Kasia y mis vecinos, los Gayola

Los golpes eran tan fuertes que pensé que derrumbarían la puerta. Por la mirilla vi que era Kasia, la Neanderthal de los Gayola, mis vecinos del segundo piso. Con el mate en la mano, a punto de empezarlo con la familia, comencé a despedirme de esa mañana de domingo.

―¿Qué ocurre, Kasia? ―le pregunté sin abrirle. Ya me había metido en líos con Norberto una vez, incluida una noche en la comisaría.

―Abro, señor Claudio, abro ―pedía entre llantos. La famosa incapacidad de los Neanderthal para conjugar verbos se compensaba con una ternura y un carácter sumiso que me quebraba el alma. Casi le abro de inmediato.

―¿Qué pasó, Kasia? Mejor volvé a casa.

―Señor Norberto no seda no azúcar. Señor Norberto espina hierro ―gritaba llorando―. Ya venís, matarás Kasia. ¡Matarás Kasia! ¡Abro, porfi, abro!

Escuché los pasos por la escalera del edificio.

―Abrile, pa ―me instó Camila, mi hija adolescente, mi hija idealista.

―¡Kasia vení para acá que te reviento, hija de puta! ―gritaba mi vecino, bajando como una tromba.

Todo volvía a ocurrir, como con Alanna y con Maeve. Tuve que abrir la puerta y dejar a Kasia entrar. Lloraba, jadeaba, con la cara hinchada y roja. Los ojos celestes, en días comunes, cuando me la cruzaba en el súper, podían ser incluso bellos. Ahora me miraban más saltones que de costumbre, asustados.

Cerré la puerta rápido y la trabé por dentro. Camila abrazó a Kasia y se la llevó al baño a lavarle la cara y enderezarle la ropa vieja que los Gayola le daban. No olía muy bien.

―Abrí, Claudio, no seas insensato ―dijo Norberto desde el pasillo―. Lo que estás haciendo se llama secuestro. O robo, no sé. Pero si traigo a la policía o a un juez, no ganás, acordate.

―No puedo, Norberto. Ambos sabemos que la cagás a palos y quién sabe qué más, como a las otras. Puedo aducir violencia de género, o maltrato a animales, las dos cosas. Te darían la pena más leve, supongo. Pero no salís bien de esta si te denuncio. Después hablamos, ahora dejame pensar. Mejor andá a casa y sosegate.

―No me cagues, Claudio. ¿Qué le digo a Lucía cuando vuelva? ―Por lo menos estaba más calmado, incluso pensaba.

―Decile que me prestaste a Kasia para ayudarnos hoy, porque tenemos gente a cenar y con Enid no me alcanza. Andá, tomate un tilo.

Se hizo silencio detrás de la puerta.

―Está bien. Pero no le digas nada a Lucía. No me cagues ―repitió―. Ya sabés cómo es.

―Andá, andá.

Salí al patio. Camila había sentado a Kasia y a Enid con nosotros para el mate, con la higuera dando sombra. La higuera sagrada de mis domingos a la mañana sagrados. Norberto y la puta que lo parió. Camila le acariciaba el pelo a la chica Neanderthal que, aunque más calmada, todavía llevaba puesta su cara sufrida. Carina, mi esposa, leía el diario, mientras Santi, de doce años, jugaba con su celular. Mi hija me miró con ojos interrogantes.

―Todo bien, Cami, ya veremos cómo lo arreglamos. Estoy orgulloso de vos.

―Ya sé, pa. Y yo de vos. Pero dudaste en abrir, no lo niegues.

No lo negué. Le cebé un mate. Carina miraba de reojo, pero seguía leyendo el diario. Su domingo a la mañana era más sagrado que el mío. Al final cedió, para no parecer zombie:

―Los dos estamos orgullosos de vos, Cami.

―Pa, explicame porque no lo entiendo ―arremetió Camila―. ¿Para qué los clonaron, a ver? ¿Para que los depravados como Norberto puedan hacerles lo que quieran? Parece que con las androides no les bastó. Qué lindo, la violencia de género bajó, lo dicen las estadísticas. Claro, ahora los hijos de puta se las agarran con los Neanderthal, desde que los liberaron al “mercado” ―levantó la voz, haciendo comillas con los dedos, furiosa―. Qué casualidad, ¿no? Cada año aparecen más Neanderthales muertos tirados en la vía pública, en general “hembras”. Mujeres, ¡mujeres, son!

―Legalmente no son personas ―dijo de repente Santi, sin levantar la vista de su teléfono.

―Y eso a vos te tranquiliza, ¿no, genio? Estupendo, tengo un hermanito violador en potencia, también. Cartón lleno. ¿De eso también están orgullosos, ustedes dos?

―No te la agarres conmigo ahora, nena. No son personas y me dejás de joder.

―Bueno, bueno, paren.

Tocaron el timbre. Era Lucía, con su bolso del gimnasio. Estaba más flaca que nunca. O eso me pareció. Las ojeras eran reales.

―Qué tal, Claudio. Me dijo Norber que Kasia está acá. No te la voy a poder dejar porque tengo a mi mamá enferma en casa y nosotros tenemos que salir.

―Sí, pero…

―Ya sé, ya sé ―dijo nerviosa, intentando parar todo desarrollo de la conversación que no fuera cómodo―. Es que tenemos esas entradas para el museo interactivo al que queremos llevar a los chicos, y vencen hoy. Si volvemos temprano te la mando de nuevo.

―Entiendo. Dame nada más quince minutos y te la despacho. Andá tranquila.

―Gracias ―dijo con tristeza, y siguió hacia el segundo piso.

Volví al patio. Enid tenía su mano apoyada en la de Kasia. Camila les cantaba una canción suave a ambas y les acariciaba los brazos enormes. Las tres me miraron.

―No querés volver ―dijo Kasia―. No querés. No querés.

 

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2 comentarios en “Kasia y mis vecinos, los Gayola

  1. Sin duda tienes alma de escritor. E imaginación. Me llama la atención el vocabulario que empleas, sin duda vuestro pan de cada día. Por cierto ¿Qué es el mate? Podía haber mirado en internet, pero he sido tan vago…. No sé qué relato habrás enviado, pero este me gusta. salu2

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    • Hola Amilcar!

      Gracias mil por tus palabras. El mate es una infusión, una bebida que se toma caliente de un recipiente con una bombilla, utilizando unas hojas molidas llamadas yerba, o yerba mate. El principio químico es parecido al té. Es la bebida nacional en Argentina, y más todavía en Uruguay. Se bebe también en Paraguay y Brasil.

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