y bañar, ¿no? ¿Quién te va a atender mejor que yo, decime?

Tocaron la puerta, pero Aída no prestó atención. Siguió el flash informativo, que hablaba de otro avión caído en Malasia.

—Che, qué cosa. Pensá en todas esas familias, no me quiero imaginar, y ni siquiera encontraron un solo pedacito de avión en el mar, pobre gente. ¿Te acordás cuando volamos a España? Siempre tuviste ese sueño, llevarme a España y ver una corrida de toros. Ja, ja, al final fuiste solo, yo me quedé en el hotel, ni loca voy a ver eso… ¿Pero quién toca tan fuerte? ¡Qué bruto, cómo insiste! ¿Será el plomero?

Aída se paró y fue hasta la puerta, nerviosa. Romualdo no se movió.

—¿Quién es?

—Soy yo —dijo una voz desde el pasillo—, Matilde. Abrime, no podés seguir así, corazón.

—¿Así cómo? ¿Pensás que no me puedo arreglar sola?

—Romualdo ya no está en ese cuerpo. Falleció, tenés que dejarlo partir, darle cristiana sepultura, Aída, por el amor de Dios.

—Qué dramática, Matilde. Decís cosas terribles… Andate, no sos mi amiga. ¡Loca!

—Hace tres días me lo contaste vos misma, Aída, y después te encerraste. ¿No te acordás? Los vecinos están como locos y ya todos te vinieron a suplicar. El consorcio va a llamar a las autoridades, mujer, no nos dejás alternativa. ¡Se huele en todo el edificio!

—¡Andate! ¡Andate!

Aída puso la radio a todo volumen y volvió al lado de Romualdo. Tomó en una mano el té, en la otra un escón.

—¿Viste, amor? Hay gente muy maleducada. ¿En qué estábamos?

Romualdo no contestó, así que siguió ella. Él la escuchó como siempre, con la mirada fija en los pájaros, en los árboles, en los edificios. Una mañana muy plácida. Sí, señor. Ésa era la palabra.

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