Solicitud a Dachau*

Dachau, 3 de abril de 1937

At.: Su Excelencia, Sr. Theodor Eicke

Comandante del campo de concentración Dachau

De mi mayor consideración:

Mi nombre es Angelika Westphalia, domiciliada en la calle Pater-Roth-Strasse número treinta y seis de la localidad de Dachau. Vivo sola, a menos que quieran que cuente a mi perra Lola, pero es una santa y no hace problemas. Yo tampoco los hago. Soy una buena ciudadana del Reich, pago mis impuestos, adoro al Führer e incluso, cuando me lo permiten mis fuerzas y mis dolores, acudo a los actos y desfiles. No a todos, admito. Hay noches en que la gota no me deja dormir, y al día siguiente quedo postrada. A mis setenta y ocho años, debo dar gracias de tener fuerzas para pasar cada día.

Además, creo que la política la hacen otros más dotados que yo. Pero cuando desfilan mis nietecitos Franz y Günther, en cambio, no hay nada en el mundo que me vaya a impedir asistir. En general me visto sola, a menos que la artritis me duela hasta la parálisis. Pero la señora Frida, de la casa de enfrente, se ofrece siempre a ayudarme.

No es eso por lo que le escribo, señor comandante Eicke. Soy una mujer independiente y me puedo valer sola. Prefiero que sigan dedicando el presupuesto nacional a la construcción de nuestra querida Alemania, que bastante castigada ha sido desde el fatídico Tratado de Versalles. Le deseo larga vida a nuestro Führer, y que siempre pueda dedicar el dinero público a la construcción de carreteras, de fábricas, de puentes, al tendido de caños, a seguir emprendiendo obras que den trabajo a todos los ciudadanos del Reich, a nuestro glorioso pueblo.

Por todo ello, señor comandante de Dachau, me dirijo a usted hoy con un pedido especial. No solo para mí, sino para todos los vecinos, en especial los niños, esas almas puras e incontaminadas que recién empiezan a desarrollar el aguerrido carácter que les es propio como miembros de nuestra noble raza aria.

Verá usted. Desde mi casa se ve el campo de detención que tan dignamente dirige Su Excelencia.  En realidad se ven todo tipo de escenas, y espero que no me considere usted como una chismosa de barrio. Desde el día de la inauguración del campo hemos visto pasar miles de prisioneros, que son traídos casi a diario en camiones militares. A veces, como usted seguramente sabe, los bajan a un par de kilómetros más lejos y los hacen correr toda esa distancia hasta el campo.

Muchos vecinos se acercan especialmente y se paran al costado de la acera por donde esos enemigos del  Reich son llevados. No porque les importe ni entiendan de qué se trata, sino nada más para ser testigos de la escena, que rompe por completo el silencio de nuestra pequeña aldea. A nadie se le ocurre ayudar a nadie, no lo sienten asunto suyo. Pero una vez, una muchacha presa, que ya venía extenuada, tropezó y cayó al suelo. Dos vecinos, hermanos ellos, respondiendo a un instinto básico y natural, acudieron a ayudarla. Uno de los guardias les apuntó con su revólver y les hizo alejarse. Acto seguido disparó a la muchacha en la cabeza, y su cadáver quedó ahí tirado por una buena cantidad de horas. Les dijo a los dos hermanos, y yo lo escuché desde mi ventana: “¿Ven? Ahí tienen a su doncella, principitos. Pueden ayudarla ahora, si quieren”. Ellos ya no se atrevieron a acercarse. De por sí, la mujer se lo tendría merecido, no sé ni quiero saberlo, ya le dije que yo de política mucho no entiendo, pero esto causó gran impresión en los laboriosos habitantes de Dachau.

La gente aquí, sabrá usted, es mayoritariamente campesina y obrera, y casi nunca ocurre nada digno de mención. Por eso, la apertura del campo parece haber despertado a nuestra pequeña comunidad. De repente hay de lo que hablar en la iglesia los domingos, más allá del estado del tiempo, el tamaño de la cosecha de este año o la última boda. No es que se hable de su campo ni de los prisioneros, no se preocupe. Eso a muy poca gente le interesa. A veces alguien se refiere a ello llamándolo “la situación”.

Pero no se lo puedo negar: debido a “la situación”, nuestra vieja ciudad cobró vida. Se abrieron nuevos comercios, en especial los dedicados a comida, bebida, y talleres donde se fabrica indumentaria para los presos o municiones. Mucha gente, por eso, está de buen humor, pues el desempleo ha bajado prácticamente a cero.

Le doy un ejemplo, con el solo fin de que comprenda las verdaderas intenciones de la humilde solicitud que le detallo a continuación. Enfrente de mi casa, como le decía, vive mi vecina y amiga Frida Schwenke. Su marido Ludwig es un buen hombre y un patriota, que luchó en la Gran Guerra, en las cruentas batallas que tuvieron lugar en suelo francés, y quedó lisiado. Debido a la humillación de Versalles, no mereció ninguna pensión, pero el canciller Hitler corrigió esa situación y hoy Ludwig es un orgulloso pensionado de guerra del Tercer Reich. No solo eso: junto con Frida y con su hijo han abierto un puesto expendedor de comidas alemanas, destinado a servir a los guardias, a los proveedores y funcionarios del Reich que están de paso. Por supuesto, los habitantes de Dachau también somos sus clientes, y tenemos que reservar comida con varios días de anticipación.

Pues bien. La semana pasada llegué de lo de mi médico y me encontré con un camión de mudanzas frente a su puerta. Le pregunté a Frida si nos abandonaban, y se rio con ganas. “No, qué va, Angelika”, me dijo. “Estamos cambiando todos los muebles. Sofás y mesas para la sala y camas nuevas para los dormitorios, el nuestro y el de nuestra Greta, para cuando viene los fines de semana desde Munich”. Greta, la otra hija de Frida y Ludwig, es el orgullo de nuestra vecindad pues, además de ser una muchacha muy refinada e inteligente, estudia medicina en la Universidad de Münich. Sus padres, de repente, pudieron pagarle sus estudios y ahora también los muebles nuevos.

Ya lo ve, estimado comandante Eicke, el campo bajo su dirección ha traído prosperidad a nuestro querido pueblo. Entre paréntesis, antes de llegar al punto de esta respetuosa misiva, he sabido que es usted soltero, y con todo decoro se me ocurre preguntarle si no querrá conocer a la joven Greta Schwenke. Cuento con el permiso de Frida para cometer esta travesura de vieja. Espero que no me considere una anciana atrevida, pero le aseguro, y que quede entre nosotros, que es una chica de lo más agraciada. Si le parece una idea viable, no deje de hacérmelo saber.

A esta altura de mi carta, usted se preguntará qué es lo que me ha motivado a escribirle, y desde ya agradezco su gentileza, así como su enorme paciencia. Le explico. A mi avanzada edad soy una persona de hábitos. Mis mañanas consisten en asearme y dirigirme a la cocina, donde me preparo tostadas con mantequilla y dulce de frambuesa. Me gusta comerlas acompañadas de un té, leyendo el periódico junto a la ventana. Como siempre, salteo la sección política y voy directamente a las noticias sociales y de cultura. Al levantar la vista, mientras sorbo mi té, veo los ligustros que engalanan nuestra calle pueblerina y, más allá, el campo de concentración.

Ya me he acostumbrado a la presencia del campo. Pero precisamente a esa hora, a la hora de mi desayuno, los gritos de los prisioneros al ser torturados llegan claros y fuertes desde las barracas más cercanas.

Me imagino que los encargados del campo están haciendo un trabajo importante al intentar sonsacar por las buenas o por las malas valiosa información a comunistas y demás gente subversiva. Pero mi médico me ha dicho que debo evitar toda situación que me haga sufrir tensiones, pues sufro también de presión alta.

Mi solicitud es, si fuera tan amable, que tenga la deferencia de instruir a sus subordinados en el campo para que efectúen las torturas pertinentes en las barracas más alejadas. Como le decía antes, no solo los adultos escuchamos los alaridos, sino también los niños, pues se trata de las horas tempranas, cuando los alumnos pasan por aquí en su camino hacia la escuela. Cuando sea el padre amoroso que estoy segura será, se dará cuenta de que no es un espectáculo precisamente apropiado para criaturas de tan tierna edad.

Agradezco desde ya su esfuerzo en hacer lo que esté en sus manos para resolver esta incómoda situación.

Atentamente,

Angelika Westphalia

PD: Mantengo en pie mi invitación a conocer a la joven Greta. Si está disponible este próximo domingo a las cinco de la tarde, hágamelo saber con tiempo, de modo de poder preparar mi famoso strudel. Y desde ya, le ruego se quede tranquilo, pues este asunto quedará entre nosotros.

*CUENTO PREMIADO: Este cuento ha obtenido el primer puesto en el VII Cibercertamen de literatura breve de la Asociación ANIM en Lleida, Cataluña, sobre el tema: “No sabe/No contesta. La Indiferencia”, en fallo emitido el 23.10.2015.

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El bosque de los ranulfos

Fui lanzado allí como nuevo miembro del comando de elite. En un momento más, lo sabía, las formas en el entorno comenzarían a cambiar, y yo debía actuar con rapidez para dar con lo que se suponía debía encontrar. Cada vez, las reglas del juego serían otras. Era un bosque tipo sur argentino, pero al pasar la primera fila de árboles, como si los hubiera activado yo mismo pasando por un ojo eléctrico, las copas de los árboles se unieron y convirtieron el lugar en reino de oscuridad. Activé la linterna de mi celular, aunque la batería estaba apenas a medio cargar, y así pude ir avanzando por el suelo cubierto de ramitas. Eso provocaba demasiado ruido al paso de mis botas, y me preguntaba cómo evitarlo. El bosque mismo me dio la respuesta: el suelo, enseguida, se convirtió en una masa apestosa de moho y barro. El olor era bastante insoportable, pero ya no había ruido de ramitas crujientes. Bueno, ahora era agua, y yo quería pasar desapercibido a toda costa. Hice silencio y traté de escuchar otros chapoteos en el barro. Unos estaban muy cerca, así que los iluminé con mi celular. Era Nahuel, que me hizo señas de que allí, más adelante, había un ranulfo, y que por lo tanto yo era un tarado al tener semejante luz prendida. Antes de apagarla, iluminé hacia adelante. A diez metros estaba el monstruito. No era más alto que nosotros, pero tenía seis patas como un insecto, ojos de hormiga y antenas. O sea, una hormiga gigante. Era además carnívora, según nos habían dicho. Así que no había tiempo que perder.

—El ranulfo nos ve a nosotros en la oscuridad —le susurré a Nahuel—, así que de nada sirve apagar la linterna. Prendé la tuya también, intentamos encandilarlo, lo rodeamos y lo atacamos a la vez.

Pero el ranulfo no esperaba que termináramos de planificar nuestra sofisticada táctica. Al levantar otra vez la linterna, tenía al ranulfo encima de mí. Lanzó una de sus zarpas contra mi mano, haciendo caer el celular al suelo empantanado.

Después de tanto entrenamiento en Kung Fu, se trataba de un error imperdonable, pero de algún modo el ranulfo había logrado avanzar sin que yo lo sintiera. No volvería a ocurrir. Inmediatamente desaparecí de su vista, buscando rápidamente puntos de referencia para guiarme hacia un punto seguro, que me diera ángulo para apuntar mi pistola. Nahuel también reaccionó rápido y ya estaba detrás de él. Juntos comenzamos a dar grititos para confundirlo, y quedó ahí parado, sin saber para qué lado atacar primero. Una fracción de segundo después le disparábamos a las tres partes del cuerpo. Se desplomó para mi lado, por desgracia, bañándome con el agua barrosa y nauseabunda del pantano. Eso divirtió mucho a Nahuel.

—No te me acerques, zorrino apestoso. Avancemos a cinco metros de distancia —dijo.

Intenté palpar el piso alrededor del ranulfo muerto para recuperar mi celular, pero ya no había lo que hacer. Estaba a oscuras y estaba incomunicado. Pero escuchamos otros chistidos de uno y otro lado, así que éramos toda una fila de comandos que avanzábamos juntos, ayudados por ruidos significativos, como las ballenas.

No nos sirvió de mucho. De pronto los árboles volvieron a transformarse y esta vez se podían mover. Arrancaron sus raíces, haciéndonos saltar de un lado al otro, esquivando golpes y olas de pantano en la oscuridad. Fue un verdadero infierno. De pronto vi la cabeza del médico cirujano en la punta de una rama avanzando hacia mí.

—¡Cuidado, Fernando! —me gritó el médico— ¡Vení por acá, seguime!

De otros árboles salieron, como si las parieran, enfermeras con máscaras de gas anestesiante. En lugar de dirigirse a mí persiguieron la cabeza del cirujano, que ahora se alejaba por un tubo transparente esquivando árboles y ranulfos con gran habilidad.

—¡Vuelva, doctor Gutiérrez, vuelva! ¡Todavía no le sacó las amígdalas!

Al final, varios ranulfos atajaron la cabeza del doctor Gutiérrez, que se dio vuelta y me miró con desesperación pidiéndome con ojos desorbitados que lo rescatara. Miré en derredor buscando a Nahuel y a los otros, pero ya no había nadie allí. También me di cuenta de que ahora podía ver. La luz casi me encandilaba. Las enfermeras, con muecas diabólicas, maléficamente felices, tomaron la cabeza del asustado cirujano y la colocaron en una bolsa. Yo intenté una y otra vez dispararles pero mi pistola se había trabado.

Eso fue el fin. Un ranulfo inmenso me atrapó con sus dos patas medias, mientras con una extremidad superior me agarraba la cabeza y con la otra hurgaba en mi garganta buscando mis amígdalas para arrancarlas con violencia. Me preparé para morir.

Abrir los ojos me dolió, pero menos que tragar saliva. De un lado vi a mi papá con su traje de oficina y la corbata sin desatar, a pesar de que transpiraba a mares. Me dio un beso en la frente y el regalo que le había pedido: una ballesta con flechas de sopapo. Mi mamá, del otro lado, me mostraba la Anteojito, y también la Billiken, a pesar de que era la revista enemiga.

—¿Cómo estás, tesoro? —me saludó mamá—. Enseguida te van a traer helado. Ya te operaron. ¿Viste que no era nada? Como todavía dormías les pedí que te trajeran de vainilla y dulce de leche, como te gusta. ¿Podés hablar?

—…

Un minuto después pasó el doctor Gutiérrez y preguntó desde la puerta cómo iba “el chico valiente”. Me sentí culpable de no haberlo podido rescatar, pero me alegré de que su cabeza estuviera sobre sus hombros. Le levanté una mano triste como saludo. Él sonrió con ganas y siguió de largo.

Comer ese helado fue casi tan difícil como luchar contra los ranulfos. Pero era preferible.

Tratamiento de conducto

Paula recibió otra carta de la universidad, pero de nuevo el sobre estaba vacío. “No hay duda, el país está haciendo todo lo posible por echarme”, pensó. “Invierten fortunas para vaciar hasta las macetas de los patios, pero para saber si me recibí o no, me tengo que tomar un colectivo”.

Se subió al colectivo que iba para el centro, pagó con canicas, porque ya no quedaban monedas, y se preparó para una hora de nada, de pie, porque habían quitado las butacas. Sacó su libro, lo sostuvo con una mano, y se aferró a un caño con la otra. “Por lo menos todavía queda aire en las gomas, y nafta para el motor, pero tampoco eso es seguro”, se dijo.

En el camino intentó llamar por el celular a Ignacio, su novio, para avisarle de lo ocurrido, aunque sabía que era inútil. Los celulares funcionaban de modo azaroso. Sus relaciones habían dado el salto a la época pretelefónica, donde la gente se visitaba por sorpresa. Volvieron los tiempos en que alguien tocaba a la puerta y uno se preguntaba: “¿Quién será?” Así que ahora, Paula ni siquiera podía avisarles a sus amigas que vinieran con ella, por si había que tirarle huevo y harina para el festejo, si se había recibido de odontóloga. De todos modos, se consoló, en los almacenes de sus barrios ya no había ni huevos ni harina.

La principal actividad del gobierno era la de vaciar, vaciarlo todo. El Ministerio de Pensamiento Positivo lo proclamaba en grandes pósters que cubrían fachadas de enormes edificios vaciados por dentro: “Creamos espacios. Junto con vos”. De hecho, el dinero había desaparecido, y el Banco Nacional había sido convertido en un museo de arte comunitario. La gente trabajaba haciendo coaching, psicología, masajes, blogs, sitios web, consultoría de empresas, música, grupos de autoayuda y películas, y cobraban recibiendo exactamente lo mismo.

Sin poder concentrarse en el libro, Paula recordó la visita que había hecho tiempo atrás con Ignacio y su sobrinito Hugo al Teatro Raimúndez, un complejo cultural gigante que habían montado en el viejo edificio de la Dirección de Puertos. Total, el puerto estaba vacío y ya no quedaban barcos que dirigir. Los espacios eran gigantes, el teatro en sí era magnífico, y alguna que otra sala interior estaba buena, como el Museo del Hada Patricia. Pero cuando se llegaba a la sala El Legado de un Líder, en memoria del fallecido Gustavo Raimúndez, la sensación que le había dado a Paula era la del vacío total: una sala enorme, unos espejos en el medio y frases de Gustavo en las paredes, algunas de ellas en escritura especular, para ser leídas por los espejos. Era el coherente legado vacío del gran líder: apenas unas frases, la mitad de ellas invertidas. Como vaciar diciendo: “Creamos espacios”.

Ese día lloró, y pensó que lo mejor sería irse. ¿Qué clase de clínica odontológica podría ofrecer a sus pacientes? ¿Qué tratamiento les haría? “Ah, sí: tratamientos de conducto”, pensó, y sonrió con amargura.

Llegó por fin a su parada. Se bajó y caminó unas pocas cuadras hasta la Facultad de Odontología. Tuvo que hacerlo por la acera, porque en las veredas ya no había baldosas. Esquivando coches parados, porque eran puro chasis, pasó una vez más por locales vacíos, quioscos sin mercadería, edificios sin departamentos. Pasaron algunos chicos de vuelta de escuelas sin pupitres, con sus mochilas a cuestas vacías de libros, pasaron maridos sin barriga que arrastraban changuitos del mercado sin frutas ni verduras, camiones que descargaban cajas de mercadería conteniendo la nada. La gente también estaba creando espacios.

Paula llegó por fin a la facultad, donde se cruzó con empleados que sacaban a toda velocidad cajas llenas de libros de salud bucal. Era el turno de “Odonto”. Corrió hasta la Dirección Administrativa, pasando por pasillos donde albañiles con estómagos vacíos volteaban paredes a mazazos, y se topó con una empleada eufórica.

—¡Qué día, querida, qué día! —le dijo la empleada como bienvenida—. Hoy iniciamos una nueva era en nuestra querida facultad, ¿no te parece maravilloso?

—No lo sé —respondió Paula—. Si me recibí, sí. ¿Cómo hago para enterarme?

—Ay, qué negativa, che. ¿Qué pasó? Seguro que recibiste uno de nuestros sobres vacíos. ¿No es súper creativo? Así te invitamos a que vengas personalmente, estimulamos el encuentro humano, creamos el espacio para diálogos como este…

—Sí, pero… ¿Y mis calificaciones?

—Primero hay que pensar en el país, corazón. ¿Siempre sos así de individualista? ¿Tus calificaciones? No sé, hoy vi a algunos dirigentes del Centro de Estudiantes que se llevaban todo. Estos chicos son un encanto, siempre comprometidos en el quehacer de la facultad, rompiendo los patrones institucionales para una sociedad mejor. Preguntales a ellos, mi amor.

Paula no se alteró. Después de todo, ella también era un producto histórico de su tiempo y su contexto. Subió corriendo al Centro de Estudiantes, donde la recibieron tomando vino y escuchando música popular. Tenían tiempo, porque no había nada que hacer.

—No, compañera. Los expedientes ya están en los camiones —le dijo un chico carismático, exultante de felicidad—. ¿Un vinito?

—No, gracias. ¿Adónde se los llevan? —preguntó Paula, ahora sí medio desesperada.

—¿Cómo adónde? Qué pregunta ocurrente. ¡Chicos, pregunta acá la compañera adónde se llevan los expedientes!

Todos estallaron en una sonora carcajada. Uno solo, un poco más serio, la tomó de la mano.

—Vení, quizás lleguemos a tiempo.

Corrieron hasta el camión estacionado a la salida. Estaba lleno de expedientes. La primera cosa llena que Paula veía en meses. Con el chico del Centro de Estudiantes buscó y hurgó, mientras otros empleados cargaban más cajas. En un momento encontraron la carpeta de Paula.

—¡Acá está! —gritó el chico—. ¿Ves? Con espíritu positivo y solidaridad social, conseguimos todo. Pensá que antes estábamos peor.

Paula le dio las gracias al militante y se bajó del camión toda transpirada. Se sentó en el piso de tierra de la Plaza Universitaria, buscó en la carpeta y encontró su certificado analítico, el mismo que debió estar en el sobre que había llegado esa mañana a su casa.

Miró a su alrededor. La plaza estaba vacía de bancos, césped y gente, pero estaba llena de palomas.

La niñez de Jok

El soldado árabe volvió a apuntar contra Jok, pero esta vez no tuvo miedo. Sencillamente volvió rápido al refugio debajo del armario y esperó a poder salir otra vez y jugar con él a la pelota. Seguramente le tendría preparado alguna papa, algún melón.

Su papá, un orgulloso soldado Dinka, había cavado durante días, en un armario colocado en el rincón más alejado de la casita, para que todos pudieran refugiarse llegada la hora. Pero un día se fue con las milicias libertadoras, y hacía meses que no lo veían ni tenían noticias. Cuando llegaron los árabes, mamá alcanzó a ordenarle a Jok que entrara al refugio. Mamá cerró el armario, a pesar de que Ayén, su hermana mayor, no había vuelto aún de pastorear. Jok escuchó cómo Ayén llegaba corriendo y lloraba con mamá, justo cuando entraban los soldados árabes. Escuchó gritos, golpes, rasgaduras de ropa, jadeos. Luego, los gritos de hombres y mujeres, sus mujeres queridas, se fueron alejando.

Jok recordaba de memoria las instrucciones de papá cuando terminó de cavar.

—Pase lo que pase —había dicho papá terminante—, desde el momento en que entramos aquí,  no hablamos, no hacemos ruido, apenas respiramos. Y esperamos dos días enteros. Sólo después salimos a ver qué sucede.

—¿Y si tengo pis, papi?

—Acá hay un balde. Hacemos acá y nos aguantamos el olor.

Ahora, solo, Jok calculó como pudo dos días, en especial por los ruidos de los animales en la noche y en la mañana, que conocía bien. Entonces salió, pero no pudo reconocer su casa, porque los árabes habían roto todo. Recorrió los escombros y encontró su pelota debajo de un colchón, un cochecito de juguete, una foto de papá con uniforme.

Salió a la calle y caminó despacio. Entre maderas y ladrillos amontonados, vio los cuerpos de la gente envueltos en sus ropas floreadas cubiertas de barro y sangre. No tenía hambre, pero lo tendría pronto si no hallaba algo para comer. Después debería volver al refugio y sacar el balde para vaciarlo.

Encontró una cesta de frutas debajo de una manta en una casa llena de cadáveres y moscas. La agarró y emprendió el regreso. Cuando estaba por llegar a su casa, escuchó el ruido de un arma cuando alguien la carga. Un soldado árabe lo apuntaba directamente desde una montaña de escombros. Como un reflejo soltó la cesta, corrió a su casa y se metió en el armario. Abrió la tapa en el piso y bajó al refugio. Esperó otro día.

No había alcanzado a sacar el balde, y había perdido las frutas, así que la nueva estadía pronto se hizo insoportable. A la madrugada siguiente, junto con el canto de los cuervos, volvió a salir.

Para su sorpresa, había dos frutas y un pedazo de pan en medio de la calle. Se acercó, atrapó el tesoro y miró en todas direcciones. Allí, haciendo guardia sentado, el soldado árabe oteaba el horizonte. Al verlo, le apuntó con el rifle, y Jok volvió a correr. Un día más, pero ahora tenía pan y fruta.

El rito se repitió por varios días, Jok ya tenía claro que el soldado le estaba dejando comida y que no tenía intenciones reales de matarlo. Una mañana decidió hacer una prueba, y llevó la pelota. Al verlo con ella, el soldado árabe no se apuró a apuntarle. En cambio le sonrió y se acercó diciéndole cosas incomprensibles, invitándolo a jugar. Jok pateó la pelota en su dirección, y empezaron a los pases. Un rato después, el muchacho árabe levantó su rifle y le apuntó. Jok se asustó, pensó que había sido una trampa para matarlo y corrió al refugio. Desde allí escuchó las voces de otros soldados árabes que pasaban por su calle, hacían sus cosas y luego se alejaban. El miliciano lo estaba advirtiendo, lo estaba salvando. Se llamaba Salim.

Pasaron así muchos soles y lunas, con juegos con Salim y diálogos por señas. Cuando había peligro, bastaba que el muchacho moviera su rifle para que Jok comprendiera: al refugio.

Una mañana, al salir con el balde, escuchó voces y ruidos de vehículos, y no esperó la señal de su amigo. Entró de nuevo al refugio y esperó. Escuchó tiros y gritos. Otra vez, pensó. Pero las voces hablaban su idioma. Por un megáfono escuchó a un hombre que decía que era de la Cruz Roja y preguntaba si había gente Dinka aquí. Jok salió y se sintió mirado por muchos soldados y enfermeros, que vinieron a abrazarlo. Todo había terminado.

Con la vista buscó a Salim. A poco lo vio tirado muerto entre unas tablas. Se subió a la ambulancia y viajó mirando atrás, a su amigo y salvador, hasta que ya no lo vio más.

Una de las carpas en el campo de refugiados había sido habilitada como escuela y allí conoció a otros niños huérfanos como él, provenientes de muchas aldeas y tribus. Algunos de ellos habían sido obligados a luchar con los árabes y a hacer cosas horribles. En los recreos contaban algunas y fanfarroneaban un poco, pero otras las callaban y se quedaban como tristes mirando el suelo y pateando piedritas. Jok los miraba con tristeza. Había tenido mucha suerte en tener un papá que cavara un refugio bajo el armario.

—Queridos niños —anunció un día el maestro, con solemnidad—, después de la guerra viene la paz, y nuestro pueblo es valiente y dichoso, pues ha logrado su independencia. Mañana habrá un gran desfile y nosotros también marcharemos. Estén orgullosos.

Al día siguiente, Jok se encontró a sí mismo en medio de una gran multitud, parado en varias filas con sus compañeros, todos con enormes tambores colgados del cuello. No había alegría en sus miradas. Como un acto reflejo, como cuando era más chico en la aldea, miró a la multitud buscando a su mamá y a su papá, que siempre venían a verlo actuar. No los vio, y se acordó de todo lo que había pasado. Como un volcán que hubiera esperado siglos hacer erupción, Jok se permitió llorar.

Su maestro dio una señal. Una voz en los altoparlantes decretó:

—Sudán del Sur ha nacido. ¡Viva Sudán del Sur!

Los tambores comenzaron a sonar.

Demasiado metidos

Después de quince días de vivir en carpa, apestar como cerdos y con las barbas crecidas, nos hospedamos en una pensión de tantas que hay en Bariloche para reponer energías. Eduardo decía que era básicamente para gastar la plata, porque ya nos daba vergüenza gastar tan poco. Yo creo que era algo más banal: éramos demasiado urbanos y estábamos agotados. La aventura seguía igual, porque íbamos a cumplir veinte años, leíamos a Herman Hesse y estábamos abiertos a que cada acontecimiento o cada persona que se cruzara en nuestro camino se convirtiera en una sorpresa cósmica. Así era con el perro que nos vino siguiendo desde las afueras y que nos estaba esperando en la vereda de la pensión cada vez que salíamos. Un día no lo vimos más. Eso se convirtió en relato. Así fue también con Elvira, la camarera de sesenta años, rodete victoriano y carácter militar, que nunca sonreía pero era buena gente. Un día llegamos a comer a mediodía y tenía el pelo suelto. Le dijimos entre risas: “¡Elvira, estás hecha una descocada!”, y ella también se rio. Fue una fiesta memorable.

Así fue con todo, pero también con los hechos más grandes, aquellos que no supimos manejar. La dueña de casa se llamaba Lucrecia, y tenía una hija de veintidós años, Gisella. A Gisella la podíamos soñar solamente, no solo porque era más grande, sino porque estaba casada con Mariano, que dirigía la pensión de su suegra. Pero Gisella tenía un cuerpo alucinante y los ojos verdes más hermosos y tristes que cualquiera de nosotros hubiera visto jamás. No tuvimos más alternativa que enamorarnos, y convertirla en el tema de conversación obligado en cada chocolate con churros que nos tomábamos en Hola Nicolás.

Mariano era un tipo muy divertido, que nos llevó en su pickup a un par de paseos y hasta nos homenajeó con un asado gigante. No encajaba en lo que nos terminó contando. En un pub, una de esas noches, se vino a sentar con nosotros. De repente se puso melancólico.

—Yo sé lo que es despachar gente —nos lanzó a quemarropa—. Di golpes, apliqué picanas, manejé fálcones verdes. Según la época. En otra me tocaba doparlos para que se los llevaran en aviones. De ahí los tiraban al río, nomás. Por suerte nunca me pidieron volar. Una mierda, pero había que hacerlo. No vayan a creer que me la llevé de arriba, porque esas cosas no te las olvidás. Si me escuchan gritar a la noche ya saben por qué es. Yo era muy pendejo, era lo que había que hacer y lo hacíamos.

Nos quedamos mudos. Estábamos en un lugar de sueño, entre paredes de madera, frente a una chimenea ardiente, todo a media luz. Tomábamos un vino caliente con frutas al que llamaban panoca: “pa no cagarse de frío”. En las mesas de al lado, un grupo de minas fuertísimas, de no sé qué equipo de hockey sobre césped que venían de trepar al Catedral, deberían habernos tentado, pero estábamos paralizados. Escuchábamos a Mariano sin una sola chance de seguirle la conversación, de hacerle comentarios para que siguiera. Tampoco hubiéramos sabido qué preguntar sin que se sintiera interrogado.

Después de todo éramos pibes. Éramos los hermanitos menores de los desaparecidos, así nos llamábamos a nosotros mismos. Habíamos festejado la primavera democrática sin entender del todo de dónde veníamos. Habíamos cumplido recién los dieciocho cuando votamos a Alfonsín, recién saliditos de escuelas secundarias privadas, que se mantuvieron como burbujas donde no pasaba nada, donde nadie se metía, porque así nos lo habían ordenado nuestros profes y nuestros padres. ¿Qué podíamos entender? Cuando una prima mayor, más conectada con la realidad, me contó que en la Argentina había campos de concentración, el shock me duró varios días. De repente, estábamos sentados frente a un torturador de la dictadura. Lo dejamos hablar. No es que tuviéramos elección.

—Mis preferidos eran los judíos y las minas. A los moishes les poníamos fotos del Führer en las paredes, a propósito. Nunca, que yo sepa, largaron lo de Andinia, pero por eso se nos terminaban muriendo. Igual se lo merecían, por judíos y comunistas. Con las minas nos peleábamos entre nosotros para meterles la picana en la concha. Chillaban como si acabaran. Yo no, pero algunos acababan ahí también, te juro. Unos degenerados.

Después cambió de tema. O no.

—A las minas hay que tenerlas cortitas. Mírenme a mí con Gisella. Un minón. Con un par de cachetazos te hace hasta caquita en el pecho. Un golpe de vez en cuando ayuda mucho a tenerlas bien. No importa por qué. A mí me es muy importante cómo cuelga la ropa mojada. Si cuelga una remera por el medio y le pone un broche, el broche queda marcado. Entonces cobra. Así las minas entienden los límites, y al final te lo agradecen. A mí no me vas a ver nunca con una camisa mal planchada.

Mariano daba cátedra, nosotros escuchábamos. Así siguió una hora más, hasta que se durmió sobre el banco del pub. Nosotros lo dejamos ahí, nos fuimos al Centro Civico y nos sentamos frente al lago a hablar, aunque hacía un frío tremendo. Teníamos que elaborar, nos dijimos qué nos pasaba y pensamos qué teníamos que hacer con semejante información. Recién a la madrugada volvimos a la pensión.

Un par de días después salimos a otro paseo, sabiendo que ya no éramos los mismos. Cuando bajábamos los escalones desde la puerta hasta la vereda, Mariano salió detrás de nosotros y nos pasó como una tromba empujándonos, y haciendo que Julio terminara tirado sobre los rosales. Pero no pudimos siquiera empezar a quitarle las espinas de la cara, porque de la casa salió un grito tremendo. Volvimos a entrar, siguiendo el sonido de los gritos, ahora mezclados con llanto, y llegamos a las habitaciones de los dueños de casa. Vimos a Gisella sentada en el suelo junto a su cama en medio de un charco de sangre.

—¿Qué pasó? —dijo Claudio, mientras le sacaba el pelo de la cara. Entonces vimos las manchas rojas en un ojo y en las mejillas, que pronto se convertirían en resonantes moretones. Gisella lloraba y tosía agarrándose el estómago.

—¿De dónde te sale la sangre? —pregunté yo. Todos me miraron con cara de insulto, porque para todos menos para mí estaba claro que lo que le sangraba era la ingle.

—¿Dónde está tu mamá? —preguntó Eduardo —. ¿A quién le avisamos?

—No, déjenme, déjenme —gimió ella.

—Vení, te ayudamos a pararte —dijo Julio, tomando las riendas. La tomamos de ambos brazos y la llevamos al baño, mientras Claudio iba a buscar a Lucrecia. No la encontró, pero llegó al minuto con Elvira, que entró en el baño para ayudarla a lavarse y cambiarse.

—Hijo de mil putas —dijo Elvira, vuelta humana de repente.

Ya no pudimos más. Dejamos a las mujeres y fuimos a la comisaría. Contamos lo de los golpes, pero no lo de las torturas. El policía a cargo de las denuncias balbuceó durante quince minutos que la damnificada debía apersonarse para dejar sentada la denuncia. O algo así. Volvimos a la pensión, pero no había nadie. A la tarde vimos a Lucrecia, que volvía de la clínica donde habían internado a su hija. Fuimos, y le explicamos a Gisella que tenía que ir a la comisaría y denunciar ella misma a Mariano. Nos miró como los extraños que éramos.

—No se metan —dijo. Después miró a la ventana de su habitación, y no dijo más.

Al día siguiente dejamos Bariloche y seguimos a El Bolsón. Gisella sobrevivió a la golpiza como había sobrevivido a otras, pero su embarazo quedó trunco. Al momento de los golpes, la pobre ni siquiera sabía todavía que estaba embarazada. Nuestro periplo como mochileros también sufrió un aborto. En El Bolsón la pasamos muy mal, ya no pudimos divertirnos y discutíamos todo el tiempo por estupideces. No nos quedaba ánimo ni siquiera para emprender levantes en las carpas vecinas, como lo dictaban la costumbre y las hormonas.

Una noche tomamos varias decisiones. La primera fue volver a Buenos Aires. La segunda, no denunciar a Mariano a la policía, en la que no confiábamos, pero sí a la Conadep, la comisión que registraba las denuncias sobre los desaparecidos. Solo entonces, en el camino al Teatro San Martín, donde funcionaba la comisión, lamentamos no haberle sonsacado a Mariano más datos, nombres, lugares. De todos modos, su nombre ya figuraba en los registros de la Conadep. Entendimos que no podíamos hacer mucho más, pero nos sentíamos bien, porque estábamos siendo parte de la historia. Además, compartimos un ascensor del San Martín con Ernesto Sábato. Podíamos darnos por satisfechos.

Claudio, el más enamorado, habló una vez con Gisella por teléfono, y así nos enteramos de su aborto, y también de que seguía con Mariano. Después le escribió un par de cartas, pero ella nunca le contestó. A Mariano, según nos enteramos por los diarios, lo procesaron por violaciones a los derechos humanos y más tarde lo indultaron, quizás por obediencia debida, tal vez por punto final, pero nosotros le perdimos el rastro y nunca más volvimos a hablar del asunto. Estábamos demasiado ocupados estudiando y teniendo novias serias. Seguramente, quién dice, queríamos olvidar. Nos habíamos metido demasiado.

El Zorro y yo

En el casamiento de mi primo Sebastián del Solar con María Cristina Estévez estaban todos, incluso el Zorro, con el que me tocó compartir la mesa, junto a la pista de baile. Resultó ser un pariente lejano mío y el tío de Sebastián, quien era a su vez una especie de contrabandista fanfarrón pero generoso, de los últimos que todavía andaban armados con sable y pistolón. Ahí estaba yo, nada menos que con un Diego de la Vega ya anciano. Mi primo había sido muy generoso en sentarme con él, aunque también ayudaron las dieciocho cartas que le envié suplicándole y recordándole que lo hiciera.

Cuando todos salieron a bailar aproveché para sentarme a su lado y brindar con él, en la esperanza de poder hacerle algunas preguntas.

—¡Salud, don Diego! ¿Cómo se siente? —le pregunté. Él me miró como si tuviera que conocerme de algún lado. —No nos conocemos todavía, señor. Soy Juan Octavio Ramírez del Solar, hijo de su prima María Francisca. Para mí valió la pena haber venido desde tan lejos sólo para conocer la leyenda que es usted, señor. Es un honor conocerlo, caballero.

—Ah, ja ja —dijo estrechándome la mano, y carraspeó—. Mi prima… María, sí. María Francisca. ¿Cómo está ella?

No le solté la mano hasta que se sintió incómodo y tironeó lo suficiente.

—Falleció hace quince años —respondí. —Una pulmonía, nada inusual, pero la extrañamos mucho.

—Ah, sí, era una buena chica.

—Le preguntaba cómo se siente.

—¿Yo? Yo estoy muy bien. Estamos muy bien todos.

—¿Todos?

—Sí, yo y mis recuerdos. Ya sabes, y si no lo sabes, apréndelo. A mi edad, lo único que te queda son tus viejas glorias. Especialmente si las tuviste, claro.

—Bueno, yo no tengo glorias. Mi hermano heredó la hacienda, así que tuve que conformarme con una profesión. Soy médico.

Don Diego me miró con su famosa sonrisa burlona, mostrando una dentadura perlada bajo su bigote tupido y canoso. No decidía si yo me burlaba o era nada más un imbécil. Iba a decirme algo, seguramente sobre lo heroico de mi profesión y que me dejara de quejas autocompasivas. No lo dejé.

—Dígame, ¿qué es lo que más extraña?

—¡Las mujeres, obviamente! Oh, vamos, no me pongas esa cara de decepción. ¿Qué creías? ¿Pensaste que te diría que a Tornado?  Te tengo malas noticias. Tuve varios caballos negros como el azabache, y a todos los llamé Tornado, porque tarde o temprano se quebraban y había que usarlos como sementales o sacrificarlos. Eso sí, todos muy inteligentes, que sabían reconocer mi silbido. ¿A Bernardo? Nunca lo voy a olvidar. Extraño sobre todo su silencio. ¿Los combates a estocada limpia sobre los techos? Sí, eso era el paraíso. Pero nada se compara con la mirada derretida de las damas cuando intentaban descifrar mi identidad detrás del antifaz. Nada las excitaba más que dejarme en antifaz y botas por todo ropaje  e imitarme. Los dos desnudos, con antifaz y botas, hasta el amanecer. ¡Eso extraño, sí señor! Te lo digo porque hasta hoy hay algunos en este mismo salón —dijo mirando alrededor y acercándose en tono confidente— que piensan que soy marica, tú sabes. Pues que se los lleve el diablo. Yo me la he pasado muy bien.

—Pero usted al final se quitó el antifaz y todos supieron la verdad. Incluso se casó con Margarita del Toledo y tuvieron hijos que les dieron nietos…

—Eso no prueba nada, jovenzuelo, sobre todo para los chismosos. En especial porque yo mismo me preocupé por esparcir las versiones más insólitas acerca de mi vida y de mi identidad. Ni siquiera mi gran develación logró echar por tierra las más jugosas.

—¿Como cuáles?

—Ve y pregunta. Hay algunos que piensan que Diego de la Vega espiaba para España. Otros, que era contrabandista en el Caribe, o que regenteé el burdel más grande de la comarca. Los más, que soy retardado mental. Algunos todavía creen que fui yo el que terminó matando al Capitán Monasterio. Pero no fui yo, fue el Zorro…

—Don Diego, ¿me haría un enorme favor?

—Todo depende, muchacho.

—Le pediré a Sebastián que me preste su espada. ¿Me hará el honor de darme una lección de esgrima allí afuera? Enséñeme algún truco del Zorro.

Diego de la Vega, el Zorro, me miró con suspicacia. Dudaba entre si yo hablaba en serio, si me burlaba de él o si sentía yo lástima de un pobre viejo acabado. Debía andar por los setenta y cinco años, apenas oía, casi no veía, estaba un poco entrado en kilos y se apoyaba en un bastón. Pero los ojos seguían siendo chispeantes, y su expresión era todavía la de un bribón. Me estudió por un par de segundos y al final decidió que no tenía nada que perder.

Fui hasta la pista de baile y le pedí la espada a mi primo Sebastián, el novio, y otra más a su padrino. Caminé con las armas hasta donde estaba Don Diego, y eso llamó la atención de la gente. Todos vieron cómo lo ayudaba a levantarse y nos íbamos hacia el jardín exterior. Se formó una ronda a nuestro alrededor, y vieron una escena magnífica.

Don Diego y yo nos paramos uno frente al otro, cada uno con su espada en mano. Yo no sabía ni cómo empuñarla. Pero él… ¡Ah! De repente lanzó su bastón a un costado, se irguió por completo en un movimiento de gloria, se perfiló doblando un tanto las rodillas (yo intentaba imitarlo), levantó su brazo izquierdo hacia atrás. Entonces elevó el mentón, me lanzó su histórica sonrisa, la misma con la que se había burlado de tantos militares y malhechores, e inició su embestida. Su vejez, de repente, había desaparecido por arte de magia.

Yo me defendí como pude, presa de la emoción más que del susto. La gente comenzó a aplaudir y a ovacionar al viejo héroe, que con sus últimas fuerzas, resoplando, hizo volar mi espada por los aires. Me quedé frente a él expectante, con los brazos levantados, casi cómplice de su inminente travesura. Ahí, frente a todos, se rio a carcajadas y me marcó una enorme zeta en el pecho, arruinando por completo mi esmoquin. La gente aplaudió enloquecida, y yo con ellos. El Zorro, feliz, cabalgaba de nuevo.

Invisible

Conectarte con tu silencio. Sentir que el tiempo se ha detenido y que tenés el control remoto que lo puede encender de nuevo. Tomar el ascensor, salir del edificio y empezar a caminar por la vereda superpoblada, sabiendo que nadie te ve. Es hermoso sentirte protegido por la multitud, que te vuelve anónimo. Saber adónde vas y, sin embargo, que no te importe. Porque no importa dónde, sino el qué, el cuándo. Es ahora. Tomarte el subte y mirar a esa chica joven de modo impune. Tiene pelo carré en capas, con mechones puntiagudos que le adornan las mejillas, ojos negros enormes, divinos. Auriculares en los oídos, chicle, campera verde con cuello de piel sintética, una cartera con libros de facultad. Minifalda y botas. Una chica manga. Ver cómo mira al chico que tenés exactamente a tu izquierda sin percatarse de que la estás mirando fijo desde un tiempo inmemorial, porque el tiempo está detenido. Pensar una vez más que a partir de cierta edad ya no entrás en los radares de las mujeres hermosas. No es que te miren, te descarten por viejo y pasen al siguiente: sencillamente no te ven. Ser invisible. Ver cómo todos los demás miran hacia abajo, hacia su celular, sin percatarse de que allí estás, agazapado en las sombras, dispuesto al desafío. No saben que los mirás, que los espiás, que podés imaginar sus historias, que podrías matarlos a todos de una sola ráfaga, que los tenés a tu merced. Amar y odiar tu invisibilidad. No poder pensarte en otra ciudad, en otro lugar y, sin embargo, odiar la urbe que te demuele y te convierte en nada. Bajar del subte junto con la chica manga y con una multitud que no sabe que ha sobrevivido a este viaje, que alguien los imaginó muertos. Oler el olor del subte, cansarte en las escaleras sin que nadie lo registre. Nadie registra cansancios, olores que otros huelen, pasados de personas que vemos sin ver. Saber que nadie sabe que estuviste dos años en Islandia pescando en una aldea junto al mar con un viejo más invisible que vos, pero más sabio. Saber que nadie sabe que ganaste un premio de pintura y un torneo de truco, que tuviste que matar a tu perro, que casi te ahogás en el mar a los cuatro años. Que tuviste un programa de radio y que entonces conociste la invisibilidad, porque nadie te paraba en la calle a pesar de ser famoso. Volver a sentir la caída, el despido, la bebida. Saber que nadie sabe cuándo te sentiste acabado porque tampoco vos lo sabés. Saber que nadie sabe cuándo saliste de los radares de todos, no solo de la chica manga. Pensar cuándo te echó Gabriela del suyo, cuándo tus hijos terminaron de huir. Seguir a la chica manga esas tres cuadras hasta la facultad y entrar en el aula magna llena de gente. Ver a todos los chicos y chicas manga prepararse para una nueva clase. Escucharlos hablar a mil voces, sentados sobre los largos pupitres, o parados en corrillos seduciéndose, destilando hormonas alocadas dirigidas a todos menos a vos. Pasar entre ellos sin que te registren. Ver a la chica manga del subte sentada en la tercera fila. Preparar tu arma de modo imperceptible y calcular tus movimientos exactos. Llegar al frente y sentir de un golpe que tu invisibilidad por fin se desvanece, que doscientos radares te registran, que el murmullo se va apagando y que el miedo comienza a flotar en el ambiente. Ignorarlos vos a ellos, que sean ellos los invisibles. Comenzar a saborear esa venganza agridulce. Desenfundar tu cuaderno y disparar, con la mayor monotonía de que seas capaz, para aburrirlos hasta la muerte: “En nuestra clase de hoy…”