La niñez de Jok

El soldado árabe volvió a apuntar contra Jok, pero esta vez no tuvo miedo. Sencillamente volvió rápido al refugio debajo del armario y esperó a poder salir otra vez y jugar con él a la pelota. Seguramente le tendría preparado alguna papa, algún melón.

Su papá, un orgulloso soldado Dinka, había cavado durante días, en un armario colocado en el rincón más alejado de la casita, para que todos pudieran refugiarse llegada la hora. Pero un día se fue con las milicias libertadoras, y hacía meses que no lo veían ni tenían noticias. Cuando llegaron los árabes, mamá alcanzó a ordenarle a Jok que entrara al refugio. Mamá cerró el armario, a pesar de que Ayén, su hermana mayor, no había vuelto aún de pastorear. Jok escuchó cómo Ayén llegaba corriendo y lloraba con mamá, justo cuando entraban los soldados árabes. Escuchó gritos, golpes, rasgaduras de ropa, jadeos. Luego, los gritos de hombres y mujeres, sus mujeres queridas, se fueron alejando.

Jok recordaba de memoria las instrucciones de papá cuando terminó de cavar.

—Pase lo que pase —había dicho papá terminante—, desde el momento en que entramos aquí,  no hablamos, no hacemos ruido, apenas respiramos. Y esperamos dos días enteros. Sólo después salimos a ver qué sucede.

—¿Y si tengo pis, papi?

—Acá hay un balde. Hacemos acá y nos aguantamos el olor.

Ahora, solo, Jok calculó como pudo dos días, en especial por los ruidos de los animales en la noche y en la mañana, que conocía bien. Entonces salió, pero no pudo reconocer su casa, porque los árabes habían roto todo. Recorrió los escombros y encontró su pelota debajo de un colchón, un cochecito de juguete, una foto de papá con uniforme.

Salió a la calle y caminó despacio. Entre maderas y ladrillos amontonados, vio los cuerpos de la gente envueltos en sus ropas floreadas cubiertas de barro y sangre. No tenía hambre, pero lo tendría pronto si no hallaba algo para comer. Después debería volver al refugio y sacar el balde para vaciarlo.

Encontró una cesta de frutas debajo de una manta en una casa llena de cadáveres y moscas. La agarró y emprendió el regreso. Cuando estaba por llegar a su casa, escuchó el ruido de un arma cuando alguien la carga. Un soldado árabe lo apuntaba directamente desde una montaña de escombros. Como un reflejo soltó la cesta, corrió a su casa y se metió en el armario. Abrió la tapa en el piso y bajó al refugio. Esperó otro día.

No había alcanzado a sacar el balde, y había perdido las frutas, así que la nueva estadía pronto se hizo insoportable. A la madrugada siguiente, junto con el canto de los cuervos, volvió a salir.

Para su sorpresa, había dos frutas y un pedazo de pan en medio de la calle. Se acercó, atrapó el tesoro y miró en todas direcciones. Allí, haciendo guardia sentado, el soldado árabe oteaba el horizonte. Al verlo, le apuntó con el rifle, y Jok volvió a correr. Un día más, pero ahora tenía pan y fruta.

El rito se repitió por varios días, Jok ya tenía claro que el soldado le estaba dejando comida y que no tenía intenciones reales de matarlo. Una mañana decidió hacer una prueba, y llevó la pelota. Al verlo con ella, el soldado árabe no se apuró a apuntarle. En cambio le sonrió y se acercó diciéndole cosas incomprensibles, invitándolo a jugar. Jok pateó la pelota en su dirección, y empezaron a los pases. Un rato después, el muchacho árabe levantó su rifle y le apuntó. Jok se asustó, pensó que había sido una trampa para matarlo y corrió al refugio. Desde allí escuchó las voces de otros soldados árabes que pasaban por su calle, hacían sus cosas y luego se alejaban. El miliciano lo estaba advirtiendo, lo estaba salvando. Se llamaba Salim.

Pasaron así muchos soles y lunas, con juegos con Salim y diálogos por señas. Cuando había peligro, bastaba que el muchacho moviera su rifle para que Jok comprendiera: al refugio.

Una mañana, al salir con el balde, escuchó voces y ruidos de vehículos, y no esperó la señal de su amigo. Entró de nuevo al refugio y esperó. Escuchó tiros y gritos. Otra vez, pensó. Pero las voces hablaban su idioma. Por un megáfono escuchó a un hombre que decía que era de la Cruz Roja y preguntaba si había gente Dinka aquí. Jok salió y se sintió mirado por muchos soldados y enfermeros, que vinieron a abrazarlo. Todo había terminado.

Con la vista buscó a Salim. A poco lo vio tirado muerto entre unas tablas. Se subió a la ambulancia y viajó mirando atrás, a su amigo y salvador, hasta que ya no lo vio más.

Una de las carpas en el campo de refugiados había sido habilitada como escuela y allí conoció a otros niños huérfanos como él, provenientes de muchas aldeas y tribus. Algunos de ellos habían sido obligados a luchar con los árabes y a hacer cosas horribles. En los recreos contaban algunas y fanfarroneaban un poco, pero otras las callaban y se quedaban como tristes mirando el suelo y pateando piedritas. Jok los miraba con tristeza. Había tenido mucha suerte en tener un papá que cavara un refugio bajo el armario.

—Queridos niños —anunció un día el maestro, con solemnidad—, después de la guerra viene la paz, y nuestro pueblo es valiente y dichoso, pues ha logrado su independencia. Mañana habrá un gran desfile y nosotros también marcharemos. Estén orgullosos.

Al día siguiente, Jok se encontró a sí mismo en medio de una gran multitud, parado en varias filas con sus compañeros, todos con enormes tambores colgados del cuello. No había alegría en sus miradas. Como un acto reflejo, como cuando era más chico en la aldea, miró a la multitud buscando a su mamá y a su papá, que siempre venían a verlo actuar. No los vio, y se acordó de todo lo que había pasado. Como un volcán que hubiera esperado siglos hacer erupción, Jok se permitió llorar.

Su maestro dio una señal. Una voz en los altoparlantes decretó:

—Sudán del Sur ha nacido. ¡Viva Sudán del Sur!

Los tambores comenzaron a sonar.

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Un comentario en “La niñez de Jok

  1. Creo que lo leí en Literautas, algo más breve en mi recuerdo. Soy tu fan pero no soy muy original en mis críticas. La ternura con la que tratas a tus personajes es algo que siempre me conmueve en tus relatos, así como el hecho de rescatar lo mejor de los seres humanos. Recuerdo “Tres Segundos”. Esa conciencia adquirida en el momento de la muerte, aún en un personaje no “buenito” precisamente, pero sí con el que uno puede identificarse por el momento final, me recuerda a “La muerte de Iván Ilich” de Tolstoi. Sos muy sabio y de una conciencia extraordinaria.
    Un abrazo

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