El lápiz mágico

Las cosas se habían puesto serias con Danielón y su grupo. Matías había decidido que formáramos nuestro comando de defensa. Ese día nos dijo que tenía algo importante para mostrarnos, y que nos serviría para ganar la siguiente batalla, a la hora del patio en el preescolar. Así que nadie se atrevió a llegar tarde. Pero cada uno tenía sus asuntos. A mí Gabriela me perseguía desde hacía días para casarme con Nancy.

—Dale, Gusti, que Vero y Mariana justo se robaron una taza de arroz de la cocina para tirarles al final.

—Pero Gabi, tengo reunión con Matías, Juli y Gastón, ¿no podemos esperar hasta después de la leche con galletitas?

—No, nene, no, porque la leche con galletitas va a ser la fiesta de casamiento. No entendés nada, vos. Te lo expliqué como mil veces ayer.

—Bueno, está bien, pero rápido, porque tengo otras cosas que hacer. —La verdad es que me gustaba más estar con Gabi cuando pintábamos y aprendíamos a leer con las carpetas nuevas. Esperaba que Gabi siguiera con nosotros cuando empezáramos primer grado. Decía que tal vez se mudarían a otra ciudad y eso me ponía un poco triste.

El casamiento fue una tortura, Gabi y Nancy cantaban la marcha nupcial en el patio, Nancy me agarraba fuerte el brazo y Gabi me pellizcaba para que cantara yo también. Mientras, en un rincón del patio junto a las hamacas, Matías les mostraba algo a los demás. En la otra punta, al lado de las llantas pintadas de colores sobre el arenero, Danielón y sus amigos juntaban unas patas de silla rotas y espadeaban entre ellos, como para probar si se rompían. No servía para nada, porque nos las querían romper a nosotros en la cabeza, y nosotros no teníamos con qué espadear.

—¿Jurás amar para siempre a Gusti, no hacer hijitos porque es algo asqueroso, como mucho comprar un gatito, y enseñarle a Gusti a cocinar y a lavar los platos, así no hacés todo vos?

—Sí, obvio.

Yo veía que Danielón me miraba, revoleando su pata de silla y riéndose canchero, como si dijera: “Jugá con las nenas, nomás, mariquita, que acá te estoy esperando para romperte todos los huesos”. Del otro lado, Matías y los otros formaban una ronda cerrada, agachados en la arena con la pared del patio haciéndoles sombra. Gastón me hacía señas de que alargara la ceremonia. Eso servía para distraer a los grandotes mientras ellos se preparaban.

—¿Jurás cuidar a Nancy y jugar con ella a lo que se le dé la gana, no molestarla con el fútbol ni tirarte pedos a propósito, hasta que la muerte los separe?

—Puede ser. Quizás sí, quizás no.

—¿Cómo “puede ser”? —se escandalizó Nancy—, ¿estás loco? Vinieron todos mis parientes de Francia para esta boda. Además ya tenemos reservados los pasajes para la luna de miel en Miami. ¿Qué te picó, pibito?

—No seas hereje, nene —terció Gabi, siempre tan solidaria—. ¿No sabés que si decís que no después de haberte comprometido te vas al infierno?

—Lo que pasa es que el fútbol me gusta mucho, y a mí los pedos no me salen a propósito.

—Por eso, tonto, si no te salen a propósito está bien. Pero lo tenés que probar. Bueno, ¿jurás o no?

Miré a Gastón.

—Bueno, está bien.

—Decí: “Sí, juro”.

—Ufa. Sí, juro.

—La novia puede besar al novio.

Mientras Nancy me perseguía por todo el patio para darme un beso, y Vero y Mariana intentaban embocarnos con algo de arroz, vi algo increíble: los grandotes avanzaban con sus palos, y mis amigos les salían al encuentro con un escudo blindado gigantesco que había aparecido de la nada. Tenía forma tipo Robin Hood, con dos espadas cruzadas, un dragón dorado en el medio y bandas rojas y azules como la bandera del Barça.

Me frené en el medio del patio a ver el espectáculo. Nancy vino y me besó en la mejilla para cumplir, pero estaba interesada igual que yo en ver lo que pasaba. Danielón y los otros le pegaban al escudo, pero los palos rebotaban en él como si fuera un trampolín de goma. Con la otra mano intentaban frenarlo, porque mis amigos los empujaban hacia las escaleras del patio. Pero no hacían fuerza. Caminaban empujando con una mano, gritando alegres y riendo. Era más bien como si el escudo tirara de ellos.

La batalla terminó en que los grandotes se cayeron por las escaleras del patio, algunos dominando la caída y bajando rápido, otros tropezándose. Uno incluso lloró, lo cual era un enorme logro para nuestro grupo. A mí me felicitaron por mi ingeniosa operación de distracción con palmadas en la espalda, y me llamaban “el astuto mariquita”. Yo había estado muy abochornado, pero ahora se me inflaba el pecho de orgullo. Durante la leche con galletitas, todos, hasta Danielón y sus amigos, convertidos de pronto en unas mansas ovejitas, querían saber de dónde había salido el escudo mágico con los colores del Barça.

Matías entonces sacó de su bolsillo un lápiz y una hoja arrugada con el dibujo del escudo y una cruz que lo tachaba.

—Dibujás algo, apretás este botoncito rojo de acá, y se vuelve real. Después lo tachás y desaparece. Se lo compré a Don Alberto, el del quiosco. Me dijo que lo manejara con sabiduría. “El que tiene el lápiz mágico tiene el poder”. Me lo dijo re en serio.

Hubo silencio. Nadie se atrevió a discutir con eso.

Nadie, salvo Gabi.

—¡Qué genial! ¿Podés dibujar un disc-jockey que pase música de Taylor Swift? ¡Es que todavía no hicimos la fiesta de bodas!

—¡Sí! —apoyó Nancy—. Dibujate también una torta de cuatro pisos con la parejita encima y mucha crema, ¿dale? Vení, Gusti, bailemos el vals de los novios.

Mi suplicio duró poco. Myriam, la maestra jardinera, volvió a la salita.

—Chicos, terminó el recreo. Devuelvan las tazas y vayan cada uno a su rincón de trabajo. Recuerden que en un ratito viene la profe de música que a ustedes les encanta, ¿sí?

Algunos chicos dieron saltitos de contentos. Matías borró con un golpe de lápiz el disc-jockey y la torta, y la fiesta terminó.

Myriam no vio nada. Fue una suerte.

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