Tratamiento de conducto

Paula recibió otra carta de la universidad, pero de nuevo el sobre estaba vacío. “No hay duda, el país está haciendo todo lo posible por echarme”, pensó. “Invierten fortunas para vaciar hasta las macetas de los patios, pero para saber si me recibí o no, me tengo que tomar un colectivo”.

Se subió al colectivo que iba para el centro, pagó con canicas, porque ya no quedaban monedas, y se preparó para una hora de nada, de pie, porque habían quitado las butacas. Sacó su libro, lo sostuvo con una mano, y se aferró a un caño con la otra. “Por lo menos todavía queda aire en las gomas, y nafta para el motor, pero tampoco eso es seguro”, se dijo.

En el camino intentó llamar por el celular a Ignacio, su novio, para avisarle de lo ocurrido, aunque sabía que era inútil. Los celulares funcionaban de modo azaroso. Sus relaciones habían dado el salto a la época pretelefónica, donde la gente se visitaba por sorpresa. Volvieron los tiempos en que alguien tocaba a la puerta y uno se preguntaba: “¿Quién será?” Así que ahora, Paula ni siquiera podía avisarles a sus amigas que vinieran con ella, por si había que tirarle huevo y harina para el festejo, si se había recibido de odontóloga. De todos modos, se consoló, en los almacenes de sus barrios ya no había ni huevos ni harina.

La principal actividad del gobierno era la de vaciar, vaciarlo todo. El Ministerio de Pensamiento Positivo lo proclamaba en grandes pósters que cubrían fachadas de enormes edificios vaciados por dentro: “Creamos espacios. Junto con vos”. De hecho, el dinero había desaparecido, y el Banco Nacional había sido convertido en un museo de arte comunitario. La gente trabajaba haciendo coaching, psicología, masajes, blogs, sitios web, consultoría de empresas, música, grupos de autoayuda y películas, y cobraban recibiendo exactamente lo mismo.

Sin poder concentrarse en el libro, Paula recordó la visita que había hecho tiempo atrás con Ignacio y su sobrinito Hugo al Teatro Raimúndez, un complejo cultural gigante que habían montado en el viejo edificio de la Dirección de Puertos. Total, el puerto estaba vacío y ya no quedaban barcos que dirigir. Los espacios eran gigantes, el teatro en sí era magnífico, y alguna que otra sala interior estaba buena, como el Museo del Hada Patricia. Pero cuando se llegaba a la sala El Legado de un Líder, en memoria del fallecido Gustavo Raimúndez, la sensación que le había dado a Paula era la del vacío total: una sala enorme, unos espejos en el medio y frases de Gustavo en las paredes, algunas de ellas en escritura especular, para ser leídas por los espejos. Era el coherente legado vacío del gran líder: apenas unas frases, la mitad de ellas invertidas. Como vaciar diciendo: “Creamos espacios”.

Ese día lloró, y pensó que lo mejor sería irse. ¿Qué clase de clínica odontológica podría ofrecer a sus pacientes? ¿Qué tratamiento les haría? “Ah, sí: tratamientos de conducto”, pensó, y sonrió con amargura.

Llegó por fin a su parada. Se bajó y caminó unas pocas cuadras hasta la Facultad de Odontología. Tuvo que hacerlo por la acera, porque en las veredas ya no había baldosas. Esquivando coches parados, porque eran puro chasis, pasó una vez más por locales vacíos, quioscos sin mercadería, edificios sin departamentos. Pasaron algunos chicos de vuelta de escuelas sin pupitres, con sus mochilas a cuestas vacías de libros, pasaron maridos sin barriga que arrastraban changuitos del mercado sin frutas ni verduras, camiones que descargaban cajas de mercadería conteniendo la nada. La gente también estaba creando espacios.

Paula llegó por fin a la facultad, donde se cruzó con empleados que sacaban a toda velocidad cajas llenas de libros de salud bucal. Era el turno de “Odonto”. Corrió hasta la Dirección Administrativa, pasando por pasillos donde albañiles con estómagos vacíos volteaban paredes a mazazos, y se topó con una empleada eufórica.

—¡Qué día, querida, qué día! —le dijo la empleada como bienvenida—. Hoy iniciamos una nueva era en nuestra querida facultad, ¿no te parece maravilloso?

—No lo sé —respondió Paula—. Si me recibí, sí. ¿Cómo hago para enterarme?

—Ay, qué negativa, che. ¿Qué pasó? Seguro que recibiste uno de nuestros sobres vacíos. ¿No es súper creativo? Así te invitamos a que vengas personalmente, estimulamos el encuentro humano, creamos el espacio para diálogos como este…

—Sí, pero… ¿Y mis calificaciones?

—Primero hay que pensar en el país, corazón. ¿Siempre sos así de individualista? ¿Tus calificaciones? No sé, hoy vi a algunos dirigentes del Centro de Estudiantes que se llevaban todo. Estos chicos son un encanto, siempre comprometidos en el quehacer de la facultad, rompiendo los patrones institucionales para una sociedad mejor. Preguntales a ellos, mi amor.

Paula no se alteró. Después de todo, ella también era un producto histórico de su tiempo y su contexto. Subió corriendo al Centro de Estudiantes, donde la recibieron tomando vino y escuchando música popular. Tenían tiempo, porque no había nada que hacer.

—No, compañera. Los expedientes ya están en los camiones —le dijo un chico carismático, exultante de felicidad—. ¿Un vinito?

—No, gracias. ¿Adónde se los llevan? —preguntó Paula, ahora sí medio desesperada.

—¿Cómo adónde? Qué pregunta ocurrente. ¡Chicos, pregunta acá la compañera adónde se llevan los expedientes!

Todos estallaron en una sonora carcajada. Uno solo, un poco más serio, la tomó de la mano.

—Vení, quizás lleguemos a tiempo.

Corrieron hasta el camión estacionado a la salida. Estaba lleno de expedientes. La primera cosa llena que Paula veía en meses. Con el chico del Centro de Estudiantes buscó y hurgó, mientras otros empleados cargaban más cajas. En un momento encontraron la carpeta de Paula.

—¡Acá está! —gritó el chico—. ¿Ves? Con espíritu positivo y solidaridad social, conseguimos todo. Pensá que antes estábamos peor.

Paula le dio las gracias al militante y se bajó del camión toda transpirada. Se sentó en el piso de tierra de la Plaza Universitaria, buscó en la carpeta y encontró su certificado analítico, el mismo que debió estar en el sobre que había llegado esa mañana a su casa.

Miró a su alrededor. La plaza estaba vacía de bancos, césped y gente, pero estaba llena de palomas.

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Un comentario en “Tratamiento de conducto

  1. Jajajaja..muy bueno. Me recuerda a cuando cursaba en la Facultad de Arquitectura de Mar del Plata, en los noventa. Partidos, militancias, boludos de esos por todos los pasillos con panfletos de fotocopias y cuando no, te daban clase en la calle porque estaba todo el predio tomado. Muy bueno tu relato! Lo de lleno de palomas es mortal. Estaría bueno escribir sobre ese viejo mundo en el que vivíamos donde iban a tu casa sin avisar….espectacular…podrías agregar esas cabinas telefónicas tipo burbuja. Excelente! Nos vemos por Literautas!

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