Invisible

Conectarte con tu silencio. Sentir que el tiempo se ha detenido y que tenés el control remoto que lo puede encender de nuevo. Tomar el ascensor, salir del edificio y empezar a caminar por la vereda superpoblada, sabiendo que nadie te ve. Es hermoso sentirte protegido por la multitud, que te vuelve anónimo. Saber adónde vas y, sin embargo, que no te importe. Porque no importa dónde, sino el qué, el cuándo. Es ahora. Tomarte el subte y mirar a esa chica joven de modo impune. Tiene pelo carré en capas, con mechones puntiagudos que le adornan las mejillas, ojos negros enormes, divinos. Auriculares en los oídos, chicle, campera verde con cuello de piel sintética, una cartera con libros de facultad. Minifalda y botas. Una chica manga. Ver cómo mira al chico que tenés exactamente a tu izquierda sin percatarse de que la estás mirando fijo desde un tiempo inmemorial, porque el tiempo está detenido. Pensar una vez más que a partir de cierta edad ya no entrás en los radares de las mujeres hermosas. No es que te miren, te descarten por viejo y pasen al siguiente: sencillamente no te ven. Ser invisible. Ver cómo todos los demás miran hacia abajo, hacia su celular, sin percatarse de que allí estás, agazapado en las sombras, dispuesto al desafío. No saben que los mirás, que los espiás, que podés imaginar sus historias, que podrías matarlos a todos de una sola ráfaga, que los tenés a tu merced. Amar y odiar tu invisibilidad. No poder pensarte en otra ciudad, en otro lugar y, sin embargo, odiar la urbe que te demuele y te convierte en nada. Bajar del subte junto con la chica manga y con una multitud que no sabe que ha sobrevivido a este viaje, que alguien los imaginó muertos. Oler el olor del subte, cansarte en las escaleras sin que nadie lo registre. Nadie registra cansancios, olores que otros huelen, pasados de personas que vemos sin ver. Saber que nadie sabe que estuviste dos años en Islandia pescando en una aldea junto al mar con un viejo más invisible que vos, pero más sabio. Saber que nadie sabe que ganaste un premio de pintura y un torneo de truco, que tuviste que matar a tu perro, que casi te ahogás en el mar a los cuatro años. Que tuviste un programa de radio y que entonces conociste la invisibilidad, porque nadie te paraba en la calle a pesar de ser famoso. Volver a sentir la caída, el despido, la bebida. Saber que nadie sabe cuándo te sentiste acabado porque tampoco vos lo sabés. Saber que nadie sabe cuándo saliste de los radares de todos, no solo de la chica manga. Pensar cuándo te echó Gabriela del suyo, cuándo tus hijos terminaron de huir. Seguir a la chica manga esas tres cuadras hasta la facultad y entrar en el aula magna llena de gente. Ver a todos los chicos y chicas manga prepararse para una nueva clase. Escucharlos hablar a mil voces, sentados sobre los largos pupitres, o parados en corrillos seduciéndose, destilando hormonas alocadas dirigidas a todos menos a vos. Pasar entre ellos sin que te registren. Ver a la chica manga del subte sentada en la tercera fila. Preparar tu arma de modo imperceptible y calcular tus movimientos exactos. Llegar al frente y sentir de un golpe que tu invisibilidad por fin se desvanece, que doscientos radares te registran, que el murmullo se va apagando y que el miedo comienza a flotar en el ambiente. Ignorarlos vos a ellos, que sean ellos los invisibles. Comenzar a saborear esa venganza agridulce. Desenfundar tu cuaderno y disparar, con la mayor monotonía de que seas capaz, para aburrirlos hasta la muerte: “En nuestra clase de hoy…”

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3 comentarios en “Invisible

  1. Invisible entra en la lista de mis favoritos como Tres Segundos. El Zorro y Yo me pareció encantador con esos toques de ternura que te caracterizan. Gladys es una carcajada de revancha ante muchos egoístas que siguen queriendo comer de mami toda la vida. Cita a Ciegas es durísimo pero muy bien encarado. Un abrazo grande, grande.

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  2. Marcelo, hace muchos años leí “La hoja roja” de Miguel Delibes y admiré la perfección con que describía la actuación y el sentimiento de “Don Eloy” con su vida de jubilado. Siempre me pregunté cómo hizo estando tan joven para reseñar fielmente la vida de un viejo. Se ha dicho que Delibes “demuestra allí su extraordinaria capacidad para extraer de la vida los más puros resortes del arte” cosa que ahora te veo hacer, en cada uno de tus textos, con mucha fineza.

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