Demasiado metidos

Después de quince días de vivir en carpa, apestar como cerdos y con las barbas crecidas, nos hospedamos en una pensión de tantas que hay en Bariloche para reponer energías. Eduardo decía que era básicamente para gastar la plata, porque ya nos daba vergüenza gastar tan poco. Yo creo que era algo más banal: éramos demasiado urbanos y estábamos agotados. La aventura seguía igual, porque íbamos a cumplir veinte años, leíamos a Herman Hesse y estábamos abiertos a que cada acontecimiento o cada persona que se cruzara en nuestro camino se convirtiera en una sorpresa cósmica. Así era con el perro que nos vino siguiendo desde las afueras y que nos estaba esperando en la vereda de la pensión cada vez que salíamos. Un día no lo vimos más. Eso se convirtió en relato. Así fue también con Elvira, la camarera de sesenta años, rodete victoriano y carácter militar, que nunca sonreía pero era buena gente. Un día llegamos a comer a mediodía y tenía el pelo suelto. Le dijimos entre risas: “¡Elvira, estás hecha una descocada!”, y ella también se rio. Fue una fiesta memorable.

Así fue con todo, pero también con los hechos más grandes, aquellos que no supimos manejar. La dueña de casa se llamaba Lucrecia, y tenía una hija de veintidós años, Gisella. A Gisella la podíamos soñar solamente, no solo porque era más grande, sino porque estaba casada con Mariano, que dirigía la pensión de su suegra. Pero Gisella tenía un cuerpo alucinante y los ojos verdes más hermosos y tristes que cualquiera de nosotros hubiera visto jamás. No tuvimos más alternativa que enamorarnos, y convertirla en el tema de conversación obligado en cada chocolate con churros que nos tomábamos en Hola Nicolás.

Mariano era un tipo muy divertido, que nos llevó en su pickup a un par de paseos y hasta nos homenajeó con un asado gigante. No encajaba en lo que nos terminó contando. En un pub, una de esas noches, se vino a sentar con nosotros. De repente se puso melancólico.

—Yo sé lo que es despachar gente —nos lanzó a quemarropa—. Di golpes, apliqué picanas, manejé fálcones verdes. Según la época. En otra me tocaba doparlos para que se los llevaran en aviones. De ahí los tiraban al río, nomás. Por suerte nunca me pidieron volar. Una mierda, pero había que hacerlo. No vayan a creer que me la llevé de arriba, porque esas cosas no te las olvidás. Si me escuchan gritar a la noche ya saben por qué es. Yo era muy pendejo, era lo que había que hacer y lo hacíamos.

Nos quedamos mudos. Estábamos en un lugar de sueño, entre paredes de madera, frente a una chimenea ardiente, todo a media luz. Tomábamos un vino caliente con frutas al que llamaban panoca: “pa no cagarse de frío”. En las mesas de al lado, un grupo de minas fuertísimas, de no sé qué equipo de hockey sobre césped que venían de trepar al Catedral, deberían habernos tentado, pero estábamos paralizados. Escuchábamos a Mariano sin una sola chance de seguirle la conversación, de hacerle comentarios para que siguiera. Tampoco hubiéramos sabido qué preguntar sin que se sintiera interrogado.

Después de todo éramos pibes. Éramos los hermanitos menores de los desaparecidos, así nos llamábamos a nosotros mismos. Habíamos festejado la primavera democrática sin entender del todo de dónde veníamos. Habíamos cumplido recién los dieciocho cuando votamos a Alfonsín, recién saliditos de escuelas secundarias privadas, que se mantuvieron como burbujas donde no pasaba nada, donde nadie se metía, porque así nos lo habían ordenado nuestros profes y nuestros padres. ¿Qué podíamos entender? Cuando una prima mayor, más conectada con la realidad, me contó que en la Argentina había campos de concentración, el shock me duró varios días. De repente, estábamos sentados frente a un torturador de la dictadura. Lo dejamos hablar. No es que tuviéramos elección.

—Mis preferidos eran los judíos y las minas. A los moishes les poníamos fotos del Führer en las paredes, a propósito. Nunca, que yo sepa, largaron lo de Andinia, pero por eso se nos terminaban muriendo. Igual se lo merecían, por judíos y comunistas. Con las minas nos peleábamos entre nosotros para meterles la picana en la concha. Chillaban como si acabaran. Yo no, pero algunos acababan ahí también, te juro. Unos degenerados.

Después cambió de tema. O no.

—A las minas hay que tenerlas cortitas. Mírenme a mí con Gisella. Un minón. Con un par de cachetazos te hace hasta caquita en el pecho. Un golpe de vez en cuando ayuda mucho a tenerlas bien. No importa por qué. A mí me es muy importante cómo cuelga la ropa mojada. Si cuelga una remera por el medio y le pone un broche, el broche queda marcado. Entonces cobra. Así las minas entienden los límites, y al final te lo agradecen. A mí no me vas a ver nunca con una camisa mal planchada.

Mariano daba cátedra, nosotros escuchábamos. Así siguió una hora más, hasta que se durmió sobre el banco del pub. Nosotros lo dejamos ahí, nos fuimos al Centro Civico y nos sentamos frente al lago a hablar, aunque hacía un frío tremendo. Teníamos que elaborar, nos dijimos qué nos pasaba y pensamos qué teníamos que hacer con semejante información. Recién a la madrugada volvimos a la pensión.

Un par de días después salimos a otro paseo, sabiendo que ya no éramos los mismos. Cuando bajábamos los escalones desde la puerta hasta la vereda, Mariano salió detrás de nosotros y nos pasó como una tromba empujándonos, y haciendo que Julio terminara tirado sobre los rosales. Pero no pudimos siquiera empezar a quitarle las espinas de la cara, porque de la casa salió un grito tremendo. Volvimos a entrar, siguiendo el sonido de los gritos, ahora mezclados con llanto, y llegamos a las habitaciones de los dueños de casa. Vimos a Gisella sentada en el suelo junto a su cama en medio de un charco de sangre.

—¿Qué pasó? —dijo Claudio, mientras le sacaba el pelo de la cara. Entonces vimos las manchas rojas en un ojo y en las mejillas, que pronto se convertirían en resonantes moretones. Gisella lloraba y tosía agarrándose el estómago.

—¿De dónde te sale la sangre? —pregunté yo. Todos me miraron con cara de insulto, porque para todos menos para mí estaba claro que lo que le sangraba era la ingle.

—¿Dónde está tu mamá? —preguntó Eduardo —. ¿A quién le avisamos?

—No, déjenme, déjenme —gimió ella.

—Vení, te ayudamos a pararte —dijo Julio, tomando las riendas. La tomamos de ambos brazos y la llevamos al baño, mientras Claudio iba a buscar a Lucrecia. No la encontró, pero llegó al minuto con Elvira, que entró en el baño para ayudarla a lavarse y cambiarse.

—Hijo de mil putas —dijo Elvira, vuelta humana de repente.

Ya no pudimos más. Dejamos a las mujeres y fuimos a la comisaría. Contamos lo de los golpes, pero no lo de las torturas. El policía a cargo de las denuncias balbuceó durante quince minutos que la damnificada debía apersonarse para dejar sentada la denuncia. O algo así. Volvimos a la pensión, pero no había nadie. A la tarde vimos a Lucrecia, que volvía de la clínica donde habían internado a su hija. Fuimos, y le explicamos a Gisella que tenía que ir a la comisaría y denunciar ella misma a Mariano. Nos miró como los extraños que éramos.

—No se metan —dijo. Después miró a la ventana de su habitación, y no dijo más.

Al día siguiente dejamos Bariloche y seguimos a El Bolsón. Gisella sobrevivió a la golpiza como había sobrevivido a otras, pero su embarazo quedó trunco. Al momento de los golpes, la pobre ni siquiera sabía todavía que estaba embarazada. Nuestro periplo como mochileros también sufrió un aborto. En El Bolsón la pasamos muy mal, ya no pudimos divertirnos y discutíamos todo el tiempo por estupideces. No nos quedaba ánimo ni siquiera para emprender levantes en las carpas vecinas, como lo dictaban la costumbre y las hormonas.

Una noche tomamos varias decisiones. La primera fue volver a Buenos Aires. La segunda, no denunciar a Mariano a la policía, en la que no confiábamos, pero sí a la Conadep, la comisión que registraba las denuncias sobre los desaparecidos. Solo entonces, en el camino al Teatro San Martín, donde funcionaba la comisión, lamentamos no haberle sonsacado a Mariano más datos, nombres, lugares. De todos modos, su nombre ya figuraba en los registros de la Conadep. Entendimos que no podíamos hacer mucho más, pero nos sentíamos bien, porque estábamos siendo parte de la historia. Además, compartimos un ascensor del San Martín con Ernesto Sábato. Podíamos darnos por satisfechos.

Claudio, el más enamorado, habló una vez con Gisella por teléfono, y así nos enteramos de su aborto, y también de que seguía con Mariano. Después le escribió un par de cartas, pero ella nunca le contestó. A Mariano, según nos enteramos por los diarios, lo procesaron por violaciones a los derechos humanos y más tarde lo indultaron, quizás por obediencia debida, tal vez por punto final, pero nosotros le perdimos el rastro y nunca más volvimos a hablar del asunto. Estábamos demasiado ocupados estudiando y teniendo novias serias. Seguramente, quién dice, queríamos olvidar. Nos habíamos metido demasiado.

El Zorro y yo

En el casamiento de mi primo Sebastián del Solar con María Cristina Estévez estaban todos, incluso el Zorro, con el que me tocó compartir la mesa, junto a la pista de baile. Resultó ser un pariente lejano mío y el tío de Sebastián, quien era a su vez una especie de contrabandista fanfarrón pero generoso, de los últimos que todavía andaban armados con sable y pistolón. Ahí estaba yo, nada menos que con un Diego de la Vega ya anciano. Mi primo había sido muy generoso en sentarme con él, aunque también ayudaron las dieciocho cartas que le envié suplicándole y recordándole que lo hiciera.

Cuando todos salieron a bailar aproveché para sentarme a su lado y brindar con él, en la esperanza de poder hacerle algunas preguntas.

—¡Salud, don Diego! ¿Cómo se siente? —le pregunté. Él me miró como si tuviera que conocerme de algún lado. —No nos conocemos todavía, señor. Soy Juan Octavio Ramírez del Solar, hijo de su prima María Francisca. Para mí valió la pena haber venido desde tan lejos sólo para conocer la leyenda que es usted, señor. Es un honor conocerlo, caballero.

—Ah, ja ja —dijo estrechándome la mano, y carraspeó—. Mi prima… María, sí. María Francisca. ¿Cómo está ella?

No le solté la mano hasta que se sintió incómodo y tironeó lo suficiente.

—Falleció hace quince años —respondí. —Una pulmonía, nada inusual, pero la extrañamos mucho.

—Ah, sí, era una buena chica.

—Le preguntaba cómo se siente.

—¿Yo? Yo estoy muy bien. Estamos muy bien todos.

—¿Todos?

—Sí, yo y mis recuerdos. Ya sabes, y si no lo sabes, apréndelo. A mi edad, lo único que te queda son tus viejas glorias. Especialmente si las tuviste, claro.

—Bueno, yo no tengo glorias. Mi hermano heredó la hacienda, así que tuve que conformarme con una profesión. Soy médico.

Don Diego me miró con su famosa sonrisa burlona, mostrando una dentadura perlada bajo su bigote tupido y canoso. No decidía si yo me burlaba o era nada más un imbécil. Iba a decirme algo, seguramente sobre lo heroico de mi profesión y que me dejara de quejas autocompasivas. No lo dejé.

—Dígame, ¿qué es lo que más extraña?

—¡Las mujeres, obviamente! Oh, vamos, no me pongas esa cara de decepción. ¿Qué creías? ¿Pensaste que te diría que a Tornado?  Te tengo malas noticias. Tuve varios caballos negros como el azabache, y a todos los llamé Tornado, porque tarde o temprano se quebraban y había que usarlos como sementales o sacrificarlos. Eso sí, todos muy inteligentes, que sabían reconocer mi silbido. ¿A Bernardo? Nunca lo voy a olvidar. Extraño sobre todo su silencio. ¿Los combates a estocada limpia sobre los techos? Sí, eso era el paraíso. Pero nada se compara con la mirada derretida de las damas cuando intentaban descifrar mi identidad detrás del antifaz. Nada las excitaba más que dejarme en antifaz y botas por todo ropaje  e imitarme. Los dos desnudos, con antifaz y botas, hasta el amanecer. ¡Eso extraño, sí señor! Te lo digo porque hasta hoy hay algunos en este mismo salón —dijo mirando alrededor y acercándose en tono confidente— que piensan que soy marica, tú sabes. Pues que se los lleve el diablo. Yo me la he pasado muy bien.

—Pero usted al final se quitó el antifaz y todos supieron la verdad. Incluso se casó con Margarita del Toledo y tuvieron hijos que les dieron nietos…

—Eso no prueba nada, jovenzuelo, sobre todo para los chismosos. En especial porque yo mismo me preocupé por esparcir las versiones más insólitas acerca de mi vida y de mi identidad. Ni siquiera mi gran develación logró echar por tierra las más jugosas.

—¿Como cuáles?

—Ve y pregunta. Hay algunos que piensan que Diego de la Vega espiaba para España. Otros, que era contrabandista en el Caribe, o que regenteé el burdel más grande de la comarca. Los más, que soy retardado mental. Algunos todavía creen que fui yo el que terminó matando al Capitán Monasterio. Pero no fui yo, fue el Zorro…

—Don Diego, ¿me haría un enorme favor?

—Todo depende, muchacho.

—Le pediré a Sebastián que me preste su espada. ¿Me hará el honor de darme una lección de esgrima allí afuera? Enséñeme algún truco del Zorro.

Diego de la Vega, el Zorro, me miró con suspicacia. Dudaba entre si yo hablaba en serio, si me burlaba de él o si sentía yo lástima de un pobre viejo acabado. Debía andar por los setenta y cinco años, apenas oía, casi no veía, estaba un poco entrado en kilos y se apoyaba en un bastón. Pero los ojos seguían siendo chispeantes, y su expresión era todavía la de un bribón. Me estudió por un par de segundos y al final decidió que no tenía nada que perder.

Fui hasta la pista de baile y le pedí la espada a mi primo Sebastián, el novio, y otra más a su padrino. Caminé con las armas hasta donde estaba Don Diego, y eso llamó la atención de la gente. Todos vieron cómo lo ayudaba a levantarse y nos íbamos hacia el jardín exterior. Se formó una ronda a nuestro alrededor, y vieron una escena magnífica.

Don Diego y yo nos paramos uno frente al otro, cada uno con su espada en mano. Yo no sabía ni cómo empuñarla. Pero él… ¡Ah! De repente lanzó su bastón a un costado, se irguió por completo en un movimiento de gloria, se perfiló doblando un tanto las rodillas (yo intentaba imitarlo), levantó su brazo izquierdo hacia atrás. Entonces elevó el mentón, me lanzó su histórica sonrisa, la misma con la que se había burlado de tantos militares y malhechores, e inició su embestida. Su vejez, de repente, había desaparecido por arte de magia.

Yo me defendí como pude, presa de la emoción más que del susto. La gente comenzó a aplaudir y a ovacionar al viejo héroe, que con sus últimas fuerzas, resoplando, hizo volar mi espada por los aires. Me quedé frente a él expectante, con los brazos levantados, casi cómplice de su inminente travesura. Ahí, frente a todos, se rio a carcajadas y me marcó una enorme zeta en el pecho, arruinando por completo mi esmoquin. La gente aplaudió enloquecida, y yo con ellos. El Zorro, feliz, cabalgaba de nuevo.

Invisible

Conectarte con tu silencio. Sentir que el tiempo se ha detenido y que tenés el control remoto que lo puede encender de nuevo. Tomar el ascensor, salir del edificio y empezar a caminar por la vereda superpoblada, sabiendo que nadie te ve. Es hermoso sentirte protegido por la multitud, que te vuelve anónimo. Saber adónde vas y, sin embargo, que no te importe. Porque no importa dónde, sino el qué, el cuándo. Es ahora. Tomarte el subte y mirar a esa chica joven de modo impune. Tiene pelo carré en capas, con mechones puntiagudos que le adornan las mejillas, ojos negros enormes, divinos. Auriculares en los oídos, chicle, campera verde con cuello de piel sintética, una cartera con libros de facultad. Minifalda y botas. Una chica manga. Ver cómo mira al chico que tenés exactamente a tu izquierda sin percatarse de que la estás mirando fijo desde un tiempo inmemorial, porque el tiempo está detenido. Pensar una vez más que a partir de cierta edad ya no entrás en los radares de las mujeres hermosas. No es que te miren, te descarten por viejo y pasen al siguiente: sencillamente no te ven. Ser invisible. Ver cómo todos los demás miran hacia abajo, hacia su celular, sin percatarse de que allí estás, agazapado en las sombras, dispuesto al desafío. No saben que los mirás, que los espiás, que podés imaginar sus historias, que podrías matarlos a todos de una sola ráfaga, que los tenés a tu merced. Amar y odiar tu invisibilidad. No poder pensarte en otra ciudad, en otro lugar y, sin embargo, odiar la urbe que te demuele y te convierte en nada. Bajar del subte junto con la chica manga y con una multitud que no sabe que ha sobrevivido a este viaje, que alguien los imaginó muertos. Oler el olor del subte, cansarte en las escaleras sin que nadie lo registre. Nadie registra cansancios, olores que otros huelen, pasados de personas que vemos sin ver. Saber que nadie sabe que estuviste dos años en Islandia pescando en una aldea junto al mar con un viejo más invisible que vos, pero más sabio. Saber que nadie sabe que ganaste un premio de pintura y un torneo de truco, que tuviste que matar a tu perro, que casi te ahogás en el mar a los cuatro años. Que tuviste un programa de radio y que entonces conociste la invisibilidad, porque nadie te paraba en la calle a pesar de ser famoso. Volver a sentir la caída, el despido, la bebida. Saber que nadie sabe cuándo te sentiste acabado porque tampoco vos lo sabés. Saber que nadie sabe cuándo saliste de los radares de todos, no solo de la chica manga. Pensar cuándo te echó Gabriela del suyo, cuándo tus hijos terminaron de huir. Seguir a la chica manga esas tres cuadras hasta la facultad y entrar en el aula magna llena de gente. Ver a todos los chicos y chicas manga prepararse para una nueva clase. Escucharlos hablar a mil voces, sentados sobre los largos pupitres, o parados en corrillos seduciéndose, destilando hormonas alocadas dirigidas a todos menos a vos. Pasar entre ellos sin que te registren. Ver a la chica manga del subte sentada en la tercera fila. Preparar tu arma de modo imperceptible y calcular tus movimientos exactos. Llegar al frente y sentir de un golpe que tu invisibilidad por fin se desvanece, que doscientos radares te registran, que el murmullo se va apagando y que el miedo comienza a flotar en el ambiente. Ignorarlos vos a ellos, que sean ellos los invisibles. Comenzar a saborear esa venganza agridulce. Desenfundar tu cuaderno y disparar, con la mayor monotonía de que seas capaz, para aburrirlos hasta la muerte: “En nuestra clase de hoy…”

De citas a ciegas

—Muy buenas noches, queridos amigos, en Relaciones nos visita hoy el conocido coach de parejas, el licenciado Santiago Querubín. ¿Cómo está, licenciado?

—Mediador matrimonial, Amanda, encantado de estar con ustedes.

—¿Primera vez en radio?

—Claro que no, mi labor me ha llevado a varios programas, tanto en radio como en televisión.

—Ahá, sí, claro…

—Además, como sabrá usted, tengo mi propio programa de radio donde respondo a consultas de los oyentes, Enamorarse del amor, todos los jueves a las veinticuatro, después de las noticias, en Radio Xilofón…

—Y entiendo, licenciado Querubín, que ha editado su primer libro, Cuidado con las citas a ciegas.

—Bueno, no es el primero, ya…

—Ya veo, pero vamos a este aspecto de la vida amorosa que tanto preocupa a nuestros oyentes, en especial a los jóvenes. ¿Qué no debe hacerse en una cita a ciegas?

—Se lo voy a responder con mi propia historia. Cuando yo era joven estaba trabajando en mi primer artículo, que versaba sobre el sexo en las guerras, cuando me llaman por teléfono. Era una vendedora de suscripciones a un periódico en inglés. Dijo que se llamaba Claudia, y era una de tantas que lo llaman a uno por cualquier pavada, hablaba rapidísimo…

—Una pesada, seguro.

—En lo más mínimo. Me quedé perdidamente enamorado de esa voz y estaba decidido a que la conversación no acabara nunca. Enseguida le hice bajar un cambio y logré sacarla del tema de su periódico para hablar de nosotros. Por mi profesión, no me costó nada. Su voz era femenina, sexy, aterciopelada, me transportó hacia comarcas a las que nunca pensé que nadie podría llevarme con su solo timbre de voz.

—¿Cómo se la imaginaba?

—No me la imaginaba. La sabía hermosa, esbelta, melena leonina color azabache y ojos de miel, senos turgentes… Estuvimos hablando desde las siete de la tarde, cuando me llamó para hacerme la venta, hasta las tres de la mañana. Imagínese qué enganche. Yo, a mis veintiocho recién cumplidos, hice el siguiente voto: “Si me atrae lo mínimo, me caso”. Cortamos esa primera conversación como obligados, porque ambos teníamos que trabajar al día siguiente. Pero ninguno de los dos durmió. Desde entonces, hablamos todos los días. Yo dejé mi artículo a medio empezar y ella renunció a su trabajo de televendedora, porque conmigo entendió que la vida estaba para mucho más que eso, y que con su talento podía llegar muy lejos. Yo tuve que viajar por trabajo, ella preparaba exámenes, así que nuestro encuentro debía esperar. No tardamos en llegar a largas sesiones de sexo virtual por teléfono, yo desde algún hotel de Europa y ella desde su cuarto, donde los libros se le apilaban sin leer.

—¿Se encontraron finalmente?

—Sí, pero primero vinieron las cartas. Todavía no había internet y yo iba obsesionado cada día a revisar el buzón. En cada una me contaba su pasado, lo que había vivido en sus parejas anteriores, cómo la habían tratado, la vida sexual que habían tenido, lo que soñaba hacerme a mí y que yo le hiciera a ella.

—Hablaban solamente de sexo.

—De ninguna manera. Compartíamos sueños, valores, discutíamos la existencia de otros mundos, nuestros hábitos, nuestra familia. Empecé a conocer a sus amigas. Un día le pasó el teléfono a su amiga Vanesa, que me habló muy bien de ella, pero cuando llegamos a su aspecto se produjo un silencio incómodo y cortamos. Al rato Vanesa me llamó de nuevo y me aseguró que Claudia era una diosa por dentro y por fuera, y esas cosas. Yo me di cuenta de que Claudia la había tratado muy mal después de cortar, pero la dejé correr. Ella me había dicho que medía uno cincuenta y que tenía pechos enormes, pero yo veía otra cosa, ¿me entiende?

—Sí, claro. Vamos llegando al final de nuestro programa, y los oyentes se mueren por saber cómo terminó todo, o cómo empezó. Finalmente se encontraron…

—Esta vez acierta, Amanda. Llovía a cántaros. Me llamaba por el celular a cada minuto y me decía que tenía frío y que me apurara. Yo le hacía el juego del príncipe, asegurándole: “Pronto estaré allí, mi princesa, no desfallezcáis”, y cosas estúpidas por el estilo. Cuando llegué no lo podía creer. Medía uno cincuenta y tenía los pechos enormes.

—Qué sorpresa, Santiago.

—Para nada, ya le dije que me lo había dicho. Pero solo entonces caí. Era prácticamente deforme. El cabello era cortito y escaso, y lo único que coincidía con la descripción que yo me había hecho eran sus labios carnosos. El resto era un desastre. Ojos torcidos, brazos raquíticos y peludos, en fin. Quisiera ahorrarles la descripción a los oyentes… Mis palabras románticas de un segundo antes se tornaron en rechazo total. Quedé profundamente deprimido delante de ella. Fuimos a comer, era lo que habíamos acordado.

—Pero la belleza interior es lo que cuenta, siempre lo decimos en nuestro programa. Menos mal que Claudia era una chica sabia e inteligente. Por lo menos mal no la iba a pasar…

—Error. Ella intentó salvar la situación, pero de la persona sabia que había conocido por teléfono no quedó ni rastro. Se comportó como una persona definitivamente imbécil, hasta el punto de que intentó seducir al camarero en mis narices. La llevé a su casa y la despedí sin mayores consideraciones. Me sentía estafado. Después de eso tuve que hacer duelo, pedí días de licencia en mi empleo como bibliotecario, pero no fui más, y al final me despidieron. Por un mes mis amigos no pudieron siquiera dirigirme la palabra y durante todo el siguiente año seguí extrañando a la Claudia del teléfono.

—¿Su conclusión, licenciado? ¿Qué consejo les deja a nuestros preocupados oyentes?

—Hoy existen varias fases de conocimiento. Se han agregado el chat, el Facebook, el whatsapp, recién después el teléfono y solo luego, la cita a ciegas. Recuerden que en cada fase la relación empieza desde cero. Si no quieren perder el tiempo, su equilibrio emocional y sus trabajos, acorten esas primeras fases y vayan directo al grano. No al sexo, digo, sino al café, cara a cara, o sea…

—Sí, claro. Bueno, muy ilustrativo, cuánta sabiduría encierran sus palabras, y cuánto podemos aprender cada día. ¿No al amor virtual, entonces?

—No, no es eso lo que dije…

—Jaja, entonces nos queda tema para la próxima, porque se nos acabó el tiempo. Gracias, licenciado Santiago Querubín, abogado de divorcios, y gracias queridos amigos, por haber estado con nosotros, esto ha sido todo por hoy, nos reencontramos mañana en Relaciones. Buenas noches.

La telenovela de Gladys

Gladys volvió a hundir la galletita en el té mientras Betty la fea en la tele pedía, otra vez, perdón por existir. Era importante que fuera de esas galletitas dulces que absorben el líquido y se ablandan, no como las de hojaldre con azúcar encima, aunque esas son ricas para comerlas sin mojar. Y como hace tanto que estaba sola, ya no le daba vergüenza practicar ese placer mórbido. Paladino había muerto hacía tres décadas. Desde entonces nada, a menos que cuente la cana al aire que se tiró con Sandoval el farmacéutico, aquella noche de angustia y copas. Los hijos, esos cuatro infames, ya no venían ni siquiera a mostrarle sus nietos nuevos.

La televisión por cables era el gran invento del siglo. Lo decía ella, que había visto la primera radio, el primer televisor. Pero lo de los cables era el último grito, porque permitía que hubiera un canal de telenovelas entre tanta basura. Su rutina diaria era ver a Betty la fea y un montón de culebrones más. Después caminaba pesada hasta la habitación y se cambiaba las pantuflas por unos zapatos negros de taco que le inflaban los pies unos cuantos centímetros. Iba al baño y se lavaba los dientes, los pocos que le quedaban. Ese agujero en la boca no hubo con qué taparlo, queda mal, pero qué se le va a hacer, no se sonríe más y listo… Ese grano en la mejilla tampoco hubo modo de sacarlo, y eso que vio a varios médicos. Por lo menos una vez a la semana le cortaba ese pelito asqueroso e insistente. Entonces salía a la calle con su vestido de flores y su bolsa de compras. Iba a la panadería, compraba facturas, segura de que don Pascual la reprendería por comer cosas engordantes, pero sin olvidarse de recomendarle los cañoncitos con dulce de leche “recién saliditos del horno, una bomba de placer para el mate, doña Gladys”.

Después, si era martes, pasaba por el puesto de lotería. Ahí bullían sus sueños. En ese momento no soñaba: más bien vivía que acertaba a esos seis numeritos mágicos, se hacía rica y salía a navegar en su yate con un capitán de ojos claros que en altamar le leería poemas, le haría el amor varias veces por día y la haría volar, parándose detrás suyo como Leonardo Di Caprio en el Titanic. Marcaba los numeritos uno por uno con un bolígrafo, fijando la hojita al mostrador con sus dedos rechonchos y el esmalte saltado, dejando ver ese anillo con el vidrio verde símil esmeralda, que ya no había modo de sacarlo.

Llenaba la lotería y miraba al vendedor con ojos de huevo: “¿Esta semana sale, Antonio? No me joda, mire que no me queda mucho tiempo, ¿eh?” Él le regalaba un “quédese tranquila, Gladys, hoy usted está radiante, es la suerte caminando, una flor”. Ella repetía: “No me rompa las pelotas, Antonio”, y se iba con su gordura, con su vejez, sus pies hinchados, sus várices  y su soledad. Allí iba Gladys llevándose sus ganas de comer, de llegar a casa para prender la tele y poner la pava para el mate, los cañoncitos ya servidos en el living, donde los Farsantes estaban por comenzar. Su tarde era devorar durante horas y recordar glorias pasadas si no se podía concentrar en la novela. Sus novios, sus conquistas, sus ascensos en la escuela, donde llegó a jefa de celadoras.

Recordaba también a sus hijos ingratos y cómo terminaron abandonándola. La acusaron de entrometida por decirles que malcriaban a sus hijos, por haber explotado a su Paladino en vida y nunca visitarlo a su muerte, por haberse casado mal, por no escucharla. Rodrigo, el mayor, alcohólico y egoísta. Marta, maestra y mosquita muerta, que no la ayudó jamás ni sacando la basura. Carlos, el contador, sobre el que ella y Paladino habían signado todas sus esperanzas. El día que se recibió se fue a España y no se le vio más el pelo. Felipe, el menor, era el que más la quería, pero se hizo marinero a los dieciocho y le mandó tres postales antes de desaparecer, sin presentarse siquiera al funeral de su padre.

La noche era arrastrar el sueño, seguir peleándose contra el destino de desvanecimiento frente a la última novela, de cuyo final gancho jamás se enteraba, a menos que pescara la repetición a la mañana siguiente. Despertaba entre sueños a las tres de la mañana y reptaba hasta la cama. Sin lavarse los dientes, total…

Gladys había cumplido los setenta cuando ganó la lotería. Antonio se lo dijo la semana siguiente, porque no tenía cómo ubicarla y ella nunca pasaba a revisar. “¿Vio que le dije, doña Gladys? ¡Yo le dije! ¡Usted no me creía, pero yo le dije!”, decía él dando saltitos, sin poder creerlo. La acompañó a hacer los trámites y después a su casa. Se quedó en la puerta, esperando que ella lo invitara a pasar, con las manos nerviosas bamboleándose, como un pibe de quince. Ella lo miró con sus huevos serios. “Gracias, Antonio. Adiós”. Dijo y le cerró la puerta.

Un par de años después, Gladys Estévez  partió en su yate con rumbo a todo el mundo. Atravesaría el Atlántico y haría un crucero por el Mediterráneo, donde ya había combinado un encuentro televisado con Leonardo Di Caprio. Su tripulación incluía quince marineros, incluido el capitán que siempre quiso, cocineros y azafatos. También llevó a artistas y reporteros para documentar la odisea. Las columnas de chismes ya estarían llenas esa semana con la benefactora salida de la nada, que se había convertido en tan sólo en algunas semanas en la Madre Teresa de Calcuta vernácula.

Y qué bien se veía, con su nueva dentadura, sus treinta quilos menos y figura escultural, sus arrugas estiradas, sus senos operados. Tres horas de gimnasia por día con entrenador privado, médico y dietóloga de tiempo completo habían rendido buenos dividendos. De su grano peludo en la mejilla jamás nadie llegó a enterarse. Conoció a todas las estrellas de sus telenovelas favoritas y firmó un contrato con una productora. Sería socia de una nueva tira y hasta actuaría como la abuela de la protagonista, esa que da siempre buenos consejos.

Gladys no se dejó confundir por el dinero. Antes del gran viaje alrededor del globo, realizó las obras de beneficencia más impresionantes de que se tenga memoria en la Argentina desde los tiempos de Evita. Colonias de vacaciones, regalos a los chicos pobres para Navidad y Reyes, una empresa constructora que dio trabajo a miles de descamisados. La prensa la trataba como un hada madrina: la que había ganado la lotería y lo había compartido con la gente, ganando encima más dinero por ello. Porque sus negocios prosperaron y se hizo estrella de publicidades, por las que cobraba más millones de los que podría gastar o repartir en el tiempo que le quedaba. Así se hizo famosa, y su figura elegante llenó las tapas de todas las revistas, las chabacanas y las otras también. Las primeras reportaban acerca del milagro que había hecho el dinero y el ejemplo para todos los millonarios indiferentes. Las publicaciones serias analizaban con un nivel académico casi incomprensible, antropo-sociológico, el posible nacimiento de un nuevo modelo de solidaridad social, al tiempo que advertían acerca del peligro de cooptación política por parte de los oportunistas de siempre. Ella siempre trataba bien a la prensa, asesorada por una consultora de imagen de primer nivel.

Sus hijos volvieron. Les costó averiguar dónde vivía, porque eso no lo publicó, pero negárseles casi le redunda en mala imagen. Así se lo hicieron entender sus asesores, de modo que desistió. Los hizo llamar por teléfono y los invitó a visitarla con sus hijos, los nietos de la nueva reina madre. Nunca se había divertido tanto. Eran seis enanos adorables. Así los llamaba. “Vengan, mis enanos adorables, el parque de diversiones es nuestro”. Los mimó, los malcrió, recriminó a sus hijos todo lo que le dio la gana y les dijo que los perdonaba. En el puerto la despidieron con pañuelitos nerviosos.

El yate de Gladys cruzó el Atlántico con éxito y majestad, y distintas organizaciones comenzaron a gestar su canonización en vida por el Vaticano. Su crucero por el Mediterráneo fue un suceso memorable. En Sicilia conoció a Di Caprio. Acompañado por sus asistentes y por toda la prensa farandulera de Europa, el actor subió a bordo. En la cubierta lo esperaba Gladys vestida de traje de baño y tules, con sombrero de ala ancha adornado de flores y anteojos de sol, como salida de la película El gran Gatsby con Robert Redford, y bebiendo champán. Leonardo le dedicó su mirada fascinante y su jopo al viento cuando se arrodilló, le besó la mano fina, ya sin el viejo anillo de piedra verde, y la bautizó: “Mia principessa“.

Gladys tuvo que insistir un poco, casi no le valieron sus millones, pero al final lo logró: el yate salió con todo y Di Caprio para dar una vuelta, tomar velocidad, y reproducir la escena del Titanic. Celine Dion se había disculpado por compromisos fijados con antelación a la fecha, pero su canción sonó en los parlantes de la nave mientras Di Caprio, que no podía creer en qué se había metido, la sostenía en la proa tratando de no caerse, mientras ella abría los brazos, cerraba los ojos, los abría otra vez. Ya segura de que estaba despierta, Gladys volaba.

En una de las islas de griegas conoció a Mikis Athanassopoulos, un millonario romántico que la hizo sentirse Sofía Loren en una película con Omar Shariff. El galán le hizo conocer sus viñedos, sus bodegas, su planta de quesos de cabra, sus pinturas. Cocinó él mismo para ella y la amó hasta el amanecer. Se casaron unos meses después, cuando la novia volvió en otra de sus travesías. Vivieron juntos cuando quisieron y se despidieron con apasionados besos cuando así les vino en gana. Él volvía a sus vinos y sus cuadros, y ella a su trabajo en la telenovela, a ser abuela en la ficción y en la realidad. Volvía también a sus chicos pobres, a sus empresas constructoras y a las secciones de chismes. Cada tantos meses, marido y mujer se extrañaban y se reencontraban de este o  del otro lado del Atlántico.

Un día cualquiera, Gladys murió. Fue en su cama, en su mansión, en su sueño. Sus sirvientes se pusieron histéricos, ese era su trabajo. Llamaron a médicos y ambulancias pero no hacía falta, ella estaba bien. Se la veía espléndida en su camisón de satén. No sonreía, a no exagerar, pero tampoco se podría decir que murió peleada con la vida.

El funeral fue memorable, no hace falta abundar en detalles obvios acerca de las luminarias que llegaron desde todos los confines, encabezadas por Mikis Athanassopoulos, que no paró de llorar, pero con clase.

Un mes después, los cuatro hijos de Gladys asistieron al despacho del doctor Rivera, abogado de Gladys. Llegaron Rodrigo con sus ojeras, Marta con su gordura y su goma de mascar, Carlos con sus deudas e incluso Felipe, perfumado de mar. Con la solemnidad del caso, el letrado les leyó el testamento. “Yo, Gladys Estévez, en pleno uso de mis facultades mentales, dejo toda mi fortuna a mis hijos. Mis cuentas bancarias, mis empresas, mi productora de telenovelas, mis bienes raíces, mis acciones, todo será dividido en cuatro partes iguales. Con una condición: no podrán tocar un peso hasta que lleguen a los setenta años, como me ocurrió a mí. Si se mueren antes, y espero que así sea, su parte pasará directamente a mis queridos nietos, a los que amo.” Rivera carraspeó antes de la última frase de Gladys: “Ah, me olvidaba. Les mentí. No los perdoné nada. Que les vaya bien”.

Está de más decirlo: ninguno de los hijos de Gladys Estévez llegó a los setenta años.

Tres segundos

Guilherme Da Silva se despierta y se da cuenta enseguida de que se está por morir. Antes de ver la sangre es la intuición, como un saber profundo, una iluminación fatal. Sólo después ve el líquido rojo que se mezcla con el chorrito de agua y se escabulle hasta el agujero de la bañera. Claramente entiende que la sangre es de él, y que es mucha. Comprueba, después de intentarlo, que no se puede mover. Se va a morir en pocos minutos, tal vez una hora. O dos, como mucho. Pero entonces advierte algo peor, la noticia que se da a sí mismo lo golpea como un rayo: no tiene la menor idea de quién es, ni por qué se está desangrando sin que pueda hacer nada por evitarlo.

Recuerda un golpe en la cabeza, el dolor todavía está allí como una ofensa. Entiende que debería poder palparse todo el cuerpo desnudo hasta encontrar la herida e intentar parar la sangre, pero no logra mover un solo músculo. Llega a una conclusión rápida, porque necesita una certidumbre, cualquiera, y la necesita ahora. El golpe, se dice Guilherme Da Silva, se lo dio al caer mientras se bañaba, se rompió el cuello con la caída y quedó paralítico. Al mismo tiempo algo lo lastimó y le abrió una herida profunda que ahora lo está haciendo desangrar.

Información, información. Puede mover los ojos, mira hacia abajo, es decir hacia adelante, porque está acostado en la bañera. Ve su cuerpo retorcido y horrible, al que ya no siente. Tendré unos cuarenta y cinco años, calcula, por la barriga bastante prominente. Pero ahí, al costado de la panza enorme, ve la herida de bala. Alguien me mató, me mata, me está matando.

Se desespera, como si se estuviera ahogando. Quiere vivir, salvar la vida de ese que le ha tocado ser, quien quiera que fuese. Trata de gritar, pedir ayuda, pero no puede.  Por largos minutos la desesperación es toda su realidad. Pero después se le va pasando, y eso lo sorprende. Más todavía lo sorprende alegrarse, o más bien conformarse, de no poder emitir sonido. Aguza el oído, quizás su asesino todavía está en la casa. Si hubiera logrado gritar estando el asesino todavía ahí afuera, habría sido su fin. No conoce el baño, pero deduce que es de un departamento de medio pelo.

Entonces se asusta otra vez: ¿qué es morirse? ¿Qué me va a pasar? ¿Hay algo después? La puta madre. Le salta a la memoria un relato de Bradbury. Un astronauta se desprende de su nave y se aleja hacia el espacio inconmensurable sin que nadie pueda rescatarlo. El astronauta sabe que va a morir cuando se le acabe el aire del traje espacial y que su cadáver surcará el vacío trazando alguna órbita por los siglos de los siglos. Todo lo que le queda es contemplar la Tierra, admirar su belleza, mirar el espectáculo universal en todas direcciones, cantarse viejas melodías, pensar en la muerte, despedirse.

Se identifica con el astronauta de Bradbury, la imagen lo ayuda a ir resignándose, pero lo envidia, porque además de cantar también puede rememorar su vida. Debo ser un escritor, piensa. ¿Qué otro loco piensa en literatura en una situación así? ¿Y la bala? La bala. Soy un escritor que ha engañado a su mujer, y ella me acaba de pegar un tiro. O el amante de una mujer casada, y el que me pegó el tiro es el marido cornudo.

Muy banal, demasiado fácil, poco imaginativo. Las preguntas entonces se disparan, mientras ve su panza con la herida de bala, la sangre que baja a borbotones, el chorro de la canilla y el agujero de la bañera por donde se le va la vida.

¿Quién soy? ¿Tengo familia, mujer, hijos, alguien llorará mi muerte, alguien se habrá dado cuenta de que no estoy donde debería estar, tengo un trabajo al que debería acudir, seré jefe, tendré secretaria, una madre, un cuñado, alguien, intentando localizarme? Busca su propia profesión. A qué me dedico, carajo. Rápido, rápido. Abogado. Eso, seguro. Abogado penalista, o juez. Mandé preso a alguno que ahora salió libre y se está vengando. Inventa caras de presos, a ver si alguna se superpone con alguien a quien conoce de verdad, como en esos detectores de caras de las series policiales. Tal vez sea un dibujante, un fotógrafo, un actor de cine.

Surge una cara conocida en la pantalla de su mente. Eureka. Es una cara no muy clara, pero es algo. Enseguida se desespera, porque tiene en la punta de la lengua la circunstancia de esa cara, pero no logra entender quién es. Hasta podría ser su propio rostro, pero ni siquiera eso le arranca un sí soy yo y un alivio. Es una cara de hombre, pelo castaño claro con entradas de calvicie, mirada triste con ojeras, barbita de candado, camisa a cuadros y chaqueta de jean. La euforia de esa migaja de memoria se mezcla con la frustración. Sos un idiota, se dice. Te acordás de los cuadros de una camisa y la tela de la chaqueta, pero no tenés la más puta idea de quién sos ni de qué hacés acá.

¿Qué siento por ese tipo? Vamos, él es todo mi mundo ahora, se dice Guilherme Da Silva, que ni siquiera recuerda su propio nombre. ¿Es un ser querido, temido, despreciado? ¿Es inteligente, bondadoso, corrupto, criminal? Le tiene miedo, cree. Quizás es mi asesino. Ojalá, piensa, porque necesita estar seguro de algo. No. Paciencia. Le tengo paciencia. Es algún hermano que le salió torcido a nuestros padres, que dejó los estudios, que cayó en la droga y que siempre está entrando en la cárcel porque es un infeliz y un fracasado, y yo soy su hermano abogado y lo estoy sacando siempre porque me da lástima y porque soy su hermano… No, tampoco. Me cago en la hostia.

Los minutos corren y Guilherme Da Silva empieza a debilitarse, sabe que no le queda mucho tiempo. Llega a una conclusión terrible: se está muriendo dos veces. Recordar quién es y qué le pasó será recobrar su propio yo, arrebatarle al asesino una de sus vidas, cancelar al menos una de las dos muertes. Salir empatado, en lugar de dos a cero. Fútbol. Eso, le gusta el fútbol. ¿De qué cuadro es? Es un barra brava, piensa, uno de la contra le disparó a la salida de la cancha y llegó arrastrándose hasta aquí, se sacó la ropa ensangrentada y al entrar en la bañera se cayó dándose con la cabeza en el borde y rompiéndose el cuello.

Es un barrendero municipal, un político de barrio, un remisero en conflicto por territorio, un traficante de droga, un profesor de química en la escuela secundaria, un cantante de rock, médico cirujano, carpintero, ministro corrupto, cafishio, empleado de impositiva, ingeniero agrónomo. Nada le despierta la memoria, nada le sienta bien. Podría ser cualquier opción o ninguna. Se va a morir dos veces, nomás, porque ya está, ya queda poco. Siente el cosquilleo del llanto en la nariz, y los ojos que se mojan.

¿Seré buena gente?, se pregunta sobre la hora. ¿O me estaré mereciendo esta muerte de mierda?

Se abre la puerta y siente el sobresalto.

“¿Todavía estás de este lado, hijo de puta?”, pregunta la persona que entra al baño y se va, como quien revisa si los fideos ya están cocidos. Al retirarse, su asesino deja la puerta entreabierta.

Pero Guilherme Da Silva, en un esfuerzo sublime, le vio la cara. Ahora lo escucha ajetreado en el cuarto de al lado, buscando febrilmente algo en la habitación ya dada vuelta.

Entonces, en los últimos tres segundos que le quedan de vida, todo vuelve como un rayo.

Se llama Guilherme Da Silva, recuerda, pero antes era Diego Cifuentes. Perteneció a la organización de trata de mujeres más grande de la Argentina, se encargaba de transportar a las chicas desde las provincias del norte hacia las zonas de Neuquén y Río Negro. Violó a algunas,  pero no por gusto, sino para domarlas, para quebrarles la voluntad. Odiaba esa parte. También tuvo que matar a otras con las que no hubo nada que hacer. Pero un día se cansó, quiso retirarse. Esto no era para él. Había estudiado para maestro de escuela. ¿Cómo llegó a esto?

Sus jefes no lo dejaron abrirse. Entonces se entregó a la justicia y se presentó como arrepentido. Se acogió a un programa de protección de testigos, mandó a algunos peces medianos en cana, y aquí estaba ahora, en Arembepe, un pueblito a orillas del mar en Bahía, en el norte de Brasil. La cara que recordó es la de su contacto, Gonzalo Simeone, al que una vez por año lo mandan para ver si está todo bien, preferentemente en la época del carnaval.

Todo está realmente muy bien, Simeone se va siempre satisfecho y estimulándolo a que siga. Hace cinco años quiso casarse y hasta le pidió permiso. El empleado judicial consultó y se lo concedieron. Se llama Siomara, una bahiana mulatona divina, tan voluptuosa y coqueta como sabia, que le enseñó lo que es la poesía y lo redimió como hombre. Juntos escriben un blog de poemas en castellano y portugués. Se aman con locura, y él la trata como a una reina. Trabaja como barman en una playa y es feliz. Tienen dos hijos, una nena y un varón. Ahora no están porque Siomara se los llevó a ver a la abuela a Irecé, bien en el interior bahiano. Tienen un código: Siomara lo tiene que llamar antes de volver, para saber si está todo bien. Si lo está, le dice el primer verso del poema que más les gusta. Si no lo estuviera, le diría el último, Siomara debe esperar. Lo mismo ocurre si no atiende del todo.

Ahora, vaya a saber cómo, su jefe lo encontró, y mandó a alguien a vengarse. Es el Chacho Rubio, lugarteniente del jefe, que parece que salió de la cárcel. Cuando entró en el baño, Guilherme Da Silva se estaba duchando. Vio al Chacho apuntarle con una Colt 45 y levantó las manos hacia adelante, como si pudiera parar las balas. “No, no, pará…”, le dijo, mientras daba pasitos de escape dentro de la bañera. Se resbaló al mismo tiempo que la bala le entraba en el estómago, se golpeó la nuca con el borde de la bañera y ahí quedó.

Eso es todo. No es una historia gloriosa. Pero es suya otra vez.

Ahora, cuando el Chacho entra otra vez a ver qué pasa, los tres segundos de memoria agolpada se han acabado hace rato. El sicario no entiende por qué, en la bañera, ve a Diego Cifuentes muerto, con una mirada de vidrio clavada en la ventana y una sonrisa de oreja a oreja pintada en los labios.

“Turro malparido”, masculla. Y se va.

Una caja en la puerta

Rick llega a su casa, y ahí, junto a la puerta, encuentra una caja. Parece como si alguien se la hubiera enviado a él. Como si fuera una canasta con un crío dentro, del modo como las madres adolescentes, violadas o traviesas, dejan a sus bebés a la entrada de las iglesias. Así de ominosa es la presencia de la caja para Rick.

Se la queda mirando por unos segundos antes de subir las escaleras del porche. Entonces se acerca despacio. Sube uno, dos, tres, cuatro escalones. Sus pies casi tocan la caja. Se pregunta si él debería saber lo que hay dentro. Se da vuelta y mira para todos lados, para ver si alguien está mirando, para ver si descubre al mensajero agazapado entre las casas de enfrente, detrás de algún árbol o del ligustro vecino.

Pero no ve nada. Es mediodía, ha pedido irse temprano de la oficina porque le dolía la cabeza. Así que Sally está trabajando en la tienda y Little Joe, de cinco años, no llega aún del jardín. Ha esperado todo el viaje en tren ese rato de soledad en casa, con las persianas bajas y el silencio. Siempre le gustó el silencio y poder estar a salvo del sol y del ruido. Resabios de su época de libertad, antes del matrimonio… antes de la guerra. Se despierta siempre antes que los demás, y es feliz en ese tiempo de gracia antes del caos matutino. De noche, se queda despierto cuando ya todos se han dormido, y recorre la casa viéndolos, sabiendo que están bien, que logra protegerlos. Luego se dirige a su estudio y se regodea en algún libro, con tabaco y alguna copa.

Ahora ha calculado que tiene media hora antes de que Little Joe llegue con la niñera y empiece el trajín del almuerzo y los juegos en la sala. Esa media hora vale un mundo para él. Se pondrá un pijama, se acostará y leerá el periódico. O, mejor, seguirá con El Viejo y el Mar, que comenzó anoche.

Pero Rick llega y ve que junto a la puerta hay una caja. Además le duele la cabeza, así que lo último que querría hacer ahora es tener que lidiar con ella, con quién la envió, qué habrá adentro, y esa maldita sensación de que sabe, o debería saber, lo que contiene. El no vive solo. ¿Por qué habría de estar dirigida a él? Pero es una pregunta retórica, innecesaria. La caja es un dedo acusador, es todo lo que alcanza a dilucidar entre las marañas de su jaqueca.

Le dan ganas de moverla con el pie, no tener que tocarla con las manos, no vaya a ser que estalle, pero enseguida se da cuenta de que es un pensamiento estúpido. A decir verdad, sabe que no es una bomba, pero también sabe que para él es algo peor. “¿Qué sé hasta ahora?”, pensó, intentando ser racional. “Sé que contiene cosas de mi pasado. Y que no quiero verlas”.

Deja caer el portafolios en el suelo, como capitulando sin condiciones, y se sienta en el porche, con la caja detrás suyo, un poco transpirado por la combinación de caminata, sobretodo cerrado y sol. La respiración se le vuelve espesa y las escenas vuelven como flashes de LCD, imágenes vívidas, un flashback de película. Y no hay botón que pare la proyección.

Él era el comandante de un pelotón, diez chicos de no más de veinte años a su cargo. Habían estado festejando ayer en la cantina de la base y hoy avanzaban en territorio enemigo con la misión de despejar las minas explosivas antes del avance de los tanques y la artillería. De repente se escucharon gritos en coreano y disparos de metralla. Todos volvieron atrás y se agazaparon detrás de la loma por la que habían llegado. Silencio. Rick debió haber preguntado algo, si estaban todos bien, si alguien veía de dónde venían los disparos. Debió dar alguna orden. Esperar. Cubrir con disparos para que Charlie y su Mag se ubicaran en un punto estratégico. Pero estaba paralizado. Cuando logró levantar la vista vio a través del polvo y la transpiración a Charlie, a George, a Foxy y al Gordo Joe que lo miraban agitados. ¿Qué hacemos?, preguntaban sin hablar.

Pero Rick resollaba, paralizado. Era su primer choque con una unidad enemiga de carne y hueso. Llegó a comandante de pelotón por su tesón en los entrenamientos, no por su valor en combate. Ahora caía en la estadística de los cobardes: en cualquier guerra, sabía, un procentaje de los soldados no disparan. Algunos lo hacen por principios. Otros por miedo. Se quedan a un costado, se ocultan, se hacen los muertos. Rick era ahora uno de ellos. Allí tirado detrás de la loma, no podía hacer nada para romper la parálisis.

—¡Célula enemiga atrincherada a las diez, treinta metros, kalatchnikov y granadas, no hay vehículos a la vista! —gritó entonces una voz muy cerca de él. Era Foxy, que había captado la situación y asumía el mando. Escuchó los nombres de todos verificando que estaban vivos, planeó la estrategia y la táctica, dio las órdenes que Rick le había enseñado a dar.

—Joe, quédate con Rick, mira si está herido o nada más aturdido, e intenta arreglar ese puto radio —le dijo George al Gordo Joe, y desapareció en una nube de polvo detrás de Foxy.

—Tome agua, señor —le dijo Joe alcanzándole una cantimplora. Por un rato se quedaron en silencio. Rick miraba el suelo con los ojos bien abiertos y resoplaba dentro de su uniforme espeso, mientras balas y granadas sonaban fuerte alrededor. Joe intentaba hacer andar el radio e intercalaba algún “Todo va a estar bien, señor, ya lo verá”.

En un momento amainaron los tiroteos y Rick se recompuso un poco.

—Ve y observa, Joe.

Lo dijo más por dar una orden que por verdadero interés operativo. Era evidente que Foxy y los suyos habían logrado avanzar, porque los tiroteos sonaban más lejos. El radio no funcionaba, así que no podían hacer más que esperar a que la fuerza volviera a recogerlos y a aguardar nuevas órdenes: avanzar más o volver a la base. Pero Rick sintió que debía hacer algo, dar una orden, aunque más no fuera una orden inútil, aunque más no fuera al Gordo Joe.

—Sí señor. Usted descanse, señor. Cuando salgamos de aquí le tocaré la nueva canción que compuse en armónica para su novia Sally. Le cantaremos juntos una serenata, ya lo verá. Usted cantará y yo tocaré mi armónica. Ahora beba más agua, señor —dijo el Gordo siempre fiel, y le sonrió. Luego se alejó unos metros hasta la cima de la loma y levantó los binoculares, a ver qué pasaba al otro lado.

Fue lo último que hizo. La bala de un francotirador enemigo le atravesó el casco y le abrió la frente apenas se asomó. Joe, un gordo simpático, buen cantante, erudito en historia y literatura, el romántico del grupo contra todas sus obesas probabilidades, no tuvo oportunidad. Cayó como una bolsa de papas hinchada y rodó casi hasta las piernas de su comandante con los ojos bien abiertos, asombrados. Entonces, el ataque de pánico de Rick se renovó. Por horas, incluso después que todo terminara, luego de que su pelotón neutralizara a la célula norcoreana, despejara las minas y llamara a los blindados, no logró controlar el temblor, el llanto, la asfixia. Él era un cobarde, y por su cobardía había muerto el Gordo Joe.

La guerra siguió, Rick volvió a ser el que era y en los siguientes encontronazos se mantuvo apagado, pero lideró bien y sus hombres le respondieron. El pelotón perdió algunos miembros, pero a otros pelotones les había ido peor. Él y ellos, al fin y al cabo, eran buenos combatientes. Después fueron dados de baja.

El camastro del Gordo Joe había sido convertido en un altar, con todas sus cosas desplegadas sobre la manta bien tendida. Cuando les tocó abandonar la base, Rick juntó todo: la gorra, la placa de identidad, las fotos de la pared, la armónica con la que había tocado tantas veces en el pub, una Biblia, la loción para después de afeitarse, su uniforme planchado. Entregó todo a sus padres el día en que el pelotón en pleno recibió medallas al heroísmo, en un acto con miles de soldados y sus familias.

Rick nunca se los pidió, pero sus hombres jamás contaron a nadie lo sucedido, y él fue condecorado también. A idea de Foxy, les dijeron a los padres del Gordo Joe que su hijo había sido un héroe que murió sacando heridos del campo de batalla, siempre bajo fuego. Una bala sencillamente lo alcanzó en la cabeza mientras se lanzaba por su cuarto compañero herido. También les contaron que era Joe el que mantenía el espíritu de la compañía entera, lo cual era cierto. Pero entre Rick y ellos, la medalla al mérito dada a Rick era suficiente testigo de la mentira. Incluso Sally, que sabía abrazarlo en sus pesadillas postraumáticas, ignoraba la historia de su bautismo de fuego. Para ella y para Little Joe, Rick era “papá, nuestro héroe”, y nada más. Rick jamás se ponía la medalla, pero dejaba que Little Joe la llevara, cuando jugaba con sus soldaditos de plomo.

¿Se habrá enterado la familia del Gordo Joe de lo sucedido? ¿Sabrán que su Joe murió de la manera más estúpida posible, y que él era el culpable? ¿Le están enviando ahora la caja con la Biblia, las fotos y la armónica como si se la arrojaran por la cabeza? ¿Quién les habrá contado? Rick está llorando, acostado en posición fetal sobre el porche, vestido con su traje de oficina arrugado, la corbata floja, el sombrero caído, la camisa transpirada, cuando Little Joe llega de la escuela junto a Christa, la niñera.

—¿Qué pasó, señor? ¿Qué tiene? —le pregunta la chica.

—No llores, papi —le dice Little Joe, mientras lo abraza y llora también.

Rick no puede responder. La muchacha lo ayuda a incorporarse, también Little Joe participa abrazándole una pierna, y de algún modo logran acostarlo. Christa llama por teléfono a Sally, que le da instrucciones para suministrarle un calmante. Rick duerme por horas.

Cuando abre los ojos, Sally está a su lado, sosteniéndole la mano.

—¿Qué hay en la caja? —pregunta Rick, todavía dopado.

—Es la nueva aspiradora que me compraste para nuestro aniversario. ¿Ya te olvidaste, bribón?

—No, cariño. No me olvidé. No me olvidé de nada. Feliz aniversario.

Y se duerme otra vez.