El último beso

Hay moribundos que saben despedirse. Ahí está Clara, pobre mujer, carcomida por el cáncer. Ya sabe que quizás no pase la noche, y justo vino una multitud a visitarla. Como si lo hubiera planificado. No sé por qué. Es terapia intensiva, en general no hay visitas, y menos multitudinarias, pero el marido pidió y lo dejaron traer a toda la hinchada. Y la gente vino, debe ser porque es viernes, andá a saber. Por lo menos entran de a uno, que si no, nos despiden a todos.

Entra una chica embarazada. Debe ser la hija. Se la banca bien, no llora ni nada. Habla bajito, para no molestar a los de al lado. “No sabés cómo se mueve, ma. Vení, tocá”. Toma la mano de su madre, conectada a cables y sueros, y se la coloca en el vientre. A Clara le duele, casi intervengo, pero se la banca y toca la panza de la chica. Apenas puede hablar. “¿Es varón?” “No, ma, nena. Ya te había dicho. Vas a ver qué linda que va a ser. Seguro que se parece a vos. No me jodas y ponete bien, ¿dale? Todavía la tenés que llevar a la plaza y hamacarla. Menos mal que terminaste el saquito de lana. Quedó precioso”. Clara hace que sí con la cabeza, y abre la boca para decirle algo; su hija la abraza para escucharla mejor, ella levanta las manos y le toca los costados de la panza. Es todo el abrazo del que es capaz. Ahora sí, la joven llora, después se va. Clara se queda ahí, mirando impávida al techo. Lo vi muchas veces. Los deudos vienen, estimulan, sienten, se despiden, pero el moribundo ya transmite en otra frecuencia. Morirse da mucho trabajo, y es un trabajo solitario.

Entra un muchacho. También le agarra la mano, en cualquier momento se le sale el suero, yo alerta. El pibe no para de hablar. Le cuenta de la carrera, de los exámenes, de la novia que lo dejó pero por lo menos tiene otra mina en vista. Le cambia de tema, ahora es el fútbol y los goles de Messi que no sabés qué bien que la toca, y se ganó el quinto balón de oro y ni se mosqueó. Y, es Messi. En la liga de los empleados municipales van terceros en la tabla, si no fuera por ese referí bombero. Me acerco, le rozo el hombro. “No queda mucho tiempo”, le digo, “si quieren que pasen otras personas es mejor que…” El pibe se da vuelta y me fulmina con la mirada. Después se calma, se da vuelta hacia la madre y le da un beso. “Dale, fenómena, nos vemos mañana”. Clara le pone la mano en el pecho, frenando el abrazo. Lo mira fijo, aunque le cuesta horrores. Toma otra bocanada de aire y le dice con fuerzas que son las últimas, “Te quiero mucho”. Él no le da importancia, sigue su rutina motivadora. “Sí, ma, yo también te quiero, cuidate y no hagas rezongar acá a los doctores, mañana si querés te traigo un alfajor, y si te portás bien nos bailamos un tanguito acá en la sala, ¿dale?” Entonces le da un beso rápido. Clara lo abraza, más fuerte de lo que en realidad puede, y lo besa también. Es un beso largo, como en cámara lenta. A la boca le cuesta llegar a la mejilla, se mueve como un caracol vencido y cuando llega a la meta parece que se ha olvidado cómo se hace, cómo se transforman los labios en un círculo chiquito, cómo se cierran mostrando esas ranuritas arrugadas. Entonces el beso sale contrahecho, como media sonrisa que toca una pared mientras la otra mitad se queda huérfana y abierta, dejando entrar un aire desinfectado de hospital. Entonces, cuando se sueltan ella dice en un murmullo, como para compensar ese beso incompetente: “Estudiá”. Y se relaja.  El chico se da vuelta desde la puerta y se le ríe: “No cambiás nunca, ma”, y sale al pasillo.

Eso me desarma. El pibe todavía no sabe que su madre le ha dado el último beso, que el “te quiero” fue su despedida, y que el “estudiá” su legado.

Después de otros parientes y amigos, entra el marido con ojos brillosos. No trata de levantarle el ánimo. Solo le susurra. Me acerco disimuladamente para escuchar. “…el hombre más feliz de la tierra. Yo quería irme antes. Pero me las voy a arreglar acá, y vos me esperás allá. No te preocupes por nada. Descansá. No me muevo. Yo me quedo acá con vos”. Le besa la mejilla,  le acaricia el pelo y, creo, le canta una canción.

Tengo que salir a hacerme un café. No conviene que los médicos me vean moqueando. Cuando vuelvo, el marido todavía está allí. Después, cuando ella se duerma, lo convenceremos de irse a su casa, que acá no hay nada que hacer. A la mañana temprano, recibirá un llamado. Cuando el corazón de ella deje de latir, en mitad de la noche, yo apretaré un botón rojo. No servirá de nada, pero es la rutina.

Anuncios

3 comentarios en “El último beso

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s