El bosque de los ranulfos

Fui lanzado allí como nuevo miembro del comando de elite. En un momento más, lo sabía, las formas en el entorno comenzarían a cambiar, y yo debía actuar con rapidez para dar con lo que se suponía debía encontrar. Cada vez, las reglas del juego serían otras. Era un bosque tipo sur argentino, pero al pasar la primera fila de árboles, como si los hubiera activado yo mismo pasando por un ojo eléctrico, las copas de los árboles se unieron y convirtieron el lugar en reino de oscuridad. Activé la linterna de mi celular, aunque la batería estaba apenas a medio cargar, y así pude ir avanzando por el suelo cubierto de ramitas. Eso provocaba demasiado ruido al paso de mis botas, y me preguntaba cómo evitarlo. El bosque mismo me dio la respuesta: el suelo, enseguida, se convirtió en una masa apestosa de moho y barro. El olor era bastante insoportable, pero ya no había ruido de ramitas crujientes. Bueno, ahora era agua, y yo quería pasar desapercibido a toda costa. Hice silencio y traté de escuchar otros chapoteos en el barro. Unos estaban muy cerca, así que los iluminé con mi celular. Era Nahuel, que me hizo señas de que allí, más adelante, había un ranulfo, y que por lo tanto yo era un tarado al tener semejante luz prendida. Antes de apagarla, iluminé hacia adelante. A diez metros estaba el monstruito. No era más alto que nosotros, pero tenía seis patas como un insecto, ojos de hormiga y antenas. O sea, una hormiga gigante. Era además carnívora, según nos habían dicho. Así que no había tiempo que perder.

—El ranulfo nos ve a nosotros en la oscuridad —le susurré a Nahuel—, así que de nada sirve apagar la linterna. Prendé la tuya también, intentamos encandilarlo, lo rodeamos y lo atacamos a la vez.

Pero el ranulfo no esperaba que termináramos de planificar nuestra sofisticada táctica. Al levantar otra vez la linterna, tenía al ranulfo encima de mí. Lanzó una de sus zarpas contra mi mano, haciendo caer el celular al suelo empantanado.

Después de tanto entrenamiento en Kung Fu, se trataba de un error imperdonable, pero de algún modo el ranulfo había logrado avanzar sin que yo lo sintiera. No volvería a ocurrir. Inmediatamente desaparecí de su vista, buscando rápidamente puntos de referencia para guiarme hacia un punto seguro, que me diera ángulo para apuntar mi pistola. Nahuel también reaccionó rápido y ya estaba detrás de él. Juntos comenzamos a dar grititos para confundirlo, y quedó ahí parado, sin saber para qué lado atacar primero. Una fracción de segundo después le disparábamos a las tres partes del cuerpo. Se desplomó para mi lado, por desgracia, bañándome con el agua barrosa y nauseabunda del pantano. Eso divirtió mucho a Nahuel.

—No te me acerques, zorrino apestoso. Avancemos a cinco metros de distancia —dijo.

Intenté palpar el piso alrededor del ranulfo muerto para recuperar mi celular, pero ya no había lo que hacer. Estaba a oscuras y estaba incomunicado. Pero escuchamos otros chistidos de uno y otro lado, así que éramos toda una fila de comandos que avanzábamos juntos, ayudados por ruidos significativos, como las ballenas.

No nos sirvió de mucho. De pronto los árboles volvieron a transformarse y esta vez se podían mover. Arrancaron sus raíces, haciéndonos saltar de un lado al otro, esquivando golpes y olas de pantano en la oscuridad. Fue un verdadero infierno. De pronto vi la cabeza del médico cirujano en la punta de una rama avanzando hacia mí.

—¡Cuidado, Fernando! —me gritó el médico— ¡Vení por acá, seguime!

De otros árboles salieron, como si las parieran, enfermeras con máscaras de gas anestesiante. En lugar de dirigirse a mí persiguieron la cabeza del cirujano, que ahora se alejaba por un tubo transparente esquivando árboles y ranulfos con gran habilidad.

—¡Vuelva, doctor Gutiérrez, vuelva! ¡Todavía no le sacó las amígdalas!

Al final, varios ranulfos atajaron la cabeza del doctor Gutiérrez, que se dio vuelta y me miró con desesperación pidiéndome con ojos desorbitados que lo rescatara. Miré en derredor buscando a Nahuel y a los otros, pero ya no había nadie allí. También me di cuenta de que ahora podía ver. La luz casi me encandilaba. Las enfermeras, con muecas diabólicas, maléficamente felices, tomaron la cabeza del asustado cirujano y la colocaron en una bolsa. Yo intenté una y otra vez dispararles pero mi pistola se había trabado.

Eso fue el fin. Un ranulfo inmenso me atrapó con sus dos patas medias, mientras con una extremidad superior me agarraba la cabeza y con la otra hurgaba en mi garganta buscando mis amígdalas para arrancarlas con violencia. Me preparé para morir.

Abrir los ojos me dolió, pero menos que tragar saliva. De un lado vi a mi papá con su traje de oficina y la corbata sin desatar, a pesar de que transpiraba a mares. Me dio un beso en la frente y el regalo que le había pedido: una ballesta con flechas de sopapo. Mi mamá, del otro lado, me mostraba la Anteojito, y también la Billiken, a pesar de que era la revista enemiga.

—¿Cómo estás, tesoro? —me saludó mamá—. Enseguida te van a traer helado. Ya te operaron. ¿Viste que no era nada? Como todavía dormías les pedí que te trajeran de vainilla y dulce de leche, como te gusta. ¿Podés hablar?

—…

Un minuto después pasó el doctor Gutiérrez y preguntó desde la puerta cómo iba “el chico valiente”. Me sentí culpable de no haberlo podido rescatar, pero me alegré de que su cabeza estuviera sobre sus hombros. Le levanté una mano triste como saludo. Él sonrió con ganas y siguió de largo.

Comer ese helado fue casi tan difícil como luchar contra los ranulfos. Pero era preferible.

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2 comentarios en “El bosque de los ranulfos

  1. ¡Hola, Marcelo! Soy Anoide, de Literautas. Es un gusto haberte encontrado por aquí.

    Me gustó tu relato. A medida que avanzaba se me fue haciendo evidente que se trataba de un sueño, pero se nota que lo has hecho a propósito. Es eso que tienen los sueños, que de un momento a otro, cambia todo y empiezan a aparecer elementos que no tienen nada que ver con los anteriores y cada vez es todo más surrealista… Creo que lo has plasmado muy bien, y que ha sido un acierto basar la pesadilla en algo real. No es como otros relatos en los que simplemente se acaba el sueño, no tiene nada que ver con lo que le sigue y te quedas un poco chafada, con sensación de “bueno, ¿y qué?”.

    Leeré más de ti en cuanto pueda. ¡Saludos!

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    • Hola Anoide querida!! Qué bueno es ver compañeros de ruta por acá. Yo también vi tu blog y empecé a leer. Gracias por tu comentario, más que generoso, la verdad es que no podría hacer un final del tipo “era un sueño”, que es una clásica forma de “Deus ex machina” que está “prohibido” usar. Aquí era otra cosa, inspirado en lo que yo soñé cuando me operaron a los siete años. De verdad la cabeza del cirujano se escapaba por un tubo y sus asistentes en el quirófano lo llamaban… 😉 Saludos!

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