El Zorro y yo

En el casamiento de mi primo Sebastián del Solar con María Cristina Estévez estaban todos, incluso el Zorro, con el que me tocó compartir la mesa, junto a la pista de baile. Resultó ser un pariente lejano mío y el tío de Sebastián, quien era a su vez una especie de contrabandista fanfarrón pero generoso, de los últimos que todavía andaban armados con sable y pistolón. Ahí estaba yo, nada menos que con un Diego de la Vega ya anciano. Mi primo había sido muy generoso en sentarme con él, aunque también ayudaron las dieciocho cartas que le envié suplicándole y recordándole que lo hiciera.

Cuando todos salieron a bailar aproveché para sentarme a su lado y brindar con él, en la esperanza de poder hacerle algunas preguntas.

—¡Salud, don Diego! ¿Cómo se siente? —le pregunté. Él me miró como si tuviera que conocerme de algún lado. —No nos conocemos todavía, señor. Soy Juan Octavio Ramírez del Solar, hijo de su prima María Francisca. Para mí valió la pena haber venido desde tan lejos sólo para conocer la leyenda que es usted, señor. Es un honor conocerlo, caballero.

—Ah, ja ja —dijo estrechándome la mano, y carraspeó—. Mi prima… María, sí. María Francisca. ¿Cómo está ella?

No le solté la mano hasta que se sintió incómodo y tironeó lo suficiente.

—Falleció hace quince años —respondí. —Una pulmonía, nada inusual, pero la extrañamos mucho.

—Ah, sí, era una buena chica.

—Le preguntaba cómo se siente.

—¿Yo? Yo estoy muy bien. Estamos muy bien todos.

—¿Todos?

—Sí, yo y mis recuerdos. Ya sabes, y si no lo sabes, apréndelo. A mi edad, lo único que te queda son tus viejas glorias. Especialmente si las tuviste, claro.

—Bueno, yo no tengo glorias. Mi hermano heredó la hacienda, así que tuve que conformarme con una profesión. Soy médico.

Don Diego me miró con su famosa sonrisa burlona, mostrando una dentadura perlada bajo su bigote tupido y canoso. No decidía si yo me burlaba o era nada más un imbécil. Iba a decirme algo, seguramente sobre lo heroico de mi profesión y que me dejara de quejas autocompasivas. No lo dejé.

—Dígame, ¿qué es lo que más extraña?

—¡Las mujeres, obviamente! Oh, vamos, no me pongas esa cara de decepción. ¿Qué creías? ¿Pensaste que te diría que a Tornado?  Te tengo malas noticias. Tuve varios caballos negros como el azabache, y a todos los llamé Tornado, porque tarde o temprano se quebraban y había que usarlos como sementales o sacrificarlos. Eso sí, todos muy inteligentes, que sabían reconocer mi silbido. ¿A Bernardo? Nunca lo voy a olvidar. Extraño sobre todo su silencio. ¿Los combates a estocada limpia sobre los techos? Sí, eso era el paraíso. Pero nada se compara con la mirada derretida de las damas cuando intentaban descifrar mi identidad detrás del antifaz. Nada las excitaba más que dejarme en antifaz y botas por todo ropaje  e imitarme. Los dos desnudos, con antifaz y botas, hasta el amanecer. ¡Eso extraño, sí señor! Te lo digo porque hasta hoy hay algunos en este mismo salón —dijo mirando alrededor y acercándose en tono confidente— que piensan que soy marica, tú sabes. Pues que se los lleve el diablo. Yo me la he pasado muy bien.

—Pero usted al final se quitó el antifaz y todos supieron la verdad. Incluso se casó con Margarita del Toledo y tuvieron hijos que les dieron nietos…

—Eso no prueba nada, jovenzuelo, sobre todo para los chismosos. En especial porque yo mismo me preocupé por esparcir las versiones más insólitas acerca de mi vida y de mi identidad. Ni siquiera mi gran develación logró echar por tierra las más jugosas.

—¿Como cuáles?

—Ve y pregunta. Hay algunos que piensan que Diego de la Vega espiaba para España. Otros, que era contrabandista en el Caribe, o que regenteé el burdel más grande de la comarca. Los más, que soy retardado mental. Algunos todavía creen que fui yo el que terminó matando al Capitán Monasterio. Pero no fui yo, fue el Zorro…

—Don Diego, ¿me haría un enorme favor?

—Todo depende, muchacho.

—Le pediré a Sebastián que me preste su espada. ¿Me hará el honor de darme una lección de esgrima allí afuera? Enséñeme algún truco del Zorro.

Diego de la Vega, el Zorro, me miró con suspicacia. Dudaba entre si yo hablaba en serio, si me burlaba de él o si sentía yo lástima de un pobre viejo acabado. Debía andar por los setenta y cinco años, apenas oía, casi no veía, estaba un poco entrado en kilos y se apoyaba en un bastón. Pero los ojos seguían siendo chispeantes, y su expresión era todavía la de un bribón. Me estudió por un par de segundos y al final decidió que no tenía nada que perder.

Fui hasta la pista de baile y le pedí la espada a mi primo Sebastián, el novio, y otra más a su padrino. Caminé con las armas hasta donde estaba Don Diego, y eso llamó la atención de la gente. Todos vieron cómo lo ayudaba a levantarse y nos íbamos hacia el jardín exterior. Se formó una ronda a nuestro alrededor, y vieron una escena magnífica.

Don Diego y yo nos paramos uno frente al otro, cada uno con su espada en mano. Yo no sabía ni cómo empuñarla. Pero él… ¡Ah! De repente lanzó su bastón a un costado, se irguió por completo en un movimiento de gloria, se perfiló doblando un tanto las rodillas (yo intentaba imitarlo), levantó su brazo izquierdo hacia atrás. Entonces elevó el mentón, me lanzó su histórica sonrisa, la misma con la que se había burlado de tantos militares y malhechores, e inició su embestida. Su vejez, de repente, había desaparecido por arte de magia.

Yo me defendí como pude, presa de la emoción más que del susto. La gente comenzó a aplaudir y a ovacionar al viejo héroe, que con sus últimas fuerzas, resoplando, hizo volar mi espada por los aires. Me quedé frente a él expectante, con los brazos levantados, casi cómplice de su inminente travesura. Ahí, frente a todos, se rio a carcajadas y me marcó una enorme zeta en el pecho, arruinando por completo mi esmoquin. La gente aplaudió enloquecida, y yo con ellos. El Zorro, feliz, cabalgaba de nuevo.

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