Los paraísos perdidos

Era más que un simple robot. Lo usé solo una vez, pero no tenía idea de todo su potencial. El anuncio, debajo de las vías del tren, decía: “Con Rupert, conocé por fin a tu ser más querido”, y supe que era para mí. ¿Qué ser desconocido podría ser más querido por una, que el que una misma ha matado?

El local, en un suburbio extraño, no tenía esa clásica estética de alta tecnología.  El personal tampoco estaba compuesto por jóvenes atractivos y dinámicos. Una mujer entrada en carnes, ojos saltones ojerosos y un cigarrillo en la boca, tipeaba en una Remington del siglo veinte, de esas que uno conoce solo por libros. Pero los electrodos que me hizo poner en la cabeza, cuando fue mi turno, eran modernos.

A quemarropa, después del nombre, me preguntó la fecha del aborto.

―¿Cómo sabe que aborté?

―Porque ya estás conectada. Y mirá a tu alrededor, querida.

En la sala de espera no había más que mujeres. De todas las edades. Las había adolescentes, pero también ancianas de setenta años. Cuando me volví, la empleada vio mis lágrimas y puso los ojos en blanco, impaciente.

―Dieciocho de octubre de 2064 ―dije―. ¿Rupert solo recrea a chicos abortados?

―No ―dijo ella, con sonrisita irónica―, también padres muertos, bebés fallecidos en la cuna, amores en viajes que casi se emprendieron, víctimas de asesinato. Rupert explora líneas probabilísticas… Pero el servicio es demasiado caro. Y prohibido. Las mujeres que abortaron no se aguantan, y la culpa abre los bolsillos más estrechos. Bueno, basta. ¿Qué nombre le hubieras puesto a tu bebé?

―Si hubiera sido varón…

―Iba a ser nena. ¿Cómo le hubieras puesto?

―¿Cómo sabe…? Agustina.

―Suficiente. Volvé a sentarte y esperá.

Esperé. Vi mujeres entrar, y salir llorando, o temblando, o las dos cosas. Al cabo de tres horas, me hicieron pasar a otra sala, bastante caótica. Había sido parte de una repostería, a juzgar por los moldes, los tarros y los muñequitos de novios y novias tirados por todas partes. Pensé en Gerardo. En el medio estaba Rupert, un androide común y corriente. Un poco me decepcioné. Al verme sonrió, y me indicó que me sentara frente a él. Me tomó de las manos y me invitó a relajarme.

―Cerrá los ojos. Quiero presentarte a Agustina. Ya ha crecido y es hermosa, te felicito.

Su felicitación me sonó a una ironía macabra y cruel, pero qué sabía un robot. Ya me quejaría después en recepción. Agustina podría tener dieciséis años.

―Mamá, ¿me queda bien así?

Me vi a mí misma con una escoba en la mano, barriendo los vidrios de un vaso roto en una cocina que no era la mía. Me di vuelta y la vi. Tenía un vestido floreado hasta por encima de las rodillas, e iba descalza.

―¡No entres, hay vidrios!

―Está bien, ma, qué histérica, no tengo tiempo, ya vienen los chicos a buscarme. ¿Cómo me queda?

Pude contemplarla, ahora con más calma. Mi hija era, hubiera sido, una belleza. Pelo lacio, ojos color miel, un cuerpo hermoso, delgada, atlética, bien desarrollada. Los ojos se me llenaron de lágrimas otra vez.

―¿Y? Dale, ma. ¿Qué me mirás así? ¿Tomaste algo?

―Te queda bien… muy bien… pero ponete algo en los pies.

―Obvio, ma. Qué pesada que sos…

Se dio vuelta y se fue. A los pocos minutos bajó otra vez las escaleras de esa casa desconocida, ahora con unas botitas que daban más relieve a unas piernas preciosas, tostadas por el sol. Cuando me asomé a la sala, vi un hombre leyendo algo en una pantalla. Cuando Agustina pasó, lo saludó con un beso.

―Chau, pa.

―No vuelvas tarde, amor.

―Es una peli y después pizza, nada serio. No te preocupes. Igual te llamo, a ver si me podés pasar a buscar. Si no, me arreglo. ¡Chau, ma!

Levanté la mano llorando.

―Chau, hija…

Ahí estaba todo, no solo mi hija abortada, también un mundo entero. Una casa, un marido que pude haber encontrado y que seguramente habría adoptado a mi hija, una vida cotidiana perdida de antemano. Las probabilidades no habían estado a mi favor. Yo iba a la escuela y me enganché con Gerardo, pero mi embarazo fue demasiado para él, y no lo soportó. Los dos éramos chicos, pero yo me quedé sola con la decisión.

Rupert me hizo abrir los ojos.

―¿Así es como hubiera ocurrido?

―Es una de las posibilidades.

―Necesito volver. El folleto decía una hora.

―Puede ser una vida. Por un pago adicional te puedo transportar allá para siempre. En esa línea sos arquitecta. Simón, tu marido, es juez de la corte, tu hija sobresale en los estudios, en violín y en tenis, y tuvieron dos hijos más. Pero no vas a poder volver.

Yo era soltera y trabajaba de supervisora en un supermercado, a sueldo mínimo.

―¿Puedo tomarme unos días para pensar, despedirme de mis padres, arreglar mis asuntos?

―No. ¿Pero para qué? Tus padres existen en esa otra línea también, y allí podrás ayudarlos mejor.

No cabía duda, Rupert necesitaba algunos ajustes en su sentido del tacto. Mis padres en esta “línea”, como la llamaba él, sufrirían horrores, me buscarían, harían carteles con mi foto y los pegarían en comercios y postes de luz, harían campañas en los medios y en las redes sociales.

―Te puedo dar diez minutos para que les mandes un mensajito de despedida y hagas el pago correspondiente. Lo siento, pero hay mucha gente esperando.

Así dejé mi mundo y volví a la escena del nuevo hogar, donde mi culpa no existía. Agustina en una salida, mi marido leyendo, una casa armónica, de alta clase media. La tecnología me estaba dando una nueva oportunidad. La responsabilidad por las decisiones irreversibles quedaba abolida. No era casual que Rupert fuera un robot clandestino.

Terminé de juntar los vidrios y me dispuse a ir a la sala a conocer a Simón. Pero él se me adelantó. Cuando dejé la escoba, levanté la vista y lo tenía frente a mí.

―¿Cuántas veces te dije que tuvieras cuidado con la vajilla?

La primera bofetada no me dolió tanto.

 

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