El pintor y la dama

Sandrine, viuda de un teniente de infantería caído en el Somme, se levanta y bebe junto a la chimenea, acariciando un talismán. Escucha ruidos afuera y sale al pasillo, donde un joven atractivo sube pesadas cajas por la escalera, al apartamento sobre el suyo. Es Julien, se presenta, y ha venido a París porque es pintor, y desde el apartamento que ha rentado se ve mejor el Sena.

Sandrine se topa con él cuando va al mercado, él la ayuda con sus bolsas, le habla, le canta, la invita a pasear, dice que quiere pintarla en su atelier. Sandrine no entiende qué ve él en su cuerpo plano y su rostro sin gracia, pero accede, porque se siente viva de pronto. La va enamorando el modo que tiene él de pararse frente al lienzo y mirarla como penetrándola, y por esa forma sensual de exprimir la naranja que le ofrece en las pausas. Cae rendida cuando la protege de un roedor, atrapándolo con apenas un frasco, y sonriéndole como un corsario travieso que ha hallado por fin el cofre. Siente que el luto había tenido desde siempre esta fecha de vencimiento. Por fin, se quita la alianza, y lo invita a cenar en su apartamento. Le sirve una copa, pone una chanson en el gramófono. Él busca y cambia el disco. Pone tango y la invita a bailar. Beben más vino, cenan, hacen el amor.

Por la mañana, Sandrine se despierta sola, Julien ya no está. Tampoco está el talismán. En su lugar, una carta.

«Querida Sandrine: te he mentido, e incluso engañado. Tu talismán no era tuyo, sino de mi familia. Nos ha protegido por generaciones, y he venido a rescatarlo. Mi padre se lo llevó a la batalla, cuando lo reclutaron para el Somme. Su comandante de pelotón era Léopold, tu marido, cuya muerte me alegra. Por su culpa, mi padre ha caído en acción de modo estúpido. Léopold, lo sabes bien, era un hombre violento, que insultaba y golpeaba a sus soldados en lugar de liderarlos. Vio el talismán en manos de mi padre, lo golpeó y se lo arrebató. Al día siguiente, mi padre recibió una bala alemana cuando, por descuido, levantó la cabeza un centímetro de más. Tu marido murió también, después de dejarte el talismán como regalo en su última visita, pues ya ves, quien posee el talismán y lo pierde, muere.

«Un día en que yo estaba lejos, pintando, llegó a nuestra casa Jacques, camarada de mi padre, al que vio morir. Estaba en camino a casa, pues había desertado. Estaba maltrecho. Mi madre le dio cobijo y sopa; él le dio detalles. Mi hermano menor, Louis, se ha ido al Somme a buscar el cuerpo de mi padre y vengarlo, sabrá él de quién. Mi pobre madre no pudo detenerlo.

«Ahora es mi turno de ir al Somme. Yo, un pobre pintor. Tengo que buscar a Louis y darle el talismán para salvarlo, pues tiene doce años, y no sabe luchar. Tu desdicha de hoy, y quizás tu muerte, es mi pobre venganza, pues eres inocente. Adiós, Sandrine, no nos volveremos a ver.»

Julien viaja a las aldeas en el frente colgado en carretas o a pie. Pregunta, investiga, seduce a hombres y a mujeres, habla mucho, como le hablaba a Sandrine. En Arras encuentra un grupo de desarrapados obligados al combate. Ayuda a uno de ellos a huir. Julien está ahora armado y vestido como militar. Se incorpora y deserta de innumerables trincheras buscando a su hermano, un chico menudo. ¿Lo habéis visto? Haced memoria. Pero hay demasiados niños en el Somme.

Julien camina o se arrastra entre barro y cuerpos de soldados, vivos y muertos. Mira sus caras, quizá vea a Louis, o a su padre. Se marea, tiene hambre y fiebre, en la noche alucina, se da de golpes con camaradas, pero al amanecer reanuda la marcha. Siente de pronto que todo ha sido inútil, y que su madre quedará sola para siempre por la estupidez de sus hijos. El talismán es una quimera, dice en voz alta, y Dios nos ha abandonado.

Temblando bajo la lluvia, agazapado en la trinchera, ve la figura de un niño que le es familiar. Débil, llega hasta él. Se acuclilla, los hermanos se miran, se reconocen y lloran abrazados.

―No pude encontrarlo, Julien, no pude encontrarlo.

―Pero yo te he hallado a ti, pequeño grillo ―le sonríe su hermano mayor, y le acaricia el pelo embarrado.

Luego, extrae el talismán y se lo da, apenas una piedra pequeña color lila, que reluce extraña en la trinchera apagada. Louis la pone con cuidado en un bolsillo secreto, y se deja llevar en andas por su hermano, como lo hacía en el campo, al final del trabajo duro.

Julien, feliz, arde de fiebre.

 

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