Yo, el Salieri de Felipe

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. Yo encontré el mío hace tiempo. Se llama Felipe. Yo soy igual que él. Pero él es mi Mozart. Yo soy su Salieri. Ya dijo alguien que si Frank Sinatra no hubiera existido, Tony Bennet habría sido el ícono de América. Le pasó lo mismo a Paul con John, a Ronaldo con Messi y, quién sabe, también a Juan el Bautista con Jesús. Estoy en buena compañía.

Nos conocimos en la secundaria. La profesora de química nos puso en el primer trabajo práctico a hacer un experimento juntos.

—Felipe, acá te pongo todos los elementos, tenés probetas, los solutos y los solventes. La llama se prende así, ¿ves?

—Profesora, yo también hago el experimento —dije ofendido.

—Sí, sí, seguro. Bueno, Felipe, cualquier duda me llamás, ¿de acuerdo?

Un poco bestia, la profesora. Pero pensándolo bien, no fue su culpa y no lo pudo evitar. El chico tenía un carisma tal que hacía que todos a su alrededor quedaran opacados hasta la invisibilidad.

Sin embargo, Felipe quiso ser mi amigo, y yo lo dejé. Me halagaba e intimidaba a la vez. En las fiestas, estaba claro quién bailaría con la más linda.

Crecimos e ingresamos juntos a la universidad. A los dos nos gustaba la biología y éramos muy buenos. Él era brillante. Yo lo era más, pero él obtenía mejores calificaciones, invitaciones a equipos de investigación, menciones en la prensa académica. Felipe se casó con Débora, la reina de la facultad, una belleza despampanante que terminó como conductora del principal noticiero de televisión del país. Yo me casé con Agustina, una investigadora de belleza moderada, pero con un mundo interior inmenso. Entre microscopios y besos, me enseñó que el universo era apasionante y mágico. Era rigurosa, y dulce como la miel. Pero cuando me desprendía de su mirada tierna, ahí estaba el éxito terrenal de Felipe horadándome, envenenándome.

Ambos obtuvimos cátedras en la facultad, y encabezamos importantes investigaciones. Las de él más que las mías. A mi cátedra venían estudiantes que no habían conseguido cupo en la suya. Siempre así. Mi vida mejoró cuando se fue con Débora a Boston, a dictar una cátedra en el MIT. Heredé su clase en la facultad. Eran sus migajas, pero no me podía quejar, porque también estaba creciendo. Agustina y yo trabajamos duro, tuvimos hijos estupendos y nietos hermosos. Lo más parecido a la felicidad. Tanto, que casi logré olvidarme de Felipe.

De eso pasaron veinticinco años. Hace un mes la noticia me golpeó como un rayo: mi amigo, el Profesor Felipe Contreras, era laureado con el Premio Nobel de Medicina por sus aportes en materia de micropatología. Con el periódico en las manos me miré al espejo, y me vi muy cansado.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando Felipe me anunció que venía a verme desde Estados Unidos.

—Quiero visitar la tumba de mis padres antes de seguir viaje a Estocolmo. Y te quiero ver a vos.

Cuando le abrí la puerta vi un hombre más quebrado que yo. Por fin.

—Con Débora no duré mucho —me contó, sentado sobre el sofá, arrugado. Intenté hacerlo sentir cómodo, pero mis centros de placer estaban al máximo—. En el fondo siempre fui un bicho de laboratorio. En los cócteles de científicos se aburría de escuchar charlas sobre bacilos. Al final me dejó por una estrella de la televisión. Mi vida fue una mierda, me di a la bebida, mis hijos no me hablan. Hasta fumo marihuana en el laboratorio… ¿entendés? Soy el tipo más desgraciado del mundo, Julio, te juro, y el único amigo que me queda, al final del camino, sos vos.

—Pero Felipe, ¿me estás cargando? Arriba el ánimo. Te acaban de dar el Nobel, sos el biólogo más exitoso del mundo. Me extraña tanto lo que me decís. Yo siempre te tuve una sana envidia —le mentí. Mi envidia nunca fue sana.

—¿Me lo decís en serio? Mirá qué loco es todo. Yo siempre te envidié a vos.

No supe qué contestar. Esa sola frase fue un cimbronazo que todavía me dura.

Me pidió que lo acompañara a Suecia y yo, reconciliado con él y con la vida, no pude negarme. No me hacía ilusiones, él seguía siendo mi Mozart y yo su Salieri: él era el del Nobel y yo el que lo aplaudía desde la platea. Pero mi vida era perfecta y siempre lo había sido. Con Felipe en algún café de Estocolmo, el chocolate caliente también lo fue.

El mentiroso

Entre tanta dificultad después de siete años de estudios universitarios, nada podía venirme mejor que la invitación de Jimmy, el ayudante de laboratorio del secundario, a su boda. Me contactó personalmente por whatsapp, y me dijo que todos los compañeros vendrían, lo cual convertía el evento en un encuentro de exalumnos.

Recuerdo nuestro laboratorio, en el Instituto Nacional, el colegio más patricio del país. Piso de madera, pupitres al tono, viejos y pesados, implementos de la época de la colonia. Cuando la profesora explicaba alguna hidrólisis, comenzaba la diversión. Jimmy nos educaba, de un modo apasionante. Nos divertía con historias de científicos, con sus locuras y sus romances. A todo eso le agregaba chistes y chimentos frescos de la sala de profesores.

Jimmy era también un alma noble. Ya en el primer año de laboratorio nos dio un sermón que me cambió la vida. Habíamos iniciado un festival de bromas pesadas contra Maximiliano por ser disléxico. Lo llamábamos Nimaxiliano, lo obligábamos a recitarnos poemas y anotábamos en el pizarrón las palabras cambiadas. Nos moríamos de risa. Jimmy se lo llevó al patio, lo calmó, habló con él, y le sonsacó que, además, lo golpeábamos en los recreos.

―Yo sé lo que es cuando las letras te bailan, y no sabés cuál va primero ni cómo se engancha una sílaba con otra ―dijo cuando volvió a entrar, la sala llena de un silencio mortal, mirándonos a los ojos a cada uno―. Cada día se convierte en una lucha, porque la pregunta es si lograré entender el material del examen. Y si lo entiendo, si lograré escribir. Si voy a volver entero ese día a casa. Qué le voy a decir a mi vieja y qué hago con su angustia. Yo también sufrí lo que Maximiliano en los recreos. Los golpes, las humillaciones… Miren, no sé quién les dijo que tenían derecho a maltratar aquí a alguien. Tampoco sé cómo lo arreglamos, más que castigar o expulsar a alguien si lo agarro infraganti, porque sería mi deber. Pero no es la solución, porque yo sé dos cosas: que todos ustedes son buenos pibes, y que no entienden que están haciendo algo perverso. Eso, me sabrán disculpar, los convierte en gente menos inteligente de lo que ustedes creen que son, así que bájense del caballo. Por eso sepan: yo sé que ustedes son buenas personas y confío en ustedes; pero, al mismo tiempo, si alguien se vuelve a meter con Maximiliano, se está metiendo conmigo. Ustedes son buenos pibes. No me caguen.

De modo asombroso, eso arregló los problemas del chico disléxico. Jimmy se convirtió en nuestro líder por hablarnos con la verdad, sin amenazas a tono con la época ligadas a la ley y el orden, sino algo que nos sonó sincero. Nos estaba enseñando algo valioso, y también nos estaba respetando. Desde entonces, cada clase con él fue una fiesta, al punto que lo llevamos como docente a nuestro viaje de egresados.

Ahora, nuestro querido Jimmy se casaba. En la boda había egresados de varias promociones. Todos alabamos a Jimmy por su nobleza y su habilidad para ser uno más entre nosotros y, a la vez, seguir siendo nuestro docente. No pude dejar de relatar la anécdota de su dislexia.

―No era disléxico, era obeso recuperado ―dijo Giacomuzzi, de una promoción mayor a la nuestra―. Lo que vos contás lo hizo con nosotros también, porque lo cargábamos al Gordo Ojeda. En realidad, pobre, lo cagábamos a piñas.

―No puede ser ―dije―. No le da el formato óseo para ser obeso recuperado. Pero qué sé yo, nunca se sabe.

―Dijo que había bajado cuarenta y tres kilos.

―Todos ustedes tienen la memoria atrofiada ―intervino Gayosa, dos años menor que nosotros―. Jimmy es judío. Nosotros lo tomábamos de punto al Ruso Warshavsky aquí presente, así que él nos habló de cómo lo perseguían los antisemitas en el recreo. Hasta nos mostró una svástica que le habían tatuado en un brazo en el baño del colegio.

―Sinceramente, muchachos, Jimmy me salvó la vida ―dijo el tal Warshavsky.

En ese momento sonaron algunos acordes en la iglesia, que anunciaban que la ceremonia estaba por empezar. Nos miramos, sin saber cómo traducir la intuición que empezaba a tomar forma en todos nosotros, y que veíamos asomar. Alguien empezó a preguntarle a Warshavsky cómo era posible que Jimmy se casara en una iglesia siendo judío, pero había que hacer silencio, así que la pregunta quedaba para después. Hermanados por una sensación de grave secreto, sin hablar, fuimos a sentarnos en la misma fila.

Sonó la marcha nupcial, Jimmy entró con su madre del bracete. Me olvidé de lo que acababa de ocurrir. Lo veía emocionado, radiante, feliz, y me alegré tanto de verlo que me dieron ganas de abrazarlo. Cuando pasó junto a nosotros, lo llamamos, y él nos saludó con aquel gesto entusiasta de siempre. Le dimos la mano y le palmeamos la espalda. Jimmy quizás había sido un mentiroso, pero era el mentiroso más noble que se hubiera visto sobre la faz de la tierra, y nosotros lo perdonábamos en ese mismo instante.

Después entró Camila, la novia, una chica muy guapa, también feliz. Nosotros nos codeamos mientras pasaba al lado nuestro. Entonces el cura dijo las consabidas frases y habló de la santidad del matrimonio. Cuando preguntó si había alguien que se oponía, o que callara para siempre, dejó un segundo de silencio reglamentario.

―¡Yo me opongo!

Las cien personas que llenábamos el recinto nos dimos vuelta hacia la entrada. Por el pasillo central caminaba a paso vivo otro exalumno, de una promoción inferior a la mía. Su cara me sonaba apenas conocida. Alguien murmuró: «el trolo Tabbiani».

El cura, al parecer, había olvidado cuál era la fórmula si alguien de verdad se oponía. Debían hacer siglos que no le ocurría.

―Acérquese, por favor, y…

―No me acerco nada, padre. Me quedo acá en el medio para que todos escuchen bien lo que está haciendo este homosexual reprimido. Jimmy, mi querido Jimmy. No lo hagas.

Los exalumnos comenzamos a acercarnos. Le decíamos que pare, que no era cierto y que después le explicábamos. Pero nos quedamos de una pieza: Tabbiani había sacado una pistola.

―Me dijiste tantas cosas. Me hiciste sentir tanto. ¿Por qué arruinar nuestro amor en pos de un mandato social primitivo y decadente? ¿No te carcome la vergüenza? ¿Estás dispuesto a vivir a escondidas? ¿Por qué mejor no te plantás ante todos, aquí y ahora, y salís del armario?

―Pará, Diego, pará ―le dijo Jimmy desde el púlpito―. No es como vos lo planteás.

―Ah, ¿no? Me salvaste en la escuela, me defendiste y les dijiste a todos que vos también eras gay, ¿te olvidaste? ¿Y ahora te casás? Asumilo, no lo ocultes. No me estás traicionando a mí. Te estás traicionando vos mismo. Camila, lo lamento. Tu novio es gay y yo lo amo, es la triste o la feliz realidad, y se casa con vos por el qué dirán, nada más. Ahora decime a quién le disparo. A él, a vos o a mí mismo, pero esta boda termina acá.

La novia, por un misterioso instinto, se puso delante de Jimmy, escudándolo a medias.

―Dejá. Lo decido yo ―dijo Tabbiani, y apretó el gatillo.

La boda, efectivamente, quedó anulada.

El último beso

Hay moribundos que saben despedirse. Ahí está Clara, pobre mujer, carcomida por el cáncer. Ya sabe que quizás no pase la noche, y justo vino una multitud a visitarla. Como si lo hubiera planificado. No sé por qué. Es terapia intensiva, en general no hay visitas, y menos multitudinarias, pero el marido pidió y lo dejaron traer a toda la hinchada. Y la gente vino, debe ser porque es viernes, andá a saber. Por lo menos entran de a uno, que si no, nos despiden a todos.

Entra una chica embarazada. Debe ser la hija. Se la banca bien, no llora ni nada. Habla bajito, para no molestar a los de al lado. “No sabés cómo se mueve, ma. Vení, tocá”. Toma la mano de su madre, conectada a cables y sueros, y se la coloca en el vientre. A Clara le duele, casi intervengo, pero se la banca y toca la panza de la chica. Apenas puede hablar. “¿Es varón?” “No, ma, nena. Ya te había dicho. Vas a ver qué linda que va a ser. Seguro que se parece a vos. No me jodas y ponete bien, ¿dale? Todavía la tenés que llevar a la plaza y hamacarla. Menos mal que terminaste el saquito de lana. Quedó precioso”. Clara hace que sí con la cabeza, y abre la boca para decirle algo; su hija la abraza para escucharla mejor, ella levanta las manos y le toca los costados de la panza. Es todo el abrazo del que es capaz. Ahora sí, la joven llora, después se va. Clara se queda ahí, mirando impávida al techo. Lo vi muchas veces. Los deudos vienen, estimulan, sienten, se despiden, pero el moribundo ya transmite en otra frecuencia. Morirse da mucho trabajo, y es un trabajo solitario.

Entra un muchacho. También le agarra la mano, en cualquier momento se le sale el suero, yo alerta. El pibe no para de hablar. Le cuenta de la carrera, de los exámenes, de la novia que lo dejó pero por lo menos tiene otra mina en vista. Le cambia de tema, ahora es el fútbol y los goles de Messi que no sabés qué bien que la toca, y se ganó el quinto balón de oro y ni se mosqueó. Y, es Messi. En la liga de los empleados municipales van terceros en la tabla, si no fuera por ese referí bombero. Me acerco, le rozo el hombro. “No queda mucho tiempo”, le digo, “si quieren que pasen otras personas es mejor que…” El pibe se da vuelta y me fulmina con la mirada. Después se calma, se da vuelta hacia la madre y le da un beso. “Dale, fenómena, nos vemos mañana”. Clara le pone la mano en el pecho, frenando el abrazo. Lo mira fijo, aunque le cuesta horrores. Toma otra bocanada de aire y le dice con fuerzas que son las últimas, “Te quiero mucho”. Él no le da importancia, sigue su rutina motivadora. “Sí, ma, yo también te quiero, cuidate y no hagas rezongar acá a los doctores, mañana si querés te traigo un alfajor, y si te portás bien nos bailamos un tanguito acá en la sala, ¿dale?” Entonces le da un beso rápido. Clara lo abraza, más fuerte de lo que en realidad puede, y lo besa también. Es un beso largo, como en cámara lenta. A la boca le cuesta llegar a la mejilla, se mueve como un caracol vencido y cuando llega a la meta parece que se ha olvidado cómo se hace, cómo se transforman los labios en un círculo chiquito, cómo se cierran mostrando esas ranuritas arrugadas. Entonces el beso sale contrahecho, como media sonrisa que toca una pared mientras la otra mitad se queda huérfana y abierta, dejando entrar un aire desinfectado de hospital. Entonces, cuando se sueltan ella dice en un murmullo, como para compensar ese beso incompetente: “Estudiá”. Y se relaja.  El chico se da vuelta desde la puerta y se le ríe: “No cambiás nunca, ma”, y sale al pasillo.

Eso me desarma. El pibe todavía no sabe que su madre le ha dado el último beso, que el “te quiero” fue su despedida, y que el “estudiá” su legado.

Después de otros parientes y amigos, entra el marido con ojos brillosos. No trata de levantarle el ánimo. Solo le susurra. Me acerco disimuladamente para escuchar. “…el hombre más feliz de la tierra. Yo quería irme antes. Pero me las voy a arreglar acá, y vos me esperás allá. No te preocupes por nada. Descansá. No me muevo. Yo me quedo acá con vos”. Le besa la mejilla,  le acaricia el pelo y, creo, le canta una canción.

Tengo que salir a hacerme un café. No conviene que los médicos me vean moqueando. Cuando vuelvo, el marido todavía está allí. Después, cuando ella se duerma, lo convenceremos de irse a su casa, que acá no hay nada que hacer. A la mañana temprano, recibirá un llamado. Cuando el corazón de ella deje de latir, en mitad de la noche, yo apretaré un botón rojo. No servirá de nada, pero es la rutina.

El lápiz mágico

Las cosas se habían puesto serias con Danielón y su grupo. Matías había decidido que formáramos nuestro comando de defensa. Ese día nos dijo que tenía algo importante para mostrarnos, y que nos serviría para ganar la siguiente batalla, a la hora del patio en el preescolar. Así que nadie se atrevió a llegar tarde. Pero cada uno tenía sus asuntos. A mí Gabriela me perseguía desde hacía días para casarme con Nancy.

—Dale, Gusti, que Vero y Mariana justo se robaron una taza de arroz de la cocina para tirarles al final.

—Pero Gabi, tengo reunión con Matías, Juli y Gastón, ¿no podemos esperar hasta después de la leche con galletitas?

—No, nene, no, porque la leche con galletitas va a ser la fiesta de casamiento. No entendés nada, vos. Te lo expliqué como mil veces ayer.

—Bueno, está bien, pero rápido, porque tengo otras cosas que hacer. —La verdad es que me gustaba más estar con Gabi cuando pintábamos y aprendíamos a leer con las carpetas nuevas. Esperaba que Gabi siguiera con nosotros cuando empezáramos primer grado. Decía que tal vez se mudarían a otra ciudad y eso me ponía un poco triste.

El casamiento fue una tortura, Gabi y Nancy cantaban la marcha nupcial en el patio, Nancy me agarraba fuerte el brazo y Gabi me pellizcaba para que cantara yo también. Mientras, en un rincón del patio junto a las hamacas, Matías les mostraba algo a los demás. En la otra punta, al lado de las llantas pintadas de colores sobre el arenero, Danielón y sus amigos juntaban unas patas de silla rotas y espadeaban entre ellos, como para probar si se rompían. No servía para nada, porque nos las querían romper a nosotros en la cabeza, y nosotros no teníamos con qué espadear.

—¿Jurás amar para siempre a Gusti, no hacer hijitos porque es algo asqueroso, como mucho comprar un gatito, y enseñarle a Gusti a cocinar y a lavar los platos, así no hacés todo vos?

—Sí, obvio.

Yo veía que Danielón me miraba, revoleando su pata de silla y riéndose canchero, como si dijera: “Jugá con las nenas, nomás, mariquita, que acá te estoy esperando para romperte todos los huesos”. Del otro lado, Matías y los otros formaban una ronda cerrada, agachados en la arena con la pared del patio haciéndoles sombra. Gastón me hacía señas de que alargara la ceremonia. Eso servía para distraer a los grandotes mientras ellos se preparaban.

—¿Jurás cuidar a Nancy y jugar con ella a lo que se le dé la gana, no molestarla con el fútbol ni tirarte pedos a propósito, hasta que la muerte los separe?

—Puede ser. Quizás sí, quizás no.

—¿Cómo “puede ser”? —se escandalizó Nancy—, ¿estás loco? Vinieron todos mis parientes de Francia para esta boda. Además ya tenemos reservados los pasajes para la luna de miel en Miami. ¿Qué te picó, pibito?

—No seas hereje, nene —terció Gabi, siempre tan solidaria—. ¿No sabés que si decís que no después de haberte comprometido te vas al infierno?

—Lo que pasa es que el fútbol me gusta mucho, y a mí los pedos no me salen a propósito.

—Por eso, tonto, si no te salen a propósito está bien. Pero lo tenés que probar. Bueno, ¿jurás o no?

Miré a Gastón.

—Bueno, está bien.

—Decí: “Sí, juro”.

—Ufa. Sí, juro.

—La novia puede besar al novio.

Mientras Nancy me perseguía por todo el patio para darme un beso, y Vero y Mariana intentaban embocarnos con algo de arroz, vi algo increíble: los grandotes avanzaban con sus palos, y mis amigos les salían al encuentro con un escudo blindado gigantesco que había aparecido de la nada. Tenía forma tipo Robin Hood, con dos espadas cruzadas, un dragón dorado en el medio y bandas rojas y azules como la bandera del Barça.

Me frené en el medio del patio a ver el espectáculo. Nancy vino y me besó en la mejilla para cumplir, pero estaba interesada igual que yo en ver lo que pasaba. Danielón y los otros le pegaban al escudo, pero los palos rebotaban en él como si fuera un trampolín de goma. Con la otra mano intentaban frenarlo, porque mis amigos los empujaban hacia las escaleras del patio. Pero no hacían fuerza. Caminaban empujando con una mano, gritando alegres y riendo. Era más bien como si el escudo tirara de ellos.

La batalla terminó en que los grandotes se cayeron por las escaleras del patio, algunos dominando la caída y bajando rápido, otros tropezándose. Uno incluso lloró, lo cual era un enorme logro para nuestro grupo. A mí me felicitaron por mi ingeniosa operación de distracción con palmadas en la espalda, y me llamaban “el astuto mariquita”. Yo había estado muy abochornado, pero ahora se me inflaba el pecho de orgullo. Durante la leche con galletitas, todos, hasta Danielón y sus amigos, convertidos de pronto en unas mansas ovejitas, querían saber de dónde había salido el escudo mágico con los colores del Barça.

Matías entonces sacó de su bolsillo un lápiz y una hoja arrugada con el dibujo del escudo y una cruz que lo tachaba.

—Dibujás algo, apretás este botoncito rojo de acá, y se vuelve real. Después lo tachás y desaparece. Se lo compré a Don Alberto, el del quiosco. Me dijo que lo manejara con sabiduría. “El que tiene el lápiz mágico tiene el poder”. Me lo dijo re en serio.

Hubo silencio. Nadie se atrevió a discutir con eso.

Nadie, salvo Gabi.

—¡Qué genial! ¿Podés dibujar un disc-jockey que pase música de Taylor Swift? ¡Es que todavía no hicimos la fiesta de bodas!

—¡Sí! —apoyó Nancy—. Dibujate también una torta de cuatro pisos con la parejita encima y mucha crema, ¿dale? Vení, Gusti, bailemos el vals de los novios.

Mi suplicio duró poco. Myriam, la maestra jardinera, volvió a la salita.

—Chicos, terminó el recreo. Devuelvan las tazas y vayan cada uno a su rincón de trabajo. Recuerden que en un ratito viene la profe de música que a ustedes les encanta, ¿sí?

Algunos chicos dieron saltitos de contentos. Matías borró con un golpe de lápiz el disc-jockey y la torta, y la fiesta terminó.

Myriam no vio nada. Fue una suerte.

Tres segundos

Guilherme Da Silva se despierta y se da cuenta enseguida de que se está por morir. Antes de ver la sangre es la intuición, como un saber profundo, una iluminación fatal. Sólo después ve el líquido rojo que se mezcla con el chorrito de agua y se escabulle hasta el agujero de la bañera. Claramente entiende que la sangre es de él, y que es mucha. Comprueba, después de intentarlo, que no se puede mover. Se va a morir en pocos minutos, tal vez una hora. O dos, como mucho. Pero entonces advierte algo peor, la noticia que se da a sí mismo lo golpea como un rayo: no tiene la menor idea de quién es, ni por qué se está desangrando sin que pueda hacer nada por evitarlo.

Recuerda un golpe en la cabeza, el dolor todavía está allí como una ofensa. Entiende que debería poder palparse todo el cuerpo desnudo hasta encontrar la herida e intentar parar la sangre, pero no logra mover un solo músculo. Llega a una conclusión rápida, porque necesita una certidumbre, cualquiera, y la necesita ahora. El golpe, se dice Guilherme Da Silva, se lo dio al caer mientras se bañaba, se rompió el cuello con la caída y quedó paralítico. Al mismo tiempo algo lo lastimó y le abrió una herida profunda que ahora lo está haciendo desangrar.

Información, información. Puede mover los ojos, mira hacia abajo, es decir hacia adelante, porque está acostado en la bañera. Ve su cuerpo retorcido y horrible, al que ya no siente. Tendré unos cuarenta y cinco años, calcula, por la barriga bastante prominente. Pero ahí, al costado de la panza enorme, ve la herida de bala. Alguien me mató, me mata, me está matando.

Se desespera, como si se estuviera ahogando. Quiere vivir, salvar la vida de ese que le ha tocado ser, quien quiera que fuese. Trata de gritar, pedir ayuda, pero no puede.  Por largos minutos la desesperación es toda su realidad. Pero después se le va pasando, y eso lo sorprende. Más todavía lo sorprende alegrarse, o más bien conformarse, de no poder emitir sonido. Aguza el oído, quizás su asesino todavía está en la casa. Si hubiera logrado gritar estando el asesino todavía ahí afuera, habría sido su fin. No conoce el baño, pero deduce que es de un departamento de medio pelo.

Entonces se asusta otra vez: ¿qué es morirse? ¿Qué me va a pasar? ¿Hay algo después? La puta madre. Le salta a la memoria un relato de Bradbury. Un astronauta se desprende de su nave y se aleja hacia el espacio inconmensurable sin que nadie pueda rescatarlo. El astronauta sabe que va a morir cuando se le acabe el aire del traje espacial y que su cadáver surcará el vacío trazando alguna órbita por los siglos de los siglos. Todo lo que le queda es contemplar la Tierra, admirar su belleza, mirar el espectáculo universal en todas direcciones, cantarse viejas melodías, pensar en la muerte, despedirse.

Se identifica con el astronauta de Bradbury, la imagen lo ayuda a ir resignándose, pero lo envidia, porque además de cantar también puede rememorar su vida. Debo ser un escritor, piensa. ¿Qué otro loco piensa en literatura en una situación así? ¿Y la bala? La bala. Soy un escritor que ha engañado a su mujer, y ella me acaba de pegar un tiro. O el amante de una mujer casada, y el que me pegó el tiro es el marido cornudo.

Muy banal, demasiado fácil, poco imaginativo. Las preguntas entonces se disparan, mientras ve su panza con la herida de bala, la sangre que baja a borbotones, el chorro de la canilla y el agujero de la bañera por donde se le va la vida.

¿Quién soy? ¿Tengo familia, mujer, hijos, alguien llorará mi muerte, alguien se habrá dado cuenta de que no estoy donde debería estar, tengo un trabajo al que debería acudir, seré jefe, tendré secretaria, una madre, un cuñado, alguien, intentando localizarme? Busca su propia profesión. A qué me dedico, carajo. Rápido, rápido. Abogado. Eso, seguro. Abogado penalista, o juez. Mandé preso a alguno que ahora salió libre y se está vengando. Inventa caras de presos, a ver si alguna se superpone con alguien a quien conoce de verdad, como en esos detectores de caras de las series policiales. Tal vez sea un dibujante, un fotógrafo, un actor de cine.

Surge una cara conocida en la pantalla de su mente. Eureka. Es una cara no muy clara, pero es algo. Enseguida se desespera, porque tiene en la punta de la lengua la circunstancia de esa cara, pero no logra entender quién es. Hasta podría ser su propio rostro, pero ni siquiera eso le arranca un sí soy yo y un alivio. Es una cara de hombre, pelo castaño claro con entradas de calvicie, mirada triste con ojeras, barbita de candado, camisa a cuadros y chaqueta de jean. La euforia de esa migaja de memoria se mezcla con la frustración. Sos un idiota, se dice. Te acordás de los cuadros de una camisa y la tela de la chaqueta, pero no tenés la más puta idea de quién sos ni de qué hacés acá.

¿Qué siento por ese tipo? Vamos, él es todo mi mundo ahora, se dice Guilherme Da Silva, que ni siquiera recuerda su propio nombre. ¿Es un ser querido, temido, despreciado? ¿Es inteligente, bondadoso, corrupto, criminal? Le tiene miedo, cree. Quizás es mi asesino. Ojalá, piensa, porque necesita estar seguro de algo. No. Paciencia. Le tengo paciencia. Es algún hermano que le salió torcido a nuestros padres, que dejó los estudios, que cayó en la droga y que siempre está entrando en la cárcel porque es un infeliz y un fracasado, y yo soy su hermano abogado y lo estoy sacando siempre porque me da lástima y porque soy su hermano… No, tampoco. Me cago en la hostia.

Los minutos corren y Guilherme Da Silva empieza a debilitarse, sabe que no le queda mucho tiempo. Llega a una conclusión terrible: se está muriendo dos veces. Recordar quién es y qué le pasó será recobrar su propio yo, arrebatarle al asesino una de sus vidas, cancelar al menos una de las dos muertes. Salir empatado, en lugar de dos a cero. Fútbol. Eso, le gusta el fútbol. ¿De qué cuadro es? Es un barra brava, piensa, uno de la contra le disparó a la salida de la cancha y llegó arrastrándose hasta aquí, se sacó la ropa ensangrentada y al entrar en la bañera se cayó dándose con la cabeza en el borde y rompiéndose el cuello.

Es un barrendero municipal, un político de barrio, un remisero en conflicto por territorio, un traficante de droga, un profesor de química en la escuela secundaria, un cantante de rock, médico cirujano, carpintero, ministro corrupto, cafishio, empleado de impositiva, ingeniero agrónomo. Nada le despierta la memoria, nada le sienta bien. Podría ser cualquier opción o ninguna. Se va a morir dos veces, nomás, porque ya está, ya queda poco. Siente el cosquilleo del llanto en la nariz, y los ojos que se mojan.

¿Seré buena gente?, se pregunta sobre la hora. ¿O me estaré mereciendo esta muerte de mierda?

Se abre la puerta y siente el sobresalto.

“¿Todavía estás de este lado, hijo de puta?”, pregunta la persona que entra al baño y se va, como quien revisa si los fideos ya están cocidos. Al retirarse, su asesino deja la puerta entreabierta.

Pero Guilherme Da Silva, en un esfuerzo sublime, le vio la cara. Ahora lo escucha ajetreado en el cuarto de al lado, buscando febrilmente algo en la habitación ya dada vuelta.

Entonces, en los últimos tres segundos que le quedan de vida, todo vuelve como un rayo.

Se llama Guilherme Da Silva, recuerda, pero antes era Diego Cifuentes. Perteneció a la organización de trata de mujeres más grande de la Argentina, se encargaba de transportar a las chicas desde las provincias del norte hacia las zonas de Neuquén y Río Negro. Violó a algunas,  pero no por gusto, sino para domarlas, para quebrarles la voluntad. Odiaba esa parte. También tuvo que matar a otras con las que no hubo nada que hacer. Pero un día se cansó, quiso retirarse. Esto no era para él. Había estudiado para maestro de escuela. ¿Cómo llegó a esto?

Sus jefes no lo dejaron abrirse. Entonces se entregó a la justicia y se presentó como arrepentido. Se acogió a un programa de protección de testigos, mandó a algunos peces medianos en cana, y aquí estaba ahora, en Arembepe, un pueblito a orillas del mar en Bahía, en el norte de Brasil. La cara que recordó es la de su contacto, Gonzalo Simeone, al que una vez por año lo mandan para ver si está todo bien, preferentemente en la época del carnaval.

Todo está realmente muy bien, Simeone se va siempre satisfecho y estimulándolo a que siga. Hace cinco años quiso casarse y hasta le pidió permiso. El empleado judicial consultó y se lo concedieron. Se llama Siomara, una bahiana mulatona divina, tan voluptuosa y coqueta como sabia, que le enseñó lo que es la poesía y lo redimió como hombre. Juntos escriben un blog de poemas en castellano y portugués. Se aman con locura, y él la trata como a una reina. Trabaja como barman en una playa y es feliz. Tienen dos hijos, una nena y un varón. Ahora no están porque Siomara se los llevó a ver a la abuela a Irecé, bien en el interior bahiano. Tienen un código: Siomara lo tiene que llamar antes de volver, para saber si está todo bien. Si lo está, le dice el primer verso del poema que más les gusta. Si no lo estuviera, le diría el último, Siomara debe esperar. Lo mismo ocurre si no atiende del todo.

Ahora, vaya a saber cómo, su jefe lo encontró, y mandó a alguien a vengarse. Es el Chacho Rubio, lugarteniente del jefe, que parece que salió de la cárcel. Cuando entró en el baño, Guilherme Da Silva se estaba duchando. Vio al Chacho apuntarle con una Colt 45 y levantó las manos hacia adelante, como si pudiera parar las balas. “No, no, pará…”, le dijo, mientras daba pasitos de escape dentro de la bañera. Se resbaló al mismo tiempo que la bala le entraba en el estómago, se golpeó la nuca con el borde de la bañera y ahí quedó.

Eso es todo. No es una historia gloriosa. Pero es suya otra vez.

Ahora, cuando el Chacho entra otra vez a ver qué pasa, los tres segundos de memoria agolpada se han acabado hace rato. El sicario no entiende por qué, en la bañera, ve a Diego Cifuentes muerto, con una mirada de vidrio clavada en la ventana y una sonrisa de oreja a oreja pintada en los labios.

“Turro malparido”, masculla. Y se va.