De citas a ciegas

—Muy buenas noches, queridos amigos, en Relaciones nos visita hoy el conocido coach de parejas, el licenciado Santiago Querubín. ¿Cómo está, licenciado?

—Mediador matrimonial, Amanda, encantado de estar con ustedes.

—¿Primera vez en radio?

—Claro que no, mi labor me ha llevado a varios programas, tanto en radio como en televisión.

—Ahá, sí, claro…

—Además, como sabrá usted, tengo mi propio programa de radio donde respondo a consultas de los oyentes, Enamorarse del amor, todos los jueves a las veinticuatro, después de las noticias, en Radio Xilofón…

—Y entiendo, licenciado Querubín, que ha editado su primer libro, Cuidado con las citas a ciegas.

—Bueno, no es el primero, ya…

—Ya veo, pero vamos a este aspecto de la vida amorosa que tanto preocupa a nuestros oyentes, en especial a los jóvenes. ¿Qué no debe hacerse en una cita a ciegas?

—Se lo voy a responder con mi propia historia. Cuando yo era joven estaba trabajando en mi primer artículo, que versaba sobre el sexo en las guerras, cuando me llaman por teléfono. Era una vendedora de suscripciones a un periódico en inglés. Dijo que se llamaba Claudia, y era una de tantas que lo llaman a uno por cualquier pavada, hablaba rapidísimo…

—Una pesada, seguro.

—En lo más mínimo. Me quedé perdidamente enamorado de esa voz y estaba decidido a que la conversación no acabara nunca. Enseguida le hice bajar un cambio y logré sacarla del tema de su periódico para hablar de nosotros. Por mi profesión, no me costó nada. Su voz era femenina, sexy, aterciopelada, me transportó hacia comarcas a las que nunca pensé que nadie podría llevarme con su solo timbre de voz.

—¿Cómo se la imaginaba?

—No me la imaginaba. La sabía hermosa, esbelta, melena leonina color azabache y ojos de miel, senos turgentes… Estuvimos hablando desde las siete de la tarde, cuando me llamó para hacerme la venta, hasta las tres de la mañana. Imagínese qué enganche. Yo, a mis veintiocho recién cumplidos, hice el siguiente voto: “Si me atrae lo mínimo, me caso”. Cortamos esa primera conversación como obligados, porque ambos teníamos que trabajar al día siguiente. Pero ninguno de los dos durmió. Desde entonces, hablamos todos los días. Yo dejé mi artículo a medio empezar y ella renunció a su trabajo de televendedora, porque conmigo entendió que la vida estaba para mucho más que eso, y que con su talento podía llegar muy lejos. Yo tuve que viajar por trabajo, ella preparaba exámenes, así que nuestro encuentro debía esperar. No tardamos en llegar a largas sesiones de sexo virtual por teléfono, yo desde algún hotel de Europa y ella desde su cuarto, donde los libros se le apilaban sin leer.

—¿Se encontraron finalmente?

—Sí, pero primero vinieron las cartas. Todavía no había internet y yo iba obsesionado cada día a revisar el buzón. En cada una me contaba su pasado, lo que había vivido en sus parejas anteriores, cómo la habían tratado, la vida sexual que habían tenido, lo que soñaba hacerme a mí y que yo le hiciera a ella.

—Hablaban solamente de sexo.

—De ninguna manera. Compartíamos sueños, valores, discutíamos la existencia de otros mundos, nuestros hábitos, nuestra familia. Empecé a conocer a sus amigas. Un día le pasó el teléfono a su amiga Vanesa, que me habló muy bien de ella, pero cuando llegamos a su aspecto se produjo un silencio incómodo y cortamos. Al rato Vanesa me llamó de nuevo y me aseguró que Claudia era una diosa por dentro y por fuera, y esas cosas. Yo me di cuenta de que Claudia la había tratado muy mal después de cortar, pero la dejé correr. Ella me había dicho que medía uno cincuenta y que tenía pechos enormes, pero yo veía otra cosa, ¿me entiende?

—Sí, claro. Vamos llegando al final de nuestro programa, y los oyentes se mueren por saber cómo terminó todo, o cómo empezó. Finalmente se encontraron…

—Esta vez acierta, Amanda. Llovía a cántaros. Me llamaba por el celular a cada minuto y me decía que tenía frío y que me apurara. Yo le hacía el juego del príncipe, asegurándole: “Pronto estaré allí, mi princesa, no desfallezcáis”, y cosas estúpidas por el estilo. Cuando llegué no lo podía creer. Medía uno cincuenta y tenía los pechos enormes.

—Qué sorpresa, Santiago.

—Para nada, ya le dije que me lo había dicho. Pero solo entonces caí. Era prácticamente deforme. El cabello era cortito y escaso, y lo único que coincidía con la descripción que yo me había hecho eran sus labios carnosos. El resto era un desastre. Ojos torcidos, brazos raquíticos y peludos, en fin. Quisiera ahorrarles la descripción a los oyentes… Mis palabras románticas de un segundo antes se tornaron en rechazo total. Quedé profundamente deprimido delante de ella. Fuimos a comer, era lo que habíamos acordado.

—Pero la belleza interior es lo que cuenta, siempre lo decimos en nuestro programa. Menos mal que Claudia era una chica sabia e inteligente. Por lo menos mal no la iba a pasar…

—Error. Ella intentó salvar la situación, pero de la persona sabia que había conocido por teléfono no quedó ni rastro. Se comportó como una persona definitivamente imbécil, hasta el punto de que intentó seducir al camarero en mis narices. La llevé a su casa y la despedí sin mayores consideraciones. Me sentía estafado. Después de eso tuve que hacer duelo, pedí días de licencia en mi empleo como bibliotecario, pero no fui más, y al final me despidieron. Por un mes mis amigos no pudieron siquiera dirigirme la palabra y durante todo el siguiente año seguí extrañando a la Claudia del teléfono.

—¿Su conclusión, licenciado? ¿Qué consejo les deja a nuestros preocupados oyentes?

—Hoy existen varias fases de conocimiento. Se han agregado el chat, el Facebook, el whatsapp, recién después el teléfono y solo luego, la cita a ciegas. Recuerden que en cada fase la relación empieza desde cero. Si no quieren perder el tiempo, su equilibrio emocional y sus trabajos, acorten esas primeras fases y vayan directo al grano. No al sexo, digo, sino al café, cara a cara, o sea…

—Sí, claro. Bueno, muy ilustrativo, cuánta sabiduría encierran sus palabras, y cuánto podemos aprender cada día. ¿No al amor virtual, entonces?

—No, no es eso lo que dije…

—Jaja, entonces nos queda tema para la próxima, porque se nos acabó el tiempo. Gracias, licenciado Santiago Querubín, abogado de divorcios, y gracias queridos amigos, por haber estado con nosotros, esto ha sido todo por hoy, nos reencontramos mañana en Relaciones. Buenas noches.

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