Tres segundos

Guilherme Da Silva se despierta y se da cuenta enseguida de que se está por morir. Antes de ver la sangre es la intuición, como un saber profundo, una iluminación fatal. Sólo después ve el líquido rojo que se mezcla con el chorrito de agua y se escabulle hasta el agujero de la bañera. Claramente entiende que la sangre es de él, y que es mucha. Comprueba, después de intentarlo, que no se puede mover. Se va a morir en pocos minutos, tal vez una hora. O dos, como mucho. Pero entonces advierte algo peor, la noticia que se da a sí mismo lo golpea como un rayo: no tiene la menor idea de quién es, ni por qué se está desangrando sin que pueda hacer nada por evitarlo.

Recuerda un golpe en la cabeza, el dolor todavía está allí como una ofensa. Entiende que debería poder palparse todo el cuerpo desnudo hasta encontrar la herida e intentar parar la sangre, pero no logra mover un solo músculo. Llega a una conclusión rápida, porque necesita una certidumbre, cualquiera, y la necesita ahora. El golpe, se dice Guilherme Da Silva, se lo dio al caer mientras se bañaba, se rompió el cuello con la caída y quedó paralítico. Al mismo tiempo algo lo lastimó y le abrió una herida profunda que ahora lo está haciendo desangrar.

Información, información. Puede mover los ojos, mira hacia abajo, es decir hacia adelante, porque está acostado en la bañera. Ve su cuerpo retorcido y horrible, al que ya no siente. Tendré unos cuarenta y cinco años, calcula, por la barriga bastante prominente. Pero ahí, al costado de la panza enorme, ve la herida de bala. Alguien me mató, me mata, me está matando.

Se desespera, como si se estuviera ahogando. Quiere vivir, salvar la vida de ese que le ha tocado ser, quien quiera que fuese. Trata de gritar, pedir ayuda, pero no puede.  Por largos minutos la desesperación es toda su realidad. Pero después se le va pasando, y eso lo sorprende. Más todavía lo sorprende alegrarse, o más bien conformarse, de no poder emitir sonido. Aguza el oído, quizás su asesino todavía está en la casa. Si hubiera logrado gritar estando el asesino todavía ahí afuera, habría sido su fin. No conoce el baño, pero deduce que es de un departamento de medio pelo.

Entonces se asusta otra vez: ¿qué es morirse? ¿Qué me va a pasar? ¿Hay algo después? La puta madre. Le salta a la memoria un relato de Bradbury. Un astronauta se desprende de su nave y se aleja hacia el espacio inconmensurable sin que nadie pueda rescatarlo. El astronauta sabe que va a morir cuando se le acabe el aire del traje espacial y que su cadáver surcará el vacío trazando alguna órbita por los siglos de los siglos. Todo lo que le queda es contemplar la Tierra, admirar su belleza, mirar el espectáculo universal en todas direcciones, cantarse viejas melodías, pensar en la muerte, despedirse.

Se identifica con el astronauta de Bradbury, la imagen lo ayuda a ir resignándose, pero lo envidia, porque además de cantar también puede rememorar su vida. Debo ser un escritor, piensa. ¿Qué otro loco piensa en literatura en una situación así? ¿Y la bala? La bala. Soy un escritor que ha engañado a su mujer, y ella me acaba de pegar un tiro. O el amante de una mujer casada, y el que me pegó el tiro es el marido cornudo.

Muy banal, demasiado fácil, poco imaginativo. Las preguntas entonces se disparan, mientras ve su panza con la herida de bala, la sangre que baja a borbotones, el chorro de la canilla y el agujero de la bañera por donde se le va la vida.

¿Quién soy? ¿Tengo familia, mujer, hijos, alguien llorará mi muerte, alguien se habrá dado cuenta de que no estoy donde debería estar, tengo un trabajo al que debería acudir, seré jefe, tendré secretaria, una madre, un cuñado, alguien, intentando localizarme? Busca su propia profesión. A qué me dedico, carajo. Rápido, rápido. Abogado. Eso, seguro. Abogado penalista, o juez. Mandé preso a alguno que ahora salió libre y se está vengando. Inventa caras de presos, a ver si alguna se superpone con alguien a quien conoce de verdad, como en esos detectores de caras de las series policiales. Tal vez sea un dibujante, un fotógrafo, un actor de cine.

Surge una cara conocida en la pantalla de su mente. Eureka. Es una cara no muy clara, pero es algo. Enseguida se desespera, porque tiene en la punta de la lengua la circunstancia de esa cara, pero no logra entender quién es. Hasta podría ser su propio rostro, pero ni siquiera eso le arranca un sí soy yo y un alivio. Es una cara de hombre, pelo castaño claro con entradas de calvicie, mirada triste con ojeras, barbita de candado, camisa a cuadros y chaqueta de jean. La euforia de esa migaja de memoria se mezcla con la frustración. Sos un idiota, se dice. Te acordás de los cuadros de una camisa y la tela de la chaqueta, pero no tenés la más puta idea de quién sos ni de qué hacés acá.

¿Qué siento por ese tipo? Vamos, él es todo mi mundo ahora, se dice Guilherme Da Silva, que ni siquiera recuerda su propio nombre. ¿Es un ser querido, temido, despreciado? ¿Es inteligente, bondadoso, corrupto, criminal? Le tiene miedo, cree. Quizás es mi asesino. Ojalá, piensa, porque necesita estar seguro de algo. No. Paciencia. Le tengo paciencia. Es algún hermano que le salió torcido a nuestros padres, que dejó los estudios, que cayó en la droga y que siempre está entrando en la cárcel porque es un infeliz y un fracasado, y yo soy su hermano abogado y lo estoy sacando siempre porque me da lástima y porque soy su hermano… No, tampoco. Me cago en la hostia.

Los minutos corren y Guilherme Da Silva empieza a debilitarse, sabe que no le queda mucho tiempo. Llega a una conclusión terrible: se está muriendo dos veces. Recordar quién es y qué le pasó será recobrar su propio yo, arrebatarle al asesino una de sus vidas, cancelar al menos una de las dos muertes. Salir empatado, en lugar de dos a cero. Fútbol. Eso, le gusta el fútbol. ¿De qué cuadro es? Es un barra brava, piensa, uno de la contra le disparó a la salida de la cancha y llegó arrastrándose hasta aquí, se sacó la ropa ensangrentada y al entrar en la bañera se cayó dándose con la cabeza en el borde y rompiéndose el cuello.

Es un barrendero municipal, un político de barrio, un remisero en conflicto por territorio, un traficante de droga, un profesor de química en la escuela secundaria, un cantante de rock, médico cirujano, carpintero, ministro corrupto, cafishio, empleado de impositiva, ingeniero agrónomo. Nada le despierta la memoria, nada le sienta bien. Podría ser cualquier opción o ninguna. Se va a morir dos veces, nomás, porque ya está, ya queda poco. Siente el cosquilleo del llanto en la nariz, y los ojos que se mojan.

¿Seré buena gente?, se pregunta sobre la hora. ¿O me estaré mereciendo esta muerte de mierda?

Se abre la puerta y siente el sobresalto.

“¿Todavía estás de este lado, hijo de puta?”, pregunta la persona que entra al baño y se va, como quien revisa si los fideos ya están cocidos. Al retirarse, su asesino deja la puerta entreabierta.

Pero Guilherme Da Silva, en un esfuerzo sublime, le vio la cara. Ahora lo escucha ajetreado en el cuarto de al lado, buscando febrilmente algo en la habitación ya dada vuelta.

Entonces, en los últimos tres segundos que le quedan de vida, todo vuelve como un rayo.

Se llama Guilherme Da Silva, recuerda, pero antes era Diego Cifuentes. Perteneció a la organización de trata de mujeres más grande de la Argentina, se encargaba de transportar a las chicas desde las provincias del norte hacia las zonas de Neuquén y Río Negro. Violó a algunas,  pero no por gusto, sino para domarlas, para quebrarles la voluntad. Odiaba esa parte. También tuvo que matar a otras con las que no hubo nada que hacer. Pero un día se cansó, quiso retirarse. Esto no era para él. Había estudiado para maestro de escuela. ¿Cómo llegó a esto?

Sus jefes no lo dejaron abrirse. Entonces se entregó a la justicia y se presentó como arrepentido. Se acogió a un programa de protección de testigos, mandó a algunos peces medianos en cana, y aquí estaba ahora, en Arembepe, un pueblito a orillas del mar en Bahía, en el norte de Brasil. La cara que recordó es la de su contacto, Gonzalo Simeone, al que una vez por año lo mandan para ver si está todo bien, preferentemente en la época del carnaval.

Todo está realmente muy bien, Simeone se va siempre satisfecho y estimulándolo a que siga. Hace cinco años quiso casarse y hasta le pidió permiso. El empleado judicial consultó y se lo concedieron. Se llama Siomara, una bahiana mulatona divina, tan voluptuosa y coqueta como sabia, que le enseñó lo que es la poesía y lo redimió como hombre. Juntos escriben un blog de poemas en castellano y portugués. Se aman con locura, y él la trata como a una reina. Trabaja como barman en una playa y es feliz. Tienen dos hijos, una nena y un varón. Ahora no están porque Siomara se los llevó a ver a la abuela a Irecé, bien en el interior bahiano. Tienen un código: Siomara lo tiene que llamar antes de volver, para saber si está todo bien. Si lo está, le dice el primer verso del poema que más les gusta. Si no lo estuviera, le diría el último, Siomara debe esperar. Lo mismo ocurre si no atiende del todo.

Ahora, vaya a saber cómo, su jefe lo encontró, y mandó a alguien a vengarse. Es el Chacho Rubio, lugarteniente del jefe, que parece que salió de la cárcel. Cuando entró en el baño, Guilherme Da Silva se estaba duchando. Vio al Chacho apuntarle con una Colt 45 y levantó las manos hacia adelante, como si pudiera parar las balas. “No, no, pará…”, le dijo, mientras daba pasitos de escape dentro de la bañera. Se resbaló al mismo tiempo que la bala le entraba en el estómago, se golpeó la nuca con el borde de la bañera y ahí quedó.

Eso es todo. No es una historia gloriosa. Pero es suya otra vez.

Ahora, cuando el Chacho entra otra vez a ver qué pasa, los tres segundos de memoria agolpada se han acabado hace rato. El sicario no entiende por qué, en la bañera, ve a Diego Cifuentes muerto, con una mirada de vidrio clavada en la ventana y una sonrisa de oreja a oreja pintada en los labios.

“Turro malparido”, masculla. Y se va.

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5 comentarios en “Tres segundos

  1. Hace mucho que no me pasaba por aquí, craso error! Cada vez mejores tus relatos, Marcelo. Ëste, esos segundos antes de la muerte, me parece extraordinario. Precisión y sentimiento. Gracias, compañero, No me dejaré estar tanto. Saludos

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  2. Muy bueno maestro!!!
    Nada hay terrible en la vida para quien está realmente persuadido de que tampoco se encuentra nada terrible en el no vivir. De manera que es un necio el que dice que teme la muerte, no porque haga sufrir al presentarse, sino porque hace sufrir en su espera: en efecto, lo que no inquieta cuando se presenta es absurdo que nos haga sufrir en su espera. Así pues, el más estremecedor de los males, la muerte, no es nada para nosotros, ya que mientras nosotros somos, la muerte no está presente y cuando la muerte está presente, entonces nosotros no somos. No existe, pues, ni para los vivos ni para los muertos, pues para aquéllos todavía no es, y éstos ya no son.(Carta de Epicúreo a Mineceo)

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  3. Marcelo, excelente historia. Disfruto mucho la lectura de tus textos. Haber creado este blog para exponer tus creaciones ha sido un acto de verdadera generosidad. ¡Felicitaciones!

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