El mentiroso

Entre tanta dificultad después de siete años de estudios universitarios, nada podía venirme mejor que la invitación de Jimmy, el ayudante de laboratorio del secundario, a su boda. Me contactó personalmente por whatsapp, y me dijo que todos los compañeros vendrían, lo cual convertía el evento en un encuentro de exalumnos.

Recuerdo nuestro laboratorio, en el Instituto Nacional, el colegio más patricio del país. Piso de madera, pupitres al tono, viejos y pesados, implementos de la época de la colonia. Cuando la profesora explicaba alguna hidrólisis, comenzaba la diversión. Jimmy nos educaba, de un modo apasionante. Nos divertía con historias de científicos, con sus locuras y sus romances. A todo eso le agregaba chistes y chimentos frescos de la sala de profesores.

Jimmy era también un alma noble. Ya en el primer año de laboratorio nos dio un sermón que me cambió la vida. Habíamos iniciado un festival de bromas pesadas contra Maximiliano por ser disléxico. Lo llamábamos Nimaxiliano, lo obligábamos a recitarnos poemas y anotábamos en el pizarrón las palabras cambiadas. Nos moríamos de risa. Jimmy se lo llevó al patio, lo calmó, habló con él, y le sonsacó que, además, lo golpeábamos en los recreos.

―Yo sé lo que es cuando las letras te bailan, y no sabés cuál va primero ni cómo se engancha una sílaba con otra ―dijo cuando volvió a entrar, la sala llena de un silencio mortal, mirándonos a los ojos a cada uno―. Cada día se convierte en una lucha, porque la pregunta es si lograré entender el material del examen. Y si lo entiendo, si lograré escribir. Si voy a volver entero ese día a casa. Qué le voy a decir a mi vieja y qué hago con su angustia. Yo también sufrí lo que Maximiliano en los recreos. Los golpes, las humillaciones… Miren, no sé quién les dijo que tenían derecho a maltratar aquí a alguien. Tampoco sé cómo lo arreglamos, más que castigar o expulsar a alguien si lo agarro infraganti, porque sería mi deber. Pero no es la solución, porque yo sé dos cosas: que todos ustedes son buenos pibes, y que no entienden que están haciendo algo perverso. Eso, me sabrán disculpar, los convierte en gente menos inteligente de lo que ustedes creen que son, así que bájense del caballo. Por eso sepan: yo sé que ustedes son buenas personas y confío en ustedes; pero, al mismo tiempo, si alguien se vuelve a meter con Maximiliano, se está metiendo conmigo. Ustedes son buenos pibes. No me caguen.

De modo asombroso, eso arregló los problemas del chico disléxico. Jimmy se convirtió en nuestro líder por hablarnos con la verdad, sin amenazas a tono con la época ligadas a la ley y el orden, sino algo que nos sonó sincero. Nos estaba enseñando algo valioso, y también nos estaba respetando. Desde entonces, cada clase con él fue una fiesta, al punto que lo llevamos como docente a nuestro viaje de egresados.

Ahora, nuestro querido Jimmy se casaba. En la boda había egresados de varias promociones. Todos alabamos a Jimmy por su nobleza y su habilidad para ser uno más entre nosotros y, a la vez, seguir siendo nuestro docente. No pude dejar de relatar la anécdota de su dislexia.

―No era disléxico, era obeso recuperado ―dijo Giacomuzzi, de una promoción mayor a la nuestra―. Lo que vos contás lo hizo con nosotros también, porque lo cargábamos al Gordo Ojeda. En realidad, pobre, lo cagábamos a piñas.

―No puede ser ―dije―. No le da el formato óseo para ser obeso recuperado. Pero qué sé yo, nunca se sabe.

―Dijo que había bajado cuarenta y tres kilos.

―Todos ustedes tienen la memoria atrofiada ―intervino Gayosa, dos años menor que nosotros―. Jimmy es judío. Nosotros lo tomábamos de punto al Ruso Warshavsky aquí presente, así que él nos habló de cómo lo perseguían los antisemitas en el recreo. Hasta nos mostró una svástica que le habían tatuado en un brazo en el baño del colegio.

―Sinceramente, muchachos, Jimmy me salvó la vida ―dijo el tal Warshavsky.

En ese momento sonaron algunos acordes en la iglesia, que anunciaban que la ceremonia estaba por empezar. Nos miramos, sin saber cómo traducir la intuición que empezaba a tomar forma en todos nosotros, y que veíamos asomar. Alguien empezó a preguntarle a Warshavsky cómo era posible que Jimmy se casara en una iglesia siendo judío, pero había que hacer silencio, así que la pregunta quedaba para después. Hermanados por una sensación de grave secreto, sin hablar, fuimos a sentarnos en la misma fila.

Sonó la marcha nupcial, Jimmy entró con su madre del bracete. Me olvidé de lo que acababa de ocurrir. Lo veía emocionado, radiante, feliz, y me alegré tanto de verlo que me dieron ganas de abrazarlo. Cuando pasó junto a nosotros, lo llamamos, y él nos saludó con aquel gesto entusiasta de siempre. Le dimos la mano y le palmeamos la espalda. Jimmy quizás había sido un mentiroso, pero era el mentiroso más noble que se hubiera visto sobre la faz de la tierra, y nosotros lo perdonábamos en ese mismo instante.

Después entró Camila, la novia, una chica muy guapa, también feliz. Nosotros nos codeamos mientras pasaba al lado nuestro. Entonces el cura dijo las consabidas frases y habló de la santidad del matrimonio. Cuando preguntó si había alguien que se oponía, o que callara para siempre, dejó un segundo de silencio reglamentario.

―¡Yo me opongo!

Las cien personas que llenábamos el recinto nos dimos vuelta hacia la entrada. Por el pasillo central caminaba a paso vivo otro exalumno, de una promoción inferior a la mía. Su cara me sonaba apenas conocida. Alguien murmuró: «el trolo Tabbiani».

El cura, al parecer, había olvidado cuál era la fórmula si alguien de verdad se oponía. Debían hacer siglos que no le ocurría.

―Acérquese, por favor, y…

―No me acerco nada, padre. Me quedo acá en el medio para que todos escuchen bien lo que está haciendo este homosexual reprimido. Jimmy, mi querido Jimmy. No lo hagas.

Los exalumnos comenzamos a acercarnos. Le decíamos que pare, que no era cierto y que después le explicábamos. Pero nos quedamos de una pieza: Tabbiani había sacado una pistola.

―Me dijiste tantas cosas. Me hiciste sentir tanto. ¿Por qué arruinar nuestro amor en pos de un mandato social primitivo y decadente? ¿No te carcome la vergüenza? ¿Estás dispuesto a vivir a escondidas? ¿Por qué mejor no te plantás ante todos, aquí y ahora, y salís del armario?

―Pará, Diego, pará ―le dijo Jimmy desde el púlpito―. No es como vos lo planteás.

―Ah, ¿no? Me salvaste en la escuela, me defendiste y les dijiste a todos que vos también eras gay, ¿te olvidaste? ¿Y ahora te casás? Asumilo, no lo ocultes. No me estás traicionando a mí. Te estás traicionando vos mismo. Camila, lo lamento. Tu novio es gay y yo lo amo, es la triste o la feliz realidad, y se casa con vos por el qué dirán, nada más. Ahora decime a quién le disparo. A él, a vos o a mí mismo, pero esta boda termina acá.

La novia, por un misterioso instinto, se puso delante de Jimmy, escudándolo a medias.

―Dejá. Lo decido yo ―dijo Tabbiani, y apretó el gatillo.

La boda, efectivamente, quedó anulada.

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26 comentarios en “El mentiroso

  1. Hola Marcelo,
    Un relato muy logrado, tanto en forma como en contenido. Das opción al lector a hacerse preguntas, a inquirir y con ello creas interés. Uno va viendo los beneficios de la mentira en tantas ocasiones que lejos de condenar al mentiroso lo aprueba y llega a pensar que todo está bien si la mentira es “terapéutica”. Cuando se encuentra en esta tesitura y parece que el relato queda plano, surge la excepción que desconfirma la regla y se desata la tragedia, dejando al lector desprevenido pasmado. en esto consiste el nudo de la historia. La relatas con la maestría narrativa adquirida que caracteriza, por lo general, tus textos, acercándolos al nivel profesional.
    Un gusto leerte de nuevo y muchas gracias por pasarte y comentar mi escrito.

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  2. Que tal Marcelo, Otra enseñanza de vida de tu parte para los que apreciamos tu escritura. Como menciona María, la mentira, aunque sea terapéutica, dura hasta que la verdad llega, dando paso a una tragedia de alcances inimaginables. Lo escrito por ti nos lleva sin tropiezos por vivencias de aquellos años universitarios en que fuimos testigos de cosas tristes por un lado pero también hubo alegrías. Gracias por eso don de comunicación que poseés.

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  3. Hola Marcelo 😉 Soy tu compañera de literautas 🙂 La verdad es que me ha encantado ese profesor, ojalá todos hubiésemos tenido un profesor tan mentiroso pero a la vez tan noble como Jimmy. Una historia muy bonita. Y lo más importante no es la historia sino la reflexión que creas en la mente de tu lector al leerte 🙂 Un relato lleno de valores 😉 Sinceramente no he apreciado ningún error por eso no puedo sugerirte nada 😄
    Enhorabuena 🙂

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  4. Hola Marcelo
    Como ves venimos a buscarte ahí donde estés.
    Me ha encantado el relato aunque de mucha pena el fina.l Por desgracia los mentirosos acaban mal aunque lo hayan hecho por bien.

    Saludos

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  5. Hola Marcelo.
    ¡Qué pena que no hayas podido publicar el relato en Literautas! Me ha parecido precioso.
    Te libras de la crítica constructiva porque este no es el sitio adecuado. La verdad es que hay poco que decir.
    Me ha encantado leerte.
    Saludos,
    M.L.Plaza

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  6. ¡Hola Marcelo!
    Genial tu relato. Como dice María Kersimon a veces no condenamos las mentiras blancas, las que hacen un bien y las toleramos y las vemos con simpatía. Pero una mentira es una mentira.
    Un relato aleccionador, excelente en contenido y forma. Felicitaciones.

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    • Mil gracias mujerturquesa 🙂 A veces me salen textos con los que uno se puede hacer preguntas morales de este tipo. Hay un límite para la búsqueda a ultranza de la verdad o a veces hay que convivir con la mentira? Hay un límite, más allá del cual debemos suspender el juicio moral? O podemos contemplar sencillamente la complejidad de la vida, sin cargar con esa responsabilidad de tener que tomar postura? La mentira (o cualquier otro “pecado”) de otros nos interpela siempre a nosotros? Qué hacemos con este profe mentiroso? Gracias por pensar conmigo!

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  7. Hola Marcelo. Un relato muy bueno. Está muy trabajado; tiene una buena estructura y un ritmo excelente que no baja en ningún momento. Tiene muchos personajes pero están tan bien presentados que no se interfieren en ningún momento.
    Una sugerencia: en la primera línea, la cercanía de “dificultad” y “facultad”, choca un poco especialmente si lo lees en voz alta (me parece a mí, y casi por aportar algo).
    Además, te deja pensando… y eso lo hace muy interesante.
    Una mentira es una mentira, ¿o no?. Si va con buena intención ¿está justificada?. Si el resultado o la consecuencia es buena ¿es válida?. ¿Hasta cuando y hasta dónde?. Ay, será que mi cabeza va a echar humo…
    El final está genial aunque debo reconocer que aún no sé a quién le dio la bala…
    En fin, un placer leerte.
    Saludos,

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    • Marián, un verdadero honor y una alegría tu lectura y comentario, mil gracias por tu generosidad. Creo que en algunos interrogantes morales es más importante la pregunta que la respuesta, no? Y si un simple relato ayuda a contemplar asombrados la complejidad de la existencia humana, qué más puedo pedir. Y con respecto al final, la verdad es que yo tampoco sé adónde da la bala 😉 Ya te voy a devolver la visita, gracias!

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  8. Hola Leonardo, querido compañero! Mil gracias por la molestia de llegarte hasta acá a leer y comentar, muchas gracias por la calidez de tu comentario y me alegro que lo disfrutes, porque el disfrute es mutuo, así que ya llegaré al tuyo, no lo dudes. Abrazo!

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  9. Hola Marcelo, nos deleitas con un relato lleno de sentimientos encontrados, un «noble mentiroso» que utiliza sus propias mentiras para hacer un bien mayor, se ve sorprendido por lo inesperado. En su intento por arreglar un mal, se encuentra con otro mucho peor del cual no es responsable, pues la pasión de Tabbiani es enfermiza y es un mal querer cuando usa un arma para dar a entender su cariño. Es algo de mucha actualidad, como muchos acaban con su pareja por medio de la violencia y el asesinato.

    Un escrito genial, es una pena que no lo llevaras a Literautas, pero es un regocijo que aún así lo hayas hecho para el deleite de todos nosotros. Gracias Marcelo por tu regalo.

    Un placer leerte y un saludo.

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  10. Hola Marcelo

    Me ha encantado la empatía de tu personaje, que me hace pensar en que puede ser una historia real, que si existen Jimmys por ahí en defensa de los más desvalidos, aquellos que los demás les hacen “bullying. Solo esperaría que no terminen igual que tu historia.

    Por el demás, que al leer el primer renglón “dificultad” y “facultad” quedan como muy seguidas, aquí le llamaríamos rima accidental.

    Soy Yoli L. de Costa Rica, compañera de literautas.

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    • Hola querida Yoli L.! Mil gracias por tu visita y comentario! Me encanta que te haya gustado 🙂 Desde ya tenés razón (y los demás compañeros) en lo de la rima involutaria al principio, ya se habrá de cambiar. Y voy a pasarme por tu relato, tenelo por seguro. Gracias!

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  11. Hola, Marcelo.

    Mil disculpas, hasta hoy pude ingresar a Literautas y a tu blog, he tenido muchos compromisos en mi hogar. Tu relato está genial y qué grandes enseñanzas nos deja. Es muy emotivo.
    Me identifiqué mucho con Jimmy, ya que yo también fui profesora. Ahora ya estoy pensionada o jubilada (mis vacaciones permanentes).

    Una pequeña observación:
    En el tercer párrafo, la última oración:
    Jimmy lo sacó afuera al patio, habló con él, y le sonsacó que, además, lo golpeábamos en los recreos.
    Considero que las palabras: sacó y afuera son redundantes.

    Te comento, en mi país a las mentiras terapéuticas, la llamamos mentiras piadosas.

    Gracias por compartir tu relato.

    Un abrazo muy fuerte desde Costa Rica.

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  12. Hola Marcelo, Gracias por tus palabras en mi Mentiroso. Ahí, mencionas la cinematografía, en mi libro la historia es de 1750 palabras porque son tres películas en una aquí te las envío. Te vas a encontrar con varios modismos locales pero entendibles.

    Superba actuación es el instinto
    Una vida plena en mi niñez con estudios de primaria, secundaria y preparatoria en colegios católicos, mezcladas estas enseñanzas, con fines de semana en los laborares de un rancho. Bajo esta formación dual, se alentarían estudios superiores en alguna rama campirana. En lugar de eso, mi preparación universitaria se dio por el lado de la ingeniería industrial. Razón: el insistente encargo de mi padre encaminado a la dominancia de los números. Decía: “quien domine las cifras en un negocio tiene asegurado el éxito de la empresa.” En obediencia a esos parámetros impuestos, mi decisión fue sencilla: Ingeniería.
    Recibí una atención tan amorosa en mis primeros años de vida que, ese entorno, arraigó en mí una profunda lealtad hacia mis padres en respuesta al trato otorgado. Mis padecimientos físicos a temprana edad requerían de esos cuidados: tosferina y poliomielitis. Deuda moral avasallaba mi gratitud por los cuidados concedidos. Que mejor forma de agradecer, que terminar la carrera en ingeniería deseada por mi padre. Cumplí sus deseos y recibí a cambio el premio de una vida de éxitos bajo su tutela económica. Bajo esta forma de vida, los números y las letras recibieron diferente trato; los números dominaban los espacios de un vivir intenso. Mientras surgían las incontables anécdotas de una tienda; mi pluma se mantuvo callada. Nada quedó escrito de esas vivencias. Hoy, las letras rezagadas y escondidas por tantos años, hacen su aparición para contar algunas de ellas…
    Nunca me consideré apto para la actuación.
    Varias veces me vi ante un escenario en el teatro escolar: temblaba, sudaba, me ponía colorado, batallaba para hablar. La actuación simplemente no se me daba.
    Más en tres eventos vividos en tiempos de la tienda, mi actuar rindió frutos.
    Sin un guion a seguir, sin nada que memorizar las actuaciones fueron únicas. La primera sucedió cuando mi vecina, la señora Petrita, una mujer muy de su casa a quien ya le pesaban los años escuchó una conversación entre dos vagos mientras regaba su jardín. Muro que daba a la calle la ocultaba, pero las palabras llegaron claras a sus oídos: uno le decía al otro. “El comercio es fácil de asaltar. La cajera está sola y hay poca gente trabajando. Nada más oscureciendo le podemos pegar a la tienda”. Una situación tan peligrosa necesitaba hacérmela saber. Aunque vivía a un lado de la tienda, al salir de su casa, caminó en dirección contraria. Rodeó toda la cuadra para venirme a informar lo que pasaría. La vi llegar a la tienda por el lado opuesto. Se veía asustada. La saludé.
    –Ay, ingeniero, lo que voy a decir es muy delicado. Escuché de los muchachos que están aquí afuera, la intención de robar la tienda en cuanto anochezca.
    –Gracias doña Petrita. Uno de ellos entró hace como media hora a comprar dos refrescos. Váyase sin cuidado yo me encargo. ¿Quiere que la acompañen?
    –No, gracias. Lo dejo para que haga algo. Y por favor cuídese.
    Llamé a Daniel en voz alta. Joven trabajador de impactante presencia. Mejor personaje de respaldo para mi actuación no lo había. Le pedí que me acompañara y que se mantuviera tras de mí. Al salir y buscar la salida rumbo a la casa vecina, los vi, estaban recargados sobre la pared de la tienda. Los abordé:
    –Buenas tardes muchachos. Quisiera hacerles una pregunta. ¿Qué hacen ustedes recargados sobre la pared, esperan ustedes a alguien?
    Se miraron el uno al otro sorprendidos.
    El que estaba cerca, más atrevido, fue el que habló.
    Apuntó con su diestra hacia la casa vacía al otro lado de la calle: casa del Capitán.
    –Buenas tardes. Le hicimos un trabajo al dueño y nos pidió cobrar ahí.
    –Si es así, les voy a pedir de favor que esperen frente a la casa del Capitán del Ejército. Ahí donde están ustedes, ya las cámaras de la tienda les tomaron cientos de fotografías en todos los ángulos. Y como están conectadas al departamento de policía, en cualquier momento puede llegar una patrulla. No quisiera que llegaran a tener ustedes un problema con ellos.
    Me miraron con intención de duda para luego darme las gracias con sumisión entendida.
    Se retiraron con rumbo desconocido, dieron la vuelta en la siguiente esquina.
    La duda que quedó en mi mente, fue: cuál de las razones que les di, los convenció de abandonar su intención de robar la tienda. ¿Serían las fotografías tomadas por una cámara inexistente? ¿Sería el mencionar a un Capitán del Ejército? vecino, que sólo llegó a capitán de un equipo deportivo y se le quedó el mote o ¿Sería un contrato de vigilancia con el departamento de policía; el cual no existía?…
    La segunda actuación se dio por el comportamiento de dos mancebos. Como lo dice el corrido del hijo desobediente: dos carniceros en la tienda, “echaron mano a sus fierros como queriendo pelear”. Los sorprendí en agresiva disputa con sus cuchillos de trabajo en mano. Mi decisión fue inmediata. Le pedí al chamaco, de contrato más reciente, que pasara a la caja por su liquidación. Al otro con varios años de trabajo en la tienda le llamé fuertemente la atención. El ambiente pareció normalizarse hasta que llegó el sábado.
    Una camioneta en el estacionamiento, esperaba a que se diera la hora de salida.
    El “Juanillo”, agresor del cuchillo, acompañado de otros dos miembros de la pandilla de su barrio, quería darle un escarmiento a su rival. Tuve que intervenir.
    — Que tal Juanillo, ¿Que andas haciendo? ¿Se te quedó a deber algo?
    –No Ingeniero, vengo buscando al Kalú, ese chavo me la debe.
    –Entonces vienes para darle una paliza a Juan. Qué bueno.
    –Es que le traigo muchas ganas.
    –Mejor, porque te voy a pedir, que le des una buena friega. Ya son muchos mis problemas con este muchacho. Yo no lo puedo despedir, porque su padre lo trajo, para que lo enseñara a trabajar. Me lo encargó mucho. Me dijo quererlo hacer un hombre de bien y no un asesino a sueldo como él. Yo, la mera verdad, no quiero problemas con ese señor. Pero, si ustedes quieren calar al papá de Kalú por mí, me ayudaría. Estoy cansado de sus altanerías.
    –¿Cómo, cómo?
    –Si, si ustedes le dan una paliza a él y mañana no amanecen ni panseados ni tirados en un callejón; quiere decir que su tata no es tan peligroso como pregona. Si no les pasa nada a ustedes, yo despido a Juan inmediatamente; ahí se los encargo. Mañana los busco para ver si amanecieron vivos. Nos vemos Juanillo.
    La purga de parodia actuada surtió efecto.
    Cinco minutos después se desaparecieron del estacionamiento.
    Un personaje, nacido al momento, adoptó al Kalú como hijo.
    El padre que nadie conocía lo libró de una salvajada.
    La tercera actuación fue todavía más intuitiva por ser parte de la violencia que nos rodea. Como pueblo, padecemos de constantes amenazas contra nuestros bienes, nuestra libertad. Y hasta contra nuestra vida. Por experiencias de amigos o conocidos, yo sabía, que las tiendas de atención rápida: Oxxos, Seven Eleven, City Express y otros depósitos de bebidas, son focos de observación de delincuentes para el robo de automóviles. Mas, como nunca me había sucedido a mí, no tomé la debida precaución al llegar a uno de estos establecimientos. En casa necesitaban un refresco familiar para la comida así es que me estacioné justo frente a la puerta del negocio. Por el lado mío, estaba estacionado un carro con placas americanas y una pareja a bordo. En cuanto mi cuñada se bajó de la camioneta me di cuenta del error cometido. La joven en el asiento del ayudante, me observó con clara intención, para luego abrir la puerta y caminar por el frente de su coche rumbo a la puerta del chofer. Ejecución de este movimiento muy estudiada. La puerta por el lado del chofer se abrió antes de que ella llegara y bajó un hombre en sus treinta y tantos quien volteó y me miró. No había duda en su mirada: venía con la intención de adueñarse de la camioneta. La parte trasera del coche americano, a la altura de la puerta del chofer de mi camioneta. Visualicé la presencia de aquel hombre, al rodear el coche, como en cámara lenta. Medí: la distancia, el tiempo y los gestos del personaje que se me acercaba. La distancia la torné inacabable y el tiempo interminable. Juiciosa auscultación que me permitió gravar su apariencia en mi conciencia. Lo convertí, en ese corto trecho, en alguien largamente conocido por mí. Al tenerlo de frente lo saludé con una efusividad que lo ungía como viejo amigo mío: ese lazo amistoso era el resultado de lo grabado en mi mente a través de su recorrido.
    –¿Cómo has estado?, que bien te ves, que gusto me da saludarte.
    –Ah canijo, ¿Tú eres el de la vidriera verdad?
    –No, yo soy el de la panadería.
    –Te me figuras, al de la refaccionaria, allá en la vidriera.
    –No, yo soy el de aquí a la vuelta.
    El conocerlo yo mejor, de lo que él me conocía a mí, lo hizo dudar. Formuló varias preguntas más tratando de identificarme. El tiempo se pasó sin que pudiera cubrir la distancia de la duda. Mi cuñada regresó y subió a la camioneta. Me despedí de él con la misma efusividad del primer saludo.
    –Mira ya me tengo que ir, me esperan en casa para la comida. Me da mucho gusto saludarte. Ay me saludas a todos, nos vemos.
    El, se regresó al coche y la joven a su asiento del lado del ayudante. Di reversa y me fui por calle angosta rumbo a la casa de mi cuñada. El coche americano tras de mí a distancia. Lo medía por el espejo retrovisor. Cuando llegué a dejar a mi cuñada en su casa el coche pasaba y yo, como pendiente de mi hermana política, me hice el desentendido. El coche pasó de largo en la siguiente esquina. Yo, llegué a la boca calle y di vuelta a la derecha; me fui a casa.
    He meditado en lo sucedido.
    No sé, si él se acuerde de mí, o, si me pudo por fin identificar.
    Pero yo, lo recuerdo a él perfectamente.
    Si la vida en realidad es un suspiro, yo, en ese único encuentro viajé por varias vidas.
    Todavía tengo problemas con el micrófono y los escenarios.
    Tiemblo y tartamudeo al querer hablar en público.
    Pero hoy reconozco, que nada es más saludable para mis retrasos de dramaturgo, que el saber que la improvisación es la madre de la actuación y que un día, a lo largo del vivir; la utilizas.

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