Yo, el Salieri de Felipe

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. Yo encontré el mío hace tiempo. Se llama Felipe. Yo soy igual que él. Pero él es mi Mozart. Yo soy su Salieri. Ya dijo alguien que si Frank Sinatra no hubiera existido, Tony Bennet habría sido el ícono de América. Le pasó lo mismo a Paul con John, a Ronaldo con Messi y, quién sabe, también a Juan el Bautista con Jesús. Estoy en buena compañía.

Nos conocimos en la secundaria. La profesora de química nos puso en el primer trabajo práctico a hacer un experimento juntos.

—Felipe, acá te pongo todos los elementos, tenés probetas, los solutos y los solventes. La llama se prende así, ¿ves?

—Profesora, yo también hago el experimento —dije ofendido.

—Sí, sí, seguro. Bueno, Felipe, cualquier duda me llamás, ¿de acuerdo?

Un poco bestia, la profesora. Pero pensándolo bien, no fue su culpa y no lo pudo evitar. El chico tenía un carisma tal que hacía que todos a su alrededor quedaran opacados hasta la invisibilidad.

Sin embargo, Felipe quiso ser mi amigo, y yo lo dejé. Me halagaba e intimidaba a la vez. En las fiestas, estaba claro quién bailaría con la más linda.

Crecimos e ingresamos juntos a la universidad. A los dos nos gustaba la biología y éramos muy buenos. Él era brillante. Yo lo era más, pero él obtenía mejores calificaciones, invitaciones a equipos de investigación, menciones en la prensa académica. Felipe se casó con Débora, la reina de la facultad, una belleza despampanante que terminó como conductora del principal noticiero de televisión del país. Yo me casé con Agustina, una investigadora de belleza moderada, pero con un mundo interior inmenso. Entre microscopios y besos, me enseñó que el universo era apasionante y mágico. Era rigurosa, y dulce como la miel. Pero cuando me desprendía de su mirada tierna, ahí estaba el éxito terrenal de Felipe horadándome, envenenándome.

Ambos obtuvimos cátedras en la facultad, y encabezamos importantes investigaciones. Las de él más que las mías. A mi cátedra venían estudiantes que no habían conseguido cupo en la suya. Siempre así. Mi vida mejoró cuando se fue con Débora a Boston, a dictar una cátedra en el MIT. Heredé su clase en la facultad. Eran sus migajas, pero no me podía quejar, porque también estaba creciendo. Agustina y yo trabajamos duro, tuvimos hijos estupendos y nietos hermosos. Lo más parecido a la felicidad. Tanto, que casi logré olvidarme de Felipe.

De eso pasaron veinticinco años. Hace un mes la noticia me golpeó como un rayo: mi amigo, el Profesor Felipe Contreras, era laureado con el Premio Nobel de Medicina por sus aportes en materia de micropatología. Con el periódico en las manos me miré al espejo, y me vi muy cansado.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando Felipe me anunció que venía a verme desde Estados Unidos.

—Quiero visitar la tumba de mis padres antes de seguir viaje a Estocolmo. Y te quiero ver a vos.

Cuando le abrí la puerta vi un hombre más quebrado que yo. Por fin.

—Con Débora no duré mucho —me contó, sentado sobre el sofá, arrugado. Intenté hacerlo sentir cómodo, pero mis centros de placer estaban al máximo—. En el fondo siempre fui un bicho de laboratorio. En los cócteles de científicos se aburría de escuchar charlas sobre bacilos. Al final me dejó por una estrella de la televisión. Mi vida fue una mierda, me di a la bebida, mis hijos no me hablan. Hasta fumo marihuana en el laboratorio… ¿entendés? Soy el tipo más desgraciado del mundo, Julio, te juro, y el único amigo que me queda, al final del camino, sos vos.

—Pero Felipe, ¿me estás cargando? Arriba el ánimo. Te acaban de dar el Nobel, sos el biólogo más exitoso del mundo. Me extraña tanto lo que me decís. Yo siempre te tuve una sana envidia —le mentí. Mi envidia nunca fue sana.

—¿Me lo decís en serio? Mirá qué loco es todo. Yo siempre te envidié a vos.

No supe qué contestar. Esa sola frase fue un cimbronazo que todavía me dura.

Me pidió que lo acompañara a Suecia y yo, reconciliado con él y con la vida, no pude negarme. No me hacía ilusiones, él seguía siendo mi Mozart y yo su Salieri: él era el del Nobel y yo el que lo aplaudía desde la platea. Pero mi vida era perfecta y siempre lo había sido. Con Felipe en algún café de Estocolmo, el chocolate caliente también lo fue.

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2 comentarios en “Yo, el Salieri de Felipe

  1. Querido Marcelo, estoy aquí entre la promesa de comentar tus cuentos y un cierto pudor que me dice «¡pero qué tenés que decir vos a un escritor de su obra!». Porque sos realmente un escritor (creo habértelo dicho), y de los buenos.
    He disfrutado mucho tu libro leyendo los que no conocía y releyendo aquellos por los que te conocí. El primero fue Luca y luego, creo, La niñez de Jok. Mis favoritos son, ya lo sabés, Tres Segundos y Solicitud a Daschau; pero La Telenovela de Gladys me hizo disfrutar de esa sensación de revancha que debe ser ancestral. Me reí muchísimo. Martina Inmortal, hablando de mundos distópicos, es excelente, terrible, y tan creíble que uno se alegra pensando en que no estará en este mundo, sin embargo ya no es tan seguro. Todo va demasiado rápido. Me emocionaron Hay cosas Peores, Una caja en la Puerta y El Último Beso que ya conocía.
    El que menos me gustó es el más largo: La Doble Vida de Ramiro Jiménez. Está muy bien escrito y mejor construido, es lo que se puede llamar un muy buen cuento, no obstante me produjo una sensación desagradable que no termino de definir. Creo que no me gusta Ramiro y que tiene que ver con que no lo veo evolucionar como personaje. No estoy segura de lo que digo y espero que no te moleste. En cuanto al cuento en sí, dos pequeñeces: al principio, ni bien ha sido engañado y desvalijado por Hilda, Ramiro se va a tomar un café. ¿Con qué paga? Por otra parte, su debilidad está muy bien buscada pero por algún motivo descubrí demasiado pronto que era por allí por donde iba a perder.
    No me siento capaz de desmenuzar los veinte cuentos uno por uno, pero he dejado para el final el mismo que vos elegiste para el final, Invisible. Creo que en ese cuento se ve un progreso en tu manera de escribir, es mucho más sutil que otros, lo que logra un impacto más fuerte hacia el final. Me encantó.
    Todos tienen la impronta del lenguaje y del modo de vivir del Rio de la Plata, cosa que agradezco y con la que me identifico.
    Por último, si comento aquí es porque en algún cambio de programas de la computadora, perdí tu dirección de correo electrónico.
    Ha sido un placer leerte. Un abrazo,
    Juana

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