La telenovela de Gladys

Gladys volvió a hundir la galletita en el té mientras Betty la fea en la tele pedía, otra vez, perdón por existir. Era importante que fuera de esas galletitas dulces que absorben el líquido y se ablandan, no como las de hojaldre con azúcar encima, aunque esas son ricas para comerlas sin mojar. Y como hace tanto que estaba sola, ya no le daba vergüenza practicar ese placer mórbido. Paladino había muerto hacía tres décadas. Desde entonces nada, a menos que cuente la cana al aire que se tiró con Sandoval el farmacéutico, aquella noche de angustia y copas. Los hijos, esos cuatro infames, ya no venían ni siquiera a mostrarle sus nietos nuevos.

La televisión por cables era el gran invento del siglo. Lo decía ella, que había visto la primera radio, el primer televisor. Pero lo de los cables era el último grito, porque permitía que hubiera un canal de telenovelas entre tanta basura. Su rutina diaria era ver a Betty la fea y un montón de culebrones más. Después caminaba pesada hasta la habitación y se cambiaba las pantuflas por unos zapatos negros de taco que le inflaban los pies unos cuantos centímetros. Iba al baño y se lavaba los dientes, los pocos que le quedaban. Ese agujero en la boca no hubo con qué taparlo, queda mal, pero qué se le va a hacer, no se sonríe más y listo… Ese grano en la mejilla tampoco hubo modo de sacarlo, y eso que vio a varios médicos. Por lo menos una vez a la semana le cortaba ese pelito asqueroso e insistente. Entonces salía a la calle con su vestido de flores y su bolsa de compras. Iba a la panadería, compraba facturas, segura de que don Pascual la reprendería por comer cosas engordantes, pero sin olvidarse de recomendarle los cañoncitos con dulce de leche “recién saliditos del horno, una bomba de placer para el mate, doña Gladys”.

Después, si era martes, pasaba por el puesto de lotería. Ahí bullían sus sueños. En ese momento no soñaba: más bien vivía que acertaba a esos seis numeritos mágicos, se hacía rica y salía a navegar en su yate con un capitán de ojos claros que en altamar le leería poemas, le haría el amor varias veces por día y la haría volar, parándose detrás suyo como Leonardo Di Caprio en el Titanic. Marcaba los numeritos uno por uno con un bolígrafo, fijando la hojita al mostrador con sus dedos rechonchos y el esmalte saltado, dejando ver ese anillo con el vidrio verde símil esmeralda, que ya no había modo de sacarlo.

Llenaba la lotería y miraba al vendedor con ojos de huevo: “¿Esta semana sale, Antonio? No me joda, mire que no me queda mucho tiempo, ¿eh?” Él le regalaba un “quédese tranquila, Gladys, hoy usted está radiante, es la suerte caminando, una flor”. Ella repetía: “No me rompa las pelotas, Antonio”, y se iba con su gordura, con su vejez, sus pies hinchados, sus várices  y su soledad. Allí iba Gladys llevándose sus ganas de comer, de llegar a casa para prender la tele y poner la pava para el mate, los cañoncitos ya servidos en el living, donde los Farsantes estaban por comenzar. Su tarde era devorar durante horas y recordar glorias pasadas si no se podía concentrar en la novela. Sus novios, sus conquistas, sus ascensos en la escuela, donde llegó a jefa de celadoras.

Recordaba también a sus hijos ingratos y cómo terminaron abandonándola. La acusaron de entrometida por decirles que malcriaban a sus hijos, por haber explotado a su Paladino en vida y nunca visitarlo a su muerte, por haberse casado mal, por no escucharla. Rodrigo, el mayor, alcohólico y egoísta. Marta, maestra y mosquita muerta, que no la ayudó jamás ni sacando la basura. Carlos, el contador, sobre el que ella y Paladino habían signado todas sus esperanzas. El día que se recibió se fue a España y no se le vio más el pelo. Felipe, el menor, era el que más la quería, pero se hizo marinero a los dieciocho y le mandó tres postales antes de desaparecer, sin presentarse siquiera al funeral de su padre.

La noche era arrastrar el sueño, seguir peleándose contra el destino de desvanecimiento frente a la última novela, de cuyo final gancho jamás se enteraba, a menos que pescara la repetición a la mañana siguiente. Despertaba entre sueños a las tres de la mañana y reptaba hasta la cama. Sin lavarse los dientes, total…

Gladys había cumplido los setenta cuando ganó la lotería. Antonio se lo dijo la semana siguiente, porque no tenía cómo ubicarla y ella nunca pasaba a revisar. “¿Vio que le dije, doña Gladys? ¡Yo le dije! ¡Usted no me creía, pero yo le dije!”, decía él dando saltitos, sin poder creerlo. La acompañó a hacer los trámites y después a su casa. Se quedó en la puerta, esperando que ella lo invitara a pasar, con las manos nerviosas bamboleándose, como un pibe de quince. Ella lo miró con sus huevos serios. “Gracias, Antonio. Adiós”. Dijo y le cerró la puerta.

Un par de años después, Gladys Estévez  partió en su yate con rumbo a todo el mundo. Atravesaría el Atlántico y haría un crucero por el Mediterráneo, donde ya había combinado un encuentro televisado con Leonardo Di Caprio. Su tripulación incluía quince marineros, incluido el capitán que siempre quiso, cocineros y azafatos. También llevó a artistas y reporteros para documentar la odisea. Las columnas de chismes ya estarían llenas esa semana con la benefactora salida de la nada, que se había convertido en tan sólo en algunas semanas en la Madre Teresa de Calcuta vernácula.

Y qué bien se veía, con su nueva dentadura, sus treinta quilos menos y figura escultural, sus arrugas estiradas, sus senos operados. Tres horas de gimnasia por día con entrenador privado, médico y dietóloga de tiempo completo habían rendido buenos dividendos. De su grano peludo en la mejilla jamás nadie llegó a enterarse. Conoció a todas las estrellas de sus telenovelas favoritas y firmó un contrato con una productora. Sería socia de una nueva tira y hasta actuaría como la abuela de la protagonista, esa que da siempre buenos consejos.

Gladys no se dejó confundir por el dinero. Antes del gran viaje alrededor del globo, realizó las obras de beneficencia más impresionantes de que se tenga memoria en la Argentina desde los tiempos de Evita. Colonias de vacaciones, regalos a los chicos pobres para Navidad y Reyes, una empresa constructora que dio trabajo a miles de descamisados. La prensa la trataba como un hada madrina: la que había ganado la lotería y lo había compartido con la gente, ganando encima más dinero por ello. Porque sus negocios prosperaron y se hizo estrella de publicidades, por las que cobraba más millones de los que podría gastar o repartir en el tiempo que le quedaba. Así se hizo famosa, y su figura elegante llenó las tapas de todas las revistas, las chabacanas y las otras también. Las primeras reportaban acerca del milagro que había hecho el dinero y el ejemplo para todos los millonarios indiferentes. Las publicaciones serias analizaban con un nivel académico casi incomprensible, antropo-sociológico, el posible nacimiento de un nuevo modelo de solidaridad social, al tiempo que advertían acerca del peligro de cooptación política por parte de los oportunistas de siempre. Ella siempre trataba bien a la prensa, asesorada por una consultora de imagen de primer nivel.

Sus hijos volvieron. Les costó averiguar dónde vivía, porque eso no lo publicó, pero negárseles casi le redunda en mala imagen. Así se lo hicieron entender sus asesores, de modo que desistió. Los hizo llamar por teléfono y los invitó a visitarla con sus hijos, los nietos de la nueva reina madre. Nunca se había divertido tanto. Eran seis enanos adorables. Así los llamaba. “Vengan, mis enanos adorables, el parque de diversiones es nuestro”. Los mimó, los malcrió, recriminó a sus hijos todo lo que le dio la gana y les dijo que los perdonaba. En el puerto la despidieron con pañuelitos nerviosos.

El yate de Gladys cruzó el Atlántico con éxito y majestad, y distintas organizaciones comenzaron a gestar su canonización en vida por el Vaticano. Su crucero por el Mediterráneo fue un suceso memorable. En Sicilia conoció a Di Caprio. Acompañado por sus asistentes y por toda la prensa farandulera de Europa, el actor subió a bordo. En la cubierta lo esperaba Gladys vestida de traje de baño y tules, con sombrero de ala ancha adornado de flores y anteojos de sol, como salida de la película El gran Gatsby con Robert Redford, y bebiendo champán. Leonardo le dedicó su mirada fascinante y su jopo al viento cuando se arrodilló, le besó la mano fina, ya sin el viejo anillo de piedra verde, y la bautizó: “Mia principessa“.

Gladys tuvo que insistir un poco, casi no le valieron sus millones, pero al final lo logró: el yate salió con todo y Di Caprio para dar una vuelta, tomar velocidad, y reproducir la escena del Titanic. Celine Dion se había disculpado por compromisos fijados con antelación a la fecha, pero su canción sonó en los parlantes de la nave mientras Di Caprio, que no podía creer en qué se había metido, la sostenía en la proa tratando de no caerse, mientras ella abría los brazos, cerraba los ojos, los abría otra vez. Ya segura de que estaba despierta, Gladys volaba.

En una de las islas de griegas conoció a Mikis Athanassopoulos, un millonario romántico que la hizo sentirse Sofía Loren en una película con Omar Shariff. El galán le hizo conocer sus viñedos, sus bodegas, su planta de quesos de cabra, sus pinturas. Cocinó él mismo para ella y la amó hasta el amanecer. Se casaron unos meses después, cuando la novia volvió en otra de sus travesías. Vivieron juntos cuando quisieron y se despidieron con apasionados besos cuando así les vino en gana. Él volvía a sus vinos y sus cuadros, y ella a su trabajo en la telenovela, a ser abuela en la ficción y en la realidad. Volvía también a sus chicos pobres, a sus empresas constructoras y a las secciones de chismes. Cada tantos meses, marido y mujer se extrañaban y se reencontraban de este o  del otro lado del Atlántico.

Un día cualquiera, Gladys murió. Fue en su cama, en su mansión, en su sueño. Sus sirvientes se pusieron histéricos, ese era su trabajo. Llamaron a médicos y ambulancias pero no hacía falta, ella estaba bien. Se la veía espléndida en su camisón de satén. No sonreía, a no exagerar, pero tampoco se podría decir que murió peleada con la vida.

El funeral fue memorable, no hace falta abundar en detalles obvios acerca de las luminarias que llegaron desde todos los confines, encabezadas por Mikis Athanassopoulos, que no paró de llorar, pero con clase.

Un mes después, los cuatro hijos de Gladys asistieron al despacho del doctor Rivera, abogado de Gladys. Llegaron Rodrigo con sus ojeras, Marta con su gordura y su goma de mascar, Carlos con sus deudas e incluso Felipe, perfumado de mar. Con la solemnidad del caso, el letrado les leyó el testamento. “Yo, Gladys Estévez, en pleno uso de mis facultades mentales, dejo toda mi fortuna a mis hijos. Mis cuentas bancarias, mis empresas, mi productora de telenovelas, mis bienes raíces, mis acciones, todo será dividido en cuatro partes iguales. Con una condición: no podrán tocar un peso hasta que lleguen a los setenta años, como me ocurrió a mí. Si se mueren antes, y espero que así sea, su parte pasará directamente a mis queridos nietos, a los que amo.” Rivera carraspeó antes de la última frase de Gladys: “Ah, me olvidaba. Les mentí. No los perdoné nada. Que les vaya bien”.

Está de más decirlo: ninguno de los hijos de Gladys Estévez llegó a los setenta años.

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4 comentarios en “La telenovela de Gladys

  1. Marcelo felicitaciones, otro texto muy divertido. Me hubiese gustado que lo hubiera alcanzado a leer Roberto Goyeneche o Ástor Piazzola para que le hubieran hecho música formidable a semejante historia. Esa frase final es para enmarcar: “Ah, me olvidaba. Les mentí. No los perdoné nada. Que les vaya bien”.
    Jajajaja

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