El ejecutor y ella

MichellePfeiffer

Los verdugos de la era moderna se llaman ejecutores judiciales. Van por la vida entrando en las casas de pobres desgraciados con deudas, empujan a un pobre tipo en musculosa, a una señora gorda indefensa,  y se llevan televisores, máquinas de coser, el coche, la dignidad. Mejor dicho, nos llevamos. Eso soy yo también. Un asqueroso ejecutor judicial, y a mucha honra.

Me encanta mi oficio. Vivo solo y no tengo encima a mis viejos con sus andá a estudiar y con sus cuándo te casás. También me gusta porque puedo sacar mi bronca de modo legal. Los tipos están en deudas, y yo tengo razón en venir a cobrarla. ¿No les gusta? Lo hubieran pensado antes. ¿Qué tenía en la cabeza, señor, cuando sacó esa hipoteca? ¿No lee los diarios, no sabe que los tiempos no están para bollos? Usted señora, deje de tironear y de insultar, siéntese ahí. ¿Por qué se gastó todo en chupar? Cuando ejecuto una orden de embargo, es lo más parecido al orgasmo.

Ahí voy de nuevo. Una madre sola con tres chicos, y hay que desalojarla del todo, por retraso de un año en la hipoteca. Esas son mis preferidas, porque son unas putas. Ja, en general lo son literalmente: prostitutas que tuvieron algún hijo con su cafisho, otro con algún cliente, y otro que no se sabe cómo. Con los años quieren retirarse, se compran la casita en las afueras y abren una boutique con los ahorros de miles de polvos bien habidos.

Toco a la puerta y espero. Toco otra vez. Por ahora es rutina: solo después de la tercera conviene revisar si hay otras salidas. Al final la puerta se abre, y me quedo sin habla. Lo único que me recuerda a qué vine es su expresión de pánico. Es la mujer más hermosa que yo haya visto en mi vida, y no es prostituta. ¿Cómo podría serlo? Tiene reminiscencias de mi profesora de química de cuarto año y de Michelle Pfeiffer. Vestida con elegancia, las cejas levemente levantadas por el miedo al desalojo, cabellera abundante, y sensual, muy sensual.

“Eh… Del Departamento de Títulos Judiciales, señora… eh… Buenos días”. Dustin Hoffman en El Graduado, al lado mío, era un doctor en sexo y mujeres.

“Ahá, ¿y qué quiere?”, dice por fin, y parece que se asustara de su propia voz, quizás por lo exagerado de su intento de hacerse la tonta. Yo, en cambio, por poco me derrito y me dan ganas de abrazarla en lugar de darle la acostumbrada patada a la puerta que le reventara el hombro con que intenta pararla.

“Charlar con usted”, me escucho decir, y no lo puedo creer. Vuelve a mirarme de la cabeza a los pies, otra vez hacia arriba… Los ojos de bambi buscando al cazador se encuentran con los míos. Pasa un segundo más, y me abre la puerta. Creo que ambos nos damos cuenta de lo distinto de esta situación. Yo no soy el empleado burocrático clásico, ni ella otra pobre mujer a la que desalojar.

Me hace pasar. Va a la cocina, me sirve un café en la sala. Entonces, mirándome a los ojos, me cuenta su historia. Una mala inversión hizo que su marido se suicidara, dejándola sola con hijos y deudas. Eso es todo, pero no sabe lo que va a hacer. A sus hijos, cada uno con su historia, la vida se les ha ido bien al carajo. Al final me acerco, me mira, el miedo de ella va amainando a medida que me animo a acariciarle el pelo. Al final me consuela ella a mí, porque ya no puedo contener las lágrimas. Toma mi rostro y me besa, nos besamos. Hacemos el amor. Sus ojos y sus senos son inolvidables.

Me levanto, me visto. “¿Tenés una valija hecha?” Me mira anonadada, tiembla, con una mezcla de furia maléfica y susto incontenible, como una bruja que no entiende qué parte de la pócima salió mal. El miedo vuelve, ahora el llanto también. La hago firmar papeles, la cago a gritos. Y al final: “¿A la una vuelven los chicos del colegio? A la una y media los quiero a todos afuera. Vos sos de puta madre y no te voy a olvidar, pero yo tengo un trabajo que hacer. Sorry”.

Los veo salir parado en la calle con un cigarrillo y cara de póker, una mujer con sus hijos hacia un destino incierto. ¿Y yo? Me voy hacia el horizonte, hacia mi próxima aventura, con el corazón desgarrado y el deber cumplido. Qué vida intensa.

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3 comentarios en “El ejecutor y ella

  1. Marcelo llegué a pensar que el corazón del ejecutor se había ablandado, pero ¡qué va! debí tener más presente el refrán que nos dice: “Desde el desayuno se sabe como será el almuerzo”
    Tuviste la capacidad de conducir la historia, de tal forma, que olvidé la natural actuación de esta clase de personajes sin misericordia.
    ¡Felicitaciones! por tu narrativa.

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