Una caja en la puerta

Rick llega a su casa, y ahí, junto a la puerta, encuentra una caja. Parece como si alguien se la hubiera enviado a él. Como si fuera una canasta con un crío dentro, del modo como las madres adolescentes, violadas o traviesas, dejan a sus bebés a la entrada de las iglesias. Así de ominosa es la presencia de la caja para Rick.

Se la queda mirando por unos segundos antes de subir las escaleras del porche. Entonces se acerca despacio. Sube uno, dos, tres, cuatro escalones. Sus pies casi tocan la caja. Se pregunta si él debería saber lo que hay dentro. Se da vuelta y mira para todos lados, para ver si alguien está mirando, para ver si descubre al mensajero agazapado entre las casas de enfrente, detrás de algún árbol o del ligustro vecino.

Pero no ve nada. Es mediodía, ha pedido irse temprano de la oficina porque le dolía la cabeza. Así que Sally está trabajando en la tienda y Little Joe, de cinco años, no llega aún del jardín. Ha esperado todo el viaje en tren ese rato de soledad en casa, con las persianas bajas y el silencio. Siempre le gustó el silencio y poder estar a salvo del sol y del ruido. Resabios de su época de libertad, antes del matrimonio… antes de la guerra. Se despierta siempre antes que los demás, y es feliz en ese tiempo de gracia antes del caos matutino. De noche, se queda despierto cuando ya todos se han dormido, y recorre la casa viéndolos, sabiendo que están bien, que logra protegerlos. Luego se dirige a su estudio y se regodea en algún libro, con tabaco y alguna copa.

Ahora ha calculado que tiene media hora antes de que Little Joe llegue con la niñera y empiece el trajín del almuerzo y los juegos en la sala. Esa media hora vale un mundo para él. Se pondrá un pijama, se acostará y leerá el periódico. O, mejor, seguirá con El Viejo y el Mar, que comenzó anoche.

Pero Rick llega y ve que junto a la puerta hay una caja. Además le duele la cabeza, así que lo último que querría hacer ahora es tener que lidiar con ella, con quién la envió, qué habrá adentro, y esa maldita sensación de que sabe, o debería saber, lo que contiene. El no vive solo. ¿Por qué habría de estar dirigida a él? Pero es una pregunta retórica, innecesaria. La caja es un dedo acusador, es todo lo que alcanza a dilucidar entre las marañas de su jaqueca.

Le dan ganas de moverla con el pie, no tener que tocarla con las manos, no vaya a ser que estalle, pero enseguida se da cuenta de que es un pensamiento estúpido. A decir verdad, sabe que no es una bomba, pero también sabe que para él es algo peor. “¿Qué sé hasta ahora?”, pensó, intentando ser racional. “Sé que contiene cosas de mi pasado. Y que no quiero verlas”.

Deja caer el portafolios en el suelo, como capitulando sin condiciones, y se sienta en el porche, con la caja detrás suyo, un poco transpirado por la combinación de caminata, sobretodo cerrado y sol. La respiración se le vuelve espesa y las escenas vuelven como flashes de LCD, imágenes vívidas, un flashback de película. Y no hay botón que pare la proyección.

Él era el comandante de un pelotón, diez chicos de no más de veinte años a su cargo. Habían estado festejando ayer en la cantina de la base y hoy avanzaban en territorio enemigo con la misión de despejar las minas explosivas antes del avance de los tanques y la artillería. De repente se escucharon gritos en coreano y disparos de metralla. Todos volvieron atrás y se agazaparon detrás de la loma por la que habían llegado. Silencio. Rick debió haber preguntado algo, si estaban todos bien, si alguien veía de dónde venían los disparos. Debió dar alguna orden. Esperar. Cubrir con disparos para que Charlie y su Mag se ubicaran en un punto estratégico. Pero estaba paralizado. Cuando logró levantar la vista vio a través del polvo y la transpiración a Charlie, a George, a Foxy y al Gordo Joe que lo miraban agitados. ¿Qué hacemos?, preguntaban sin hablar.

Pero Rick resollaba, paralizado. Era su primer choque con una unidad enemiga de carne y hueso. Llegó a comandante de pelotón por su tesón en los entrenamientos, no por su valor en combate. Ahora caía en la estadística de los cobardes: en cualquier guerra, sabía, un procentaje de los soldados no disparan. Algunos lo hacen por principios. Otros por miedo. Se quedan a un costado, se ocultan, se hacen los muertos. Rick era ahora uno de ellos. Allí tirado detrás de la loma, no podía hacer nada para romper la parálisis.

—¡Célula enemiga atrincherada a las diez, treinta metros, kalatchnikov y granadas, no hay vehículos a la vista! —gritó entonces una voz muy cerca de él. Era Foxy, que había captado la situación y asumía el mando. Escuchó los nombres de todos verificando que estaban vivos, planeó la estrategia y la táctica, dio las órdenes que Rick le había enseñado a dar.

—Joe, quédate con Rick, mira si está herido o nada más aturdido, e intenta arreglar ese puto radio —le dijo George al Gordo Joe, y desapareció en una nube de polvo detrás de Foxy.

—Tome agua, señor —le dijo Joe alcanzándole una cantimplora. Por un rato se quedaron en silencio. Rick miraba el suelo con los ojos bien abiertos y resoplaba dentro de su uniforme espeso, mientras balas y granadas sonaban fuerte alrededor. Joe intentaba hacer andar el radio e intercalaba algún “Todo va a estar bien, señor, ya lo verá”.

En un momento amainaron los tiroteos y Rick se recompuso un poco.

—Ve y observa, Joe.

Lo dijo más por dar una orden que por verdadero interés operativo. Era evidente que Foxy y los suyos habían logrado avanzar, porque los tiroteos sonaban más lejos. El radio no funcionaba, así que no podían hacer más que esperar a que la fuerza volviera a recogerlos y a aguardar nuevas órdenes: avanzar más o volver a la base. Pero Rick sintió que debía hacer algo, dar una orden, aunque más no fuera una orden inútil, aunque más no fuera al Gordo Joe.

—Sí señor. Usted descanse, señor. Cuando salgamos de aquí le tocaré la nueva canción que compuse en armónica para su novia Sally. Le cantaremos juntos una serenata, ya lo verá. Usted cantará y yo tocaré mi armónica. Ahora beba más agua, señor —dijo el Gordo siempre fiel, y le sonrió. Luego se alejó unos metros hasta la cima de la loma y levantó los binoculares, a ver qué pasaba al otro lado.

Fue lo último que hizo. La bala de un francotirador enemigo le atravesó el casco y le abrió la frente apenas se asomó. Joe, un gordo simpático, buen cantante, erudito en historia y literatura, el romántico del grupo contra todas sus obesas probabilidades, no tuvo oportunidad. Cayó como una bolsa de papas hinchada y rodó casi hasta las piernas de su comandante con los ojos bien abiertos, asombrados. Entonces, el ataque de pánico de Rick se renovó. Por horas, incluso después que todo terminara, luego de que su pelotón neutralizara a la célula norcoreana, despejara las minas y llamara a los blindados, no logró controlar el temblor, el llanto, la asfixia. Él era un cobarde, y por su cobardía había muerto el Gordo Joe.

La guerra siguió, Rick volvió a ser el que era y en los siguientes encontronazos se mantuvo apagado, pero lideró bien y sus hombres le respondieron. El pelotón perdió algunos miembros, pero a otros pelotones les había ido peor. Él y ellos, al fin y al cabo, eran buenos combatientes. Después fueron dados de baja.

El camastro del Gordo Joe había sido convertido en un altar, con todas sus cosas desplegadas sobre la manta bien tendida. Cuando les tocó abandonar la base, Rick juntó todo: la gorra, la placa de identidad, las fotos de la pared, la armónica con la que había tocado tantas veces en el pub, una Biblia, la loción para después de afeitarse, su uniforme planchado. Entregó todo a sus padres el día en que el pelotón en pleno recibió medallas al heroísmo, en un acto con miles de soldados y sus familias.

Rick nunca se los pidió, pero sus hombres jamás contaron a nadie lo sucedido, y él fue condecorado también. A idea de Foxy, les dijeron a los padres del Gordo Joe que su hijo había sido un héroe que murió sacando heridos del campo de batalla, siempre bajo fuego. Una bala sencillamente lo alcanzó en la cabeza mientras se lanzaba por su cuarto compañero herido. También les contaron que era Joe el que mantenía el espíritu de la compañía entera, lo cual era cierto. Pero entre Rick y ellos, la medalla al mérito dada a Rick era suficiente testigo de la mentira. Incluso Sally, que sabía abrazarlo en sus pesadillas postraumáticas, ignoraba la historia de su bautismo de fuego. Para ella y para Little Joe, Rick era “papá, nuestro héroe”, y nada más. Rick jamás se ponía la medalla, pero dejaba que Little Joe la llevara, cuando jugaba con sus soldaditos de plomo.

¿Se habrá enterado la familia del Gordo Joe de lo sucedido? ¿Sabrán que su Joe murió de la manera más estúpida posible, y que él era el culpable? ¿Le están enviando ahora la caja con la Biblia, las fotos y la armónica como si se la arrojaran por la cabeza? ¿Quién les habrá contado? Rick está llorando, acostado en posición fetal sobre el porche, vestido con su traje de oficina arrugado, la corbata floja, el sombrero caído, la camisa transpirada, cuando Little Joe llega de la escuela junto a Christa, la niñera.

—¿Qué pasó, señor? ¿Qué tiene? —le pregunta la chica.

—No llores, papi —le dice Little Joe, mientras lo abraza y llora también.

Rick no puede responder. La muchacha lo ayuda a incorporarse, también Little Joe participa abrazándole una pierna, y de algún modo logran acostarlo. Christa llama por teléfono a Sally, que le da instrucciones para suministrarle un calmante. Rick duerme por horas.

Cuando abre los ojos, Sally está a su lado, sosteniéndole la mano.

—¿Qué hay en la caja? —pregunta Rick, todavía dopado.

—Es la nueva aspiradora que me compraste para nuestro aniversario. ¿Ya te olvidaste, bribón?

—No, cariño. No me olvidé. No me olvidé de nada. Feliz aniversario.

Y se duerme otra vez.

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